Los Mochicas del Norte y Los Mochicas del Sur

Resumen:
Uno de los más importantes desarrollos de los estudios sobre la cultura Mochica en los últimos diez años es la cada vez más clara división entre una esfera sur y una esfera norte geográficamente separadas por la Pampa de Paiján. En estas dos áreas de la costa norte peruana entidades políticas de diferente grado de complejidad se desarrollaron entre los años 100 y 750 d.C. La adscripción de todos los Mochicas a una sola entidad política parece derivar de una falta de análisis de variaciones regionales en todos los aspectos de la cultura material, del énfasis de los estudios arqueológicos desde principios de siglo en el área de los valles de Moche y Chicama, centro de la esfera Mochica del sur, y de la escasez de colecciones comparativas de Mochica del norte. Los Mochica del sur parecen haber sido un estado unificado que se embarco en un proceso de expansión hacia el sur durante las fases III y IV. Aun cuando los Mochicas del norte y sur siguieron diferentes líneas de desarrollo todas compartieron estrategias económicas, organizaciones sociales y prácticas y creencias ideológicas. En este artículo presentamos las evidencias disponibles para postular la división e interpretamos las circunstancias históricas y ecológicas que generaron las diferentes sendas de desarrollo.

Abstract:
One of the most important developments in Moche studies in the last ten years is the increasingly apparent division between a northern and a southern sphere, geographically separated by the Pampa de Paiján. In these two areas of the Peruvian North Coast distinct political entities developed between A.D. 100 and 750. The ascription of all Moche to one single political entity seems to derive from the predominance of archaeological studies starting at the turn of the century in and around the southern valleys of the Moche, a scarcity of comprehensive collections for the northern Moche, and a general lack of analysis of regional variations in Moche material culture. The southern Moche seems to have been a single, unified expansive state that underwent a process of southward expansion during Phases III and IV. In spite of different developmental paths, both the northern and southern Moche polities shared similar economic strategies, social organizations, and ideological practices and beliefs. In this paper we present the evidences available to postulate the division and interpret the historical and ecological circumstances that generated the different developmental paths and ceramic sequences.

Autores:
Luis Jaime Castillo
Pontificia Universidad Católica del Perú
Profesor Principal del Departamento de Humanidades, Sección Arqueología y Director de Relaciones Internacionales y Cooperación de la Pontificia Universidad Católica del Perú. (lcastil@pucp.edu.pe)
Butters Christopher B. Donnan
UCLA
University of California, Los Angeles
Profesor Principal del Departamento de Antropología de la Universidad de California, Los Angeles.

En los últimos años la arqueología de la costa norte del Perú, y particularmente la arqueología Mochica, han experimentado un inusitado desarrollo, especialmente a partir del descubrimiento y excavación de las tumbas reales de Sipán en 1987. El renovado interés que existe en el fenómeno Mochica se puede ver en la gran cantidad de investigaciones que hoy se llevan a cabo (Uceda y Mujica 1994), y en el número de publicaciones sobre diversos aspectos de este pueblo que aparecen cada año. Este desarrollo no está basado sólo en recientes descubrimientos, sino que es el resultado del aporte de una larga tradición de investigadores que comenzó con Max Uhle y Rafael Larco, y ha continuado con la contribución de un gran número de peruanos y extranjeros dedicados al estudio de esta sobresaliente sociedad.

Actualmente gran parte de las investigaciones sobre la cultura Mochica están dedicadas al estudio rada por Rafael Larco en cinco fases estilísticas. Esta secuencia estuvo basada en un estudio sistemático de tres grandes temas: la iconografía y la secuencia cerámica, y particularmente la estructura política regional. Una serie de recientes estudios están tratando de establecer cuántas regiones, entidades políticas o estados constituyeron el fenómeno Mochica. Tradicionalmente se aceptaba que los Mochicas fueron a lo largo de su historia un estado centralizado o una entidad política unificada y monolítica (Figura 1), controlada por una clase gobernante de sacerdotes guerreros desde una capital ubicada en las Huacas de Moche. Los Mochicas habrían difundido sus tradiciones a lo largo de un amplio territorio a través de un proceso de conquista militar. Esta concepción centralizada y expansiva está siendo cuestionada. Nuevos estudios arqueológicos sugieren que existirían contemporáneamente al menos dos grandes regiones Mochicas, una norte y otra sur, separadas por la Pampa de Paiján (Figura 2; Donnan 1990, n.d., Donnan y Cock 1986).

Paralelamente se están reexaminando las peculiaridades del desarrollo de las manifestaciones culturales del fenómeno Mochica en diversas regiones, especialmente en cuanto a su secuencia cerámica. La secuencia cerámica Mochica de cinco fases, planteada por Larco en 1948 y confirmada en numerosos estudios de colecciones y trabajos arqueológicos, si bien útil para explicar la evolución de la cerámica Mochica en la región sur (en adelante Mochica-Sur), aparentemente no tienen la misma utilidad en la región norteña del fenómeno Mochica (en adelante Mochica-Norte).

Nuevos descubrimientos y nuevas líneas de investigación han llevado a cuestionar la existencia de un estado Mochica único y unificado, y de una sola secuencia cerámica, pero a la vez han reafirmado la uniformidad de «lo Mochica» como entidad cultural. Es cada vez más claro que los Mochicas de diversas regiones compartieron a lo largo de su historia una serie de elementos en común, los cuales evitaron que las diferentes entidades políticas se convirtieran en entidades culturales independientes.

Cuando pensamos en los Mochicas nos imaginamos una sociedad cohesionada, que compartía un ecosistema definido por los valles costeños de Piura a Nepeña (Donnan 1978) y que estaba expuesta a ciclos de Niños y sequías. Es muy probable que los Mochicas hablaran una misma lengua, emparentada con la lengua Muchik (Carrera [1644] 1939); participaran en ceremonias muy semejantes, como la Ceremonia del Sacrificio (Alva y Donnan 1993) y rindieran culto a los mismos dioses, especialmente Aia Paec (Larco 1948, Castillo 1989). Una compleja jerarquización de la sociedad fue común a todas las entidades políticas Mochicas (Larco 1938, 1939), mostrándose la posición de los individuos en todos los aspectos de la vida cotidiana; desde sus ropajes y joyería, sus armas y literas, los portadores y sirvientes que tenían, hasta su porte y musculatura que dependía, al fin y al cabo, de su dieta. Luego de su muerte cada individuo recibía un tratamiento funerario que reflejaba su posición en la sociedad a través del tipo y tamaño de su tumba y de los objetos depositados como ofrendas en ella (Castillo y Donnan 1994, Donnan n.d., Donnan y Mackey 1978). Sabemos también que los señores Mochicas contaron con artesanos de gran experiencia, capaces de enroscar minúsculas laminas de oro y hacerlas parecer hilos (Alva y Donnan 1993: Fig. 185), o de decorar ceramios y paredes con detallados diseños que mostraban ceremonias y rituales, así como animales silvestres y monstruos sobrenaturales (Uceda, et. al. 1994; Bonavia 1985; PACEB 1994). También construyeron algunos de los templos y residencias más suntuosas que se hayan visto en los Andes (Hass 1985). Si bien estos elementos nos hablan de una sociedad compleja y jerarquizada, son las semejanzas estilísticas de los artefactos producidos en diversas regiones y bajo distintas administraciones las que nos indican una tradición compartida y una fuerte interacción entre los Mochicas de diversas regiones.

Una sola cultura Mochica
La idea que los Mochicas constituyeron una sola entidad política y cultural es el resultado de las peculiaridades de la evidencia arqueológica. Para explicar como se llegó a esta interpretación queremos plantear tres fases en que las evidencias fueron colectadas e interpretadas. En la primera fase se determinó que existía una sola cultura Mochica, diferente e independiente de otras culturas prehispánicas. Esta cultura había antecedido a la irrupción de elementos asociados con el Horizonte Medio y la cultura Chimú. Esta interpretación estuvo basada en la identificación en diferentes valles de la costa norte de un repertorio de artefactos, especialmente ceramios, muy semejantes en forma y decoración, y de una comparación de este estiloe con el de objetos obtenidos en otras regiones, especialmente en la costa central.

Figura 1. Mapa del territorio Mochica según Rafael Larco Hoyle.

En la segunda fase se definió que los artefactos cerámicos producidos por los Mochicas habían evolucionado en todas las regiones influenciadas por esta cultura de acuerdo a una misma secuencia, de grandes colecciones de cerámica, especialmente la colección del Museo de Chiclín (hoy Museo Arqueológico Rafael Larco H.), y de superposiciones de contextos funerarios de donde provenían los ceramios. Finalmente, en la tercera fase se definió el carácter político del fenómeno Mochica. La expansión de la cultura Mochica y la difusión de su cultura material habrían sido el resultado de una sola entidad política expansiva y militarista, que durante las fases tres y cuatro alcanzó a conquistar la región comprendida entre los valles de Lambayeque y Nepeña. Signo inequívoco de este proceso era la distribución de la cerámica Mochica, especialmente de la cerámica elaborada que representaba a las clases gobernantes de esta sociedad.

Una Sola Cultura
Las culturas precolombinas usualmente han sido definidas a través de conjuntos de objetos que comparten los mismos rasgos estilísticos, especialmente objetos cerámicos. Conjuntos de objetos con diferentes rasgos estilísticos representan diversas culturas, e interacciones entre estilos, por ejemplo cuando un estilos aparece influenciando a otro, se interpretan como interacciones entre diferentes entidades culturales. Una vez que el repertorio de rasgos ha sido definido, se estudia su distribución en el espacio para entender cuál fue el ámbito geográfico controlado o influenciado por una determinada cultura. Culturas arqueológicas son, por lo tanto, conjuntos de objetos distribuidos en el espacio, no de personas ni de las sociedades que las organizaron. El primer paso en la creación de una cultura prehispánica, entonces, es caracterizar un estilo cerámico, tanto a través del estudio de objetos en contexto, como de objetos en colecciones. Con la cultura Mochica la situación no fue diferente, y fue el peculiar origen de la muestra cerámica que se estudió lo que llevó a pensar amuchos investigadores, incluidos nosotros, que los Mochica habían sido una sola entidad cultural.

En el primer capítulo de la historia de los estudios sobre la cultura Mochica destacan tres personalidades: Max Uhle, investigador alemán que realizó las primeras excavaciones científicas en las Huacas del Sol y la Luna; Alfred Kroeber, uno de los pioneros de la antropología norteamericana que estudió en detalle las colecciones de Uhle; y particularmente Rafael Larco, investigador peruano que dedicó su vida, y buena parte de sus recursos, al estudio de esta sociedad. Antes del trabajo de estos investigadores, si bien existían colecciones en el Perú y el extranjero que incluían piezas de esta tradición, la cultura Mochica no existía como entidad independiente. La primera tarea de estos investigadores fue, pues, aislar el fenómeno Mochica de otros fenómenos culturales, y ubicarlo en la secuencia de culturas del antiguo Perú.

Max Uhle, en sus excavaciones a principios de siglo en las Huacas de Moche, ubicó y excavó una serie de tumbas Mochicas, especialmente en las áreas definidas como sitios E y F al pie de la Huaca de la Luna (Uhle 1915, Kroeber 1925:213). Estas tumbas, lamentablemente nunca bien publicadas, contuvieron más de 680 piezas de cerámica estilísticamente muy consistentes. Muchas compartían la característica decoración pictórica en crema y ocre, y/o detallada decoración escultórica que permitían diferenciarlas fácilmente de otros estilos encontrados en el sitio, especialmente del ubicuo estilo Chimú, y del estilo Tiahuanaco encontrado por el mismo Uhle en Pachacamac en 1896 (1903). Uhle además determinó que este estilo era contemporáneo con la construcción de la Huaca de la Luna (Uhle 1915:105), por lo tanto los arquitectos de estas masivas estructuras pertenecían a la misma sociedad que había producido a los maestros artesanos que elaboraron esta fantástica cerámica.

Kroeber (1925), luego de un minucioso análisis de las colecciones de Uhle en la Universidad de California, Berkeley, caracterizó por primera vez el estilo, diferenciándolo de otros estilos encontrados en el sitio. La información estratigráfica recogida por Uhle permitía concluir que el nuevo estilo era anterior a los estilos Tiahuanaco y Chimú, por lo que Kroeber lo llama Proto-Chimú. El estilo caracterizado por Kroeber no era exclusividad de la colección de Uhle; piezas semejantes existían en otros Museos en Europa, los Estados Unidos y el Perú. Kroeber en su estudio comparó las colecciones recogidas por Uhle con colecciones existentes entonces en el American Museum of Natural History y el Peabody Museum. En estos museos Kroeber encontró ceramios con las mismas características estilísticas, confirmando que se trataba no de un fenómeno aislado, sino de un estilo consistente y difundido en la costa norte. Ahora bien, pequeñas diferencias existían entre algunos grupos de objetos, especialmente en sus formas y contenidos iconográficos, lo que hacía sospechar que existían variaciones, quizá debidas a factores cronológicos, en el estilo. Es decir que estas colecciones incluían objetos de diversas épocas. Esta sospecha no se comprobaría hasta que no se estableciera una secuencia para la cerámica Mochica.

Figura 2. Mapa del territorio Mochica según Kroeber.

En base a la procedencia de estas colecciones, y a informaciones recogidas durante sus propios viajes de investigación por la costa norte del Perú, Kroeber inició el estudio de la distribución espacial del estilo Proto-Chimú (Figura 3). Kroeber (1925:224-229) concluyó que el estilo Proto-Chimú «en realidad es característico sólo en […] el área de Trujillo-Chimbote, ocurriendo infrecuentemente en las dos áreas adyacentes (Casma al sur, y PacasmayoChepén al norte), y no apareciendo en lo absoluto en las dos áreas más norteñas (Lambayeque y Piura). Aún cuando estéticamente superior, Proto-Chimú permanece siendo un estilo local. Evidentemente existió durante un período de limitadas comunicaciones, probablemente de unidades políticas restringidas» (Kroeber 1925:228-229).

Las características estilísticas que Kroeber encontró en los materiales excavados por Uhle también estaban presentes en miles de piezas en colecciones existentes en el Perú, especialmente en la colección pionera que Víctor Larco creara y que posteriormente fuera depositada en el Museo Nacional, y en la gigantesca colección que Rafael Larco congregara en la Hacienda Chiclín. Estas semejanzas estilísticas confirmaban, como era de esperarse, la consistencia del estilo Proto-Chimú y su enorme frecuencia. Se requería en este momento de un amplio corpus de piezas cerámicas para pasar de una simple caracterización a una definición del estilo y la iconografía Mochica. Rafael Larco, a través de excavaciones de cementerios en diversos valles de la costa norte entre Chicama y Santa (1945:30-41), y de la adquisición de colecciones menores, logró reunir la colección más grande y completa de cerámica Mochica que existe a la fecha. Fue en base al estudio de esta colección, proveniente en su inmensa mayoría de los valles de Chicama a Santa, que Larco definió el estilo Mochica (1945:15, 1948).

El estudio de la cerámica Mochica emprendido por Larco es radicalmente diferente al estudio de Kroeber. Kroeber analizó la cerámica Mochica solamente desde una perspectiva estilística, tratando de identificar elementos que permitieran fechar sitios y comprender la secuencia cultural de la costa norte. Kroeber estaba interesado en identificar culturas (entendidas como unidades estilísticas); Larco estaba interesado en entender la mentalidad y la vida del hombre Mochica del pasado. Para Larco la cerámica Mochica era primero un documento de la vida en el pasado, y sólo en segundo lugar una herramienta estilística o un instrumento cronológico. Es por esto que Larco emprende y publica primero (1938, 1939, 1945) sus estudios interpretativos, donde describe al hombre Mochica y su sociedad, la religión y el arte, el gobierno y el culto a los muertos. Larco entendía la totalidad de la producción cerámica Mochica como el resultado de un grupo de individuos compartiendo un mismo sistema cultural, un mismo idioma y una misma religión, y regidos por una misma élite y un mismo sistema político. No fue sino hasta 1946 y 1948 que Larco publica su estudio de la secuencia estilística de la cerámica Mochica. Es por el énfasis en el individuo y no el estilo que Larco denomina a este fenómeno con el gentilicio Mochica.

La acuciosidad y rigor del trabajo de Uhle, Kroeber y Larco está fuera de duda. Lo que queda por discutir es sólo si la base de datos con que contaron estos investigadores era realmente representativa de la totalidad del fenómeno Mochica. Por lo temprano de estos estudios algunas omisiones son obvias. Kroeber, por ejemplo, afirma en 1925 que en el valle de Lambayeque las evidencias de la cultura Mochica «aún esperan ser descubiertas o por lo menos publicadas» (Kroeber 1925:228). Larco, si bien menciona la presencia de cerámica Mochica en los valles de Piura a Casma, afirma en 1966 que en Lambayeque «es escasa la orfebrería Mochica y que tuvieron menor cantidad de oro a su disposición que los hombres de Lambayeque» (Larco 1966b:97). Estas afirmaciones contrastan con la magnificencia de la tumba del Señor de Sipán, donde las asociaciones de los Mochicas con grandes cantidades de oro y con una fuerte presencia en el valle de Lambayeque quedan claramente confirmadas.

Es evidente, por ende, que tanto Kroeber como Larco contaron para hacer sus observaciones con datos arqueológicos y colecciones de ceramios procedentes principalmente de los valles de Chicama, Moche, Virú, Chao, Santa y Nepeña. Piezas de estas regiones conformaban el grueso de la colección Larco, y de las grandes colecciones del Museo Nacional de Lima, del Museo fur Volkerkunde en Berlín, del Museo del Hombre de París, etc. En base a estas colecciones es que se hicieron las primeras observaciones y caracterizaciones del estilo Mochica y de su secuencia cronológica. Los resultados fueron luego comparados y confirmados con otras colecciones provenientes de estas mismas áreas.

Larco sabía de la existencia de algunos especímenes de cerámica Mochica en el valle de Lambayeque, al norte de la zona antes definida (Figura 1), pero por su reducido número los explicó en términos de «intercambio comercial y cultural entre los hombres de Lambayeque y los Mochicas. De allí que en Lambayeque, Pátapo, Pomalca y otros lugares encontremos sectores con tumbas correspondientes a Mochica III, IV y V.» (Larco 1966b:94). Kroeber, a su vez, menciona en su estudio de 1925 la existencia de 17 ceramios de estilo Mochica provenientes de Chepén, en el American Museum of Natural History (1925:225-226). Había evidencias de presencia Mochica al norte del área cultural Mochica, pero estas evidencias, por su baja incidencia y esporádica aparición indicaban una presencia de naturaleza.

En los años sesenta, con el descubrimiento de cerámica Mochica en Vicús, surge la primera posibilidad de contrastar el estilo Mochica definido a partir de evidencias de la región sur de la costa norte, con una muestra de origen totalmente distinto. Larco encontró en las piezas provenientes de Vicús suficientes elementos en común con ceramios Mochicas de fases tempranas como para calificar a este nuevo grupo de objetos como una nueva manifestación del mismo fenómeno cultural. Larco reconoció en estas piezas el uso de las mismas formas, especialmente el asa estribo, los mismos o semejantes motivos decorativos, la bicromía, el tamaño y el peso, etc. La procedencia de este nuevo conjunto de ceramios era, en síntesis, prueba fehaciente de que, incluso desde muy temprano, la cultura Mochica, había controlado un territorio aún más vasto del presupuesto. Las diferencias entre estos nuevos objetos y los ya conocidos para el período Mochica I en la secuancia cerámica de Rafael Larco, no eran destacables (Larco 1965, 1966a).

En síntesis, la consistencia y unidad de la cultura Mochica se definió a partir de las semejanzas de un enorme conjunto de ceramios provenientes tanto de colecciones y museos (Kroeber 1925, Larco 1938,1939), como especímenes excavados arqueológicamente (Bennet 1939, Larco 1945, Kroeber 1925, Uhle 1915). Estas piezas demostraban una enorme consistencia estilística e iconográfica, que reflejaba la uniformidad cultural de la sociedad que las produjo. Ahora bien, esta consistencia estilística se debía a que los objetos estudiados, en gran medida, provenían de un área restringida, los valles de Chicama a Nepeña. Especímenes provenientes de los valles al norte del Chicama eran prácticamente inexistentes en estas colecciones, por lo que mal podían proporcionar evidencias de la diversidad del fenómeno cultural Mochica. La cultura Mochica descrita en la literatura es la cultura que se desarrolló en la región comprendida entre Chicama y Nepeña, es decir el Mochica-Sur. En este momento no era posible determinar si las conclusiones planteadas podían extenderse a la región norte, y hasta antes del descubrimiento de Vicús, esto era ser innecesario ya que el fenómeno Mochica parecía circunscribirse a la región sur de la costa norte.

Una misma secuencia
Larco no sólo tuvo acceso a la colección más grande de cerámica Mochica, él mismo excavó un gran número piezas en tumbas, dandose cuenta de sus asociaciones y relaciones estratigráficas (Larco 1945). Estas excavaciones le dieron acceso a conjuntos de objetos de indudable contemporaneidad y a superposiciones de tumbas que reflejaban secuencias cronológicas. En base a esta información de campo y al estudio minucioso de las características formales de la cerámica, Larco pudo establecer cinco fases sucesivas a través de las cuales evolucionó la cerámica Mochica (Larco 1948, Figuras 4 a 9). Esta secuencia describe en gran detalle la evolución de la cerámica decorativa Mochica, especialmente de las botellas de asa estribo, a través de un minucioso estudio de aspectos formales, técnicos y decorativos.

La cronología Mochica esbozada por Larco a principios de los años cuarenta y finalmente publicada en 1948 sirvió de base para una serie de estudios de campo que se trazaron como meta entender la prehistoria de la costa norte. El primero de estos fue el Proyecto Virú, que a partir de 1946 realizo un estudio sistemático y multidisciplinario del valle del mismo nombre. Los miembros del Proyecto Virú tuvieron acceso a las ideas de Larco en la famosa Mesa Redonda de Chiclín, el 7 y 8 de Agosto de 1946.

Las ideas de Larco y Kroeber fueron de mucha importancia para los jóvenes investigadores del proyecto Virú, especialmente porque el reconocimiento y la caracterización de los estilos de la costa norte planteada por estos autores se vio confirmada en sus investigaciones. La ocupación Mochica de Virú, y la variante regional del estilo Mochica en esta zona, fue denominada Huancaco, por el centro administrativo Mochica del mismo nombre. Luego de un minucioso análisis y de comparaciones con fragmentería proveniente de otros valles, James Ford arriba a la conclusión que la cerámica Huancaco de Virú es la misma que la que Larco denominaba Mochica en los valles de Moche y Chicama (Ford y Willey 1949). Las semejanzas eran tan grandes que Ford llega a afirmar que «si muchas de estas piezas no fueron hechas por los mismos artistas o de los mismos moldes, fueron producidas por lo menos por artistas entrenados en la misma escuela» (Ford y Willey 1949:66). Ford concuerda con Larco en que la cerámica Mochica evoluciona en Moche y Chicama de un sustrato Salinar, mientras que en Virú predomina cerámica «principalmente en técnicas de decoración negativas» (Ford y Willey 1949:66). La cerámica Mochica llega a Virú, de acuerdo a Ford, como un estilo maduro y como resultado en un proceso abrupto que se interpreta como una conquista militar que abarca los valles de Virú, Chao, Santa y Nepeña. El impacto de la cerámica Mochica se deja sentir con mayor fuerza en la cerámica decorada, y en menor grado en la cerámica simple, que permanece usando las mismas formas y técnicas que en el período anterior.

Duncan Strong y Clifford Evans (1952), a cargo de las excavaciones arqueológicas llevadas a cabo por el proyecto, encontraron algunas diferencias entre la cerámica Mochica excavada por Uhle (Kroeber 1925) y Larco (1945, 1948) y la cerámica de estilo Huancaco que apareció en Huaca de la Cruz y otros sitios Mochica de Virú. La más importante diferencia era el uso de pintura negra orgánica, aplicada después de la cocción. Ahora bien, las semejanzas eran suficientes como para considerarlos expresiones de la misma identidad cultural y, más aún, corresponderían con las fases III y IV de la cronología de Larco. 1

La secuencia de Larco fue corroborada posteriormente en numerosos trabajos de reconocimiento regional y excavación, especialmente cuando se descubrieron tumbas Mochicas. Las asociaciones de objetos encontradas en estos trabajos concuerdan con las características señaladas por Larco. En algunos casos es posible encontrar piezas que reflejan el tránsito entre períodos contiguos, por ejemplo piezas Mochica III-IV, donde encontramos características de los períodos III y IV, o ligeras diferencias que podrían deberse a variaciones regionales. La validez de la secuencia de Larco también fue puesta a prueba en un minucioso estudio emprendido en las colecciones cerámicas excavadas por Uhle (Rowe 1959, Donnan 1965). Los resultados de este estudio confirmaron la secuencia de Larco.

Christopher Donnan (1973), y posteriormente Donald Proulx (1968, 1973), realizaron trabajos de reconocimiento en los valles de Santa y Nepeña respectivamente. Si la cerámica Mochica en estos valles periféricos era semejante a la planteada por Larco, entonces la secuencia debía ser correcta. Donnan, familiarizado con las colecciones de Uhle y con los resultados del proyecto Virú, encontró que la cerámica Mochica en Santa era casi idéntica a la reportada en Chicama, Trujillo y Virú. Proulx también encontró especímenes semejantes en Pañamarca y una serie de cementerios alrededor de este centro ceremonial en el valle de Nepeña. Proulx confirmó la presencia Mochica en Nepeña en mayor detalle que simplemente los magníficos murales de Pañamarca (Bonavia 1985, Schaedel 1951).

La mayor limitación de la secuencia de Larco fue no incluir ceramios de manufactura simple y de uso doméstico. Ollas, cántaros simples, cuencos, y otras formas domésticas, figurinas y cántaros de cuello efigie no están reflejadas en la secuencia de Larco. Esto ha hecho difícil utilizar esta secuencia para fechar gran cantidad de sitios Mochica que no presentan cerámica elaborada en superficie, o en estudios de contextos que no incluyen este tipo de cerámica.2 Una salvedad es de rigor en este punto. Por mucho tiempo se ha criticado el hecho de que Larco no incluyera objetos de uso cotidiano en su cronología. Se argüía que, como coleccionista, Larco no estuvo interesado en este tipo de objetos. Pero a juzgar por la evidencia disponible de tumbas excavadas arqueológicamente (Donnan n.d., Donnan y Mackey 1978) un aspecto notorio de las tumbas Mochicas en las áreas estudiadas por Larco es la baja incidencia de materiales domesticos (Donnan y Mackey 1978, Kroeber 1925). Ollas, cuencos, cántaros simples y otros recipientes rudimentarios, si bien se encuentran en contextos domésticos con cierta frecuencia, aparecen en cantidades muy limitadas en las tumbas. Adicionalmente estas formas no cambian de manera significativa a través del tiempo, lo que las hace de difícil inclusión en secuencias cronológicas.

La conclusión del trabajo de Larco, y de las posteriores investigaciones en que éste fue comprobado y aplicado, es que la secuencia cronológica desarrollada por él es la mejor aproximación a la evolución del estilo Mochica con que se cuenta. Existiría, por lo tanto a partir de estos estudios una sola secuencia cerámica aplicable al fenómeno Mochica en las regiones estudiadas. La uniformidad en la evolución de la cerámica, a su vez confirmaría la noción de que los Mochicas fueron una sola entidad cultural. Lo que quedaba por definir era el ámbito geográfico al que aplicarían estas conclusiones.

Figura 3. Secuencia cerámica de los territorios Mochica Norte y Mochica Sur.

Si bien gran parte de los investigadores han encontrado la secuencia de Larco de gran utilidad, no todos están de acuerdo con la aplicabilidad irrestricta de esta cronología. Ultimamente un número de investigadores que trabajan en la región norte del territorio Mochica han cuestionado la validez de la secuencia descrita por Larco (Kaulicke 1992, Shimada 1994). Peter Kaulicke, por ejemplo, afirma que «las subdivisiones de mochica (I hasta V) no se vislumbran claramente a través de las evidencias publicadas, ni para la zona sureña (territorio Mochica), ni para el norte. La deficiente precisión de los datos publicados (frente a una cantidad mucho mayor de datos inéditos) apenas permite una separación cronológica de elementos pre y post Mochica» (Kaulicke 1992:898). Para arribar a esta conclusión Kaulicke reexamina las evidencias funerarias disponibles, especialmente los contextos funerarios excavados en la Huacas de Moche por Uhle (1915, Kroeber 1925) y por el proyecto Moche-Chan Chan (Donnan y Mackey 1978). En estas evidencias Kaulicke no encuentra sustento empírico para la cronología de Larco, sino más bien evidencias para refutar su validez. A partir de nuestro propio análisis de los mismos datos, incluyendo el examen de las piezas inéditas de la colección de Uhle, no podemos estar de acuerdo con Kaulicke. Si bien es cierto que los datos para la fase temprana de la secuencia (especialmente la fase II) son casi inexistentes, existe suficiente información para confirmar la validez de la primera y las últimas tres fases. La colección de Uhle corrobora la secuencia de Larco, ya que existe una marcada consistencia entre los lotes funerarios y las fases cerámicas. No es posible hacer una crítica cabal de la secuencia de Larco sin contar con los materiales que este utilizó para establecer la secuencia o de las tumbas excavadas por Uhle, estos datos lamentablemente aún permanecen inéditos.

Todo parece indicar que la secuencia de Larco describe básicamente la evolución del fenómeno Mochica en las regiones comprendidas entre Chicama y Nepeña que, como se dijo antes, son las regiones de donde provienen los materiales en los que se basa la secuencia. Trabajos de investigación en los valles de Virú, Santa, Nepeña y últimamente Chao (Víctor Pimentel comunicación personal) confirman la presencia Mochica en estos valles y validan la caracterización planteada por Larco de su estilo cerámico. Este no es necesariamente el caso de la secuencia cerámica en los valles al norte de esta región. Como se discutió antes, la arqueología de los valles de Jequetepeque, Lambayeque y Piura era casi desconocida cuando Larco realizaba sus estudios. No cuestionamos la validez de la secuencia de Larco, sino su ámbito de aplicación. No es de extrañar que los investigadores que trabajan en los valles de Jequetepeque, Zaña, Lambayeque y Piura consideren que la secuencia es de difícil aplicación a sus materiales. Esto nos lleva a concluir que es necesario construir una secuencia cerámica alternativa para estas regiones. Esta secuencia deberá ser compatibilizada con las cinco fases de Larco a fin de permitirnos comparar los desarrollos de las diversas regiones.

Una sola entidad política
La tercera característica de la sociedad Mochica, y por cierto la menos discutida, es la concerniente a su estructura política. Si bien nunca se ha publicado un tratado comprensivo acerca de la organización política de la sociedad Mochica, a través de los años se han planteado algunos argumentos acerca de su nivel de complejidad (ver Shimada 1994). Estos argumentos, como veremos, adolecen de los mismos defectos que discutimos en las dos secciones anteriores. En la caracterización de las estructuras políticas se ha proyectado lo que sabemos para la región sur a todo el ámbito Mochica, asumiendo que todos los valles de la costa norte estuvieron en algún momento bajo el control político de un estado centralizado con sede en Moche. El colapso de este estado fue, por lo tanto, el fin del fenómeno Mochica en toda la costa norte. En un estado centralizado esperamos que el desarrollo en diversas regiones sea idéntico o por lo menos congruente, es decir que las instituciones sociales, económicas e ideológicas debieron desarrollarse paralelamente, sólo alcanzando mayor complejidad en el centro administrativo. El impacto de agentes exógenos debió afectar a todas las regiones integradas bajo el régimen centralizado por igual. Esto es aparentemente lo que sucede con el estado que se desarrolló entre Chicama y Nepeña, pero la información disponible en este momento contradice estos argumentos para la zona al norte de la Pampa de Paiján.

La indicación más clara de la complejidad, capacidad administrativa y militar de la sociedad Mochica-Sur, y de la necesidad de integrar a la esfera del estado nuevos territorios y una fuerza laboral más extensa está dada por el proceso de expansión y conquista de los valles al sur de Moche. Se ha argüido que esta expansión está documentada en dos fuentes: en las escenas de guerra o combate características de la iconografía Mochica y en la distribución de una serie de artefactos y elementos Mochicas en los valles de Virú, Chao y Santa. Ford, por ejemplo resume este proceso diciendo que « Chicama parece haber vencido en la carrera local por cohesión política y poder militar. El movimiento que esparció el fenómeno ceremonial Mochica hasta Nepeña fue casi seguramente militar en naturaleza» (Ford y Willey 1949:66). Ford veía en este proceso no sólo un aspecto militar, sino una expresión de instituciones que combinaban el poder físico de la guerra con el consenso generado por los sistemas ideológicos. El impacto e influencia de la ideología Mochica esta evidenciado en la producción y distribución de la cerámica ceremonial Mochica. Para Ford la ideología Mochica tuvo un papel preponderante en el proceso de incorporación de los territorios conquistados, cosa que se podía ver en las piezas decoradas que debieron de haber sido hechas por sacerdotes ceramistas, ligados a las clases gobernantes (Ford y Willey 1949:66).

La sociedad Mochica ha sido caracterizada con mucha frecuencia a partir de una serie de evidencias indirectas como una sociedad guerrera. Entre estas evidencias destacan ajuares funerarios de individuos adultos masculinos que incluyen parafernalia militar como porras, hondas, lanzas y mazas de guerra, y representaciones iconográficas donde dos grupos de guerreros combaten. Estas características han sido muchas veces usadas como demostración de la capacidad de esta sociedad para emprender la conquista de un amplio territorio. El uso de la iconografía Mochica como fuente histórica, como lo señalara Strong y Evans (1952:216-226) no sólo es peligroso sino que puede resultar francamente erróneo cuando se utiliza descuidadamente. La famosas escenas de guerra o combate presentan una serie de problemas si se quieren interpretar como ilustraciones de combates reales, especialmente si suponemos que representan los combates que se realizaron para expandir el territorio Mochica hacia el sur. En las escenas de combate ambos bandos en conflicto son, en la mayoría de los casos, Mochicas, en base a sus tocados, ornamentos y ropajes. En estas escenas rara vez se produce la muerte de un enemigo, sino que el derrotado es despojado de su tocado y sus ropajes, se le ata una cuerda al cuello y se le transporta a un recinto ceremonial, o en balsas. El destino final de los guerreros vencidos será la muerte por desangramiento, y la sangre será a su vez consumida «ritualmente» por una serie de divinidades (Alva y Donnan 1993, Donnan y Castillo 1992, 1994).

Si éstas son realmente representaciones de guerra resulta sospechoso que no se produzcan muertes, que luchen Mochicas contra Mochicas y que no hayan escenas de conquista o saqueo. Donnan y Hocquenghem han planteado convincente e independientemente que lo que se representa son combates ceremoniales donde grupos de guerreros Mochicas se enfrentan, uno a uno y cuerpo a cuerpo, en pos de prisioneros para los rituales de la ceremonia del sacrificio (Alva y Donnan 1993, Donnan 1988, Hocquenghem 1987). El acentuado militarismo Mochica, sobre todo la guerra expansiva (Wilson 1988), no está necesariamente representado en el arte, como tampoco está su maestría en tecnología hidráulica, su capacidad para organizar grandes fuerzas laborales, su complejo sistema de comunicaciones, ni siquiera la producción especializada de cerámica, pinturas murales y otras actividades de la vida cotidiana.

La segunda fuente de información, la presencia de elementos Mochicas en los valles de Virú a Nepeña, es claramente indicativa de la naturaleza expansiva del estado Mochica-Sur. La difusión de la cerámica y otros elementos Mochicas en los valles de Virú, Chao y Santa no obedece a un patrón de intercambio restringido o de una colonia, sino a la estrategia geopolítica de un estado expansivo y unificado. La cerámica de estilo Mochica comienza a aparecer en estos valles en la fase III (Donnan 1973, Proulx 1973, Strong y Evans 1952, Wilson 1988). A partir de este período estos valles son inundados con sitios de clara filiación Mochica, y muchos sitios asociados con la precedente ocupación Gallinazo son abandonados. La edificación de nuevos centros de acuerdo al plan Mochica implica cambios en las técnicas constructivas, en la producción de adobes, en la planificación y localización de los sitios, es decir, en todos los patrones de asentamiento. Toda la distribución de los sitios y su jerarquía relativa es alterada. Estos cambios son obviamente el resultado de un cambio de mandos, y políticas.

Ya que es lógico asumir que la expansión Mochica no contó con el entusiasta apoyo de las élites locales, podemos deducir por la intensidad y el efecto que tuvo sobre la población local que ésta se realizó a través de un proceso de conquista militar, o que el proceso tuvo un fuerte componente de este tipo. Hay que reconocer en este punto que carecemos de evidencias arqueológicas directas que nos indiquen cuál fue la mecánica de la expansión. A raíz de esta conquista grandes centros Mochicas aparecen en las partes bajas de los valles (Huancaco, Pampa de los Incas). La cerámica asociada con estos centros es a partir de este momento el ubicuo estilo Mochica IV, caracterizada por Moseley como el estilo corporativo de esta sociedad (1992). A partir de estas evidencias se concluye, por lo tanto, que durante la fase Mochica IV todas las áreas de la costa entre Chicama y Nepeña estuvieron bajo el control de un único y unificado estado Mochica.

El fenómeno expansivo evidenciado en los valles del área Mochica-Sur es el resultado del crecimiento de un sistema estatal centralizado. La naturaleza estatal de la sociedad Mochica-Sur resulta una interpretación obvia de una abrumadora cantidad de evidencias. Entre estas destacan evidencias funerarias (Donnan n.d., Donnan y Mackey 1978) y de organización interna de los sitios (Bawden 1977, Topic 1977) que indican que la sociedad Mochica estuvo complejamente jerarquizada, con posiciones sociales definidas desde el nacimiento y con una élite gobernante que basaba su poder en una combinación de coerción y consenso a través de la manipulación de violencia institucionalizada y de rituales así como otros mecanismos ideológicos. Los Mochicas tuvieron una economía planificada, centralizada y al servicio preferente de las élites gobernantes, con un vasto número de especialistas controlados por el estado, y un uso casi ilimitado de la mano de obra de los segmentos sociales dependientes. La magnitud de las obras públicas emprendidas por los Mochicas, tanto de infraestructura productiva como ideológica, implican niveles de trabajo y de planificación sorprendentes. La elaboración en las ceremonias religiosas, especialmente las relacionadas con el sacrificio de prisioneros y con rituales funerarios, y la participación diferenciada en ellos de diversos segmentos de la población (Castillo y Donnan 1994, Donnan y Castillo 1992, 1994) demuestran la importancia de este ámbito en la sociedad Mochica. Evidencias de todos estos aspectos, y no sólo unas cuantas piezas cerámicas, aparecen implantadas en los valles de Virú, Chao, Santa y Nepeña a partir de la fase Mochica IV.

Al sur del valle de Nepeña encontramos algunas evidencias de presencia Mochica, pero ninguna que implique ocupación permanente o control geopolítico. En el valle de Nepeña, que correspondería a la frontera sur del estado Mochica-Sur, encontramos una distribución de sitios Mochicas muy peculiar y que permitirían entender algunas características del proceso expansivo. En el valle de Nepeña, a diferencia de Virú y Santa, no encontramos un conjunto de sitios de diverso tamaño y función distribuidos homogéneamente a lo largo del territorio, sino un único gran centro ceremonial, Pañamarca, rodeado de pequeños cementerios (Proulx 1968, 1973). Este gran centro ceremonial vendría a ser un puesto de avanzada, con el que los Mochicas habrían iniciado la penetración en el valle de Nepeña. Este puesto está constituido, contrariamente a lo que podríamos imaginarnos, no por un edificio militar o defensivo, o por una sede administrativa, sino por un centro ceremonial. Encontrar templos donde esperábamos fortalezas nos permite entender que la ideología tuvo un importante papel en la penetración y expansión del estado Mochica.

Como se discutió en las secciones anteriores, debemos de preguntarnos cuál es el ámbito geográfico al que se aplicaría esta reconstrucción de la naturaleza política del estado Mochica. Larco y otros investigadores pioneros formularon sus interpretaciones pensando, nuevamente, en el área nuclear, y no en los valles de la periferia. Sus datos provenían de esta región, por lo tanto sus interpretaciones serían válidas sólo a ella. Larco estuvo en lo cierto al pensar que toda esta región estuvo en algún momento bajo la autoridad de una sola entidad política segmentada en diversos niveles de administración regional y local. De cuánta autonomía gozaron las diversas regiones comprendidas dentro del estado Mochica, no lo podremos saber hasta que no se realicen más excavaciones en sitios domésticos y centros administrativos Mochicas. En cualquier caso, Larco ya afirmaba que existía, bajo la autoridad centralizada de un Cie quich, un conjunto de gobernantes regionales, los Alaec (Larco 1945:22-23). Larco dedujo esta organización sólo de la distribución de vasos retratos; posteriormente sus ideas han sido corroboradas en base al estudio del patrón de asentamiento en los territorios conquistados.

Las numerosas investigaciones en la región comprendida entre Chicama y Nepeña han producido resultados que contrastan dramáticamente con los resultados de proyectos realizados al norte de esta región. Una de las diferencias más significativas es que la cerámica de los periodos Mochica III y IV, el estilo corporativo directamente asociado con la expansión y consolidacion del estado Mochica-Sur respectivamente, y encontrado en enormes cantidades en los valles entre Chicama y Nepeña, sea casi inexistente en los valles entre Piura y Jequetepeque. Cómo explicar que el patrón de asentamiento de este estado expansivo, caracterizado por un gran centro ceremonial/administrativo entre los valles medio y bajo, no se vea reflejado en ninguno de estos valles. Se trata acaso de un problema en la muestra, o estas diferencias obedecen a diferencias estructurales, es decir son el resultado de la acción de estados o entidades políticas distintas. La circunscrita aplicabilidad de las interpretaciones antes señaladas comienza a ser evidente cuando se trata de aplicarlas a los valles de Jequetepeque, Zaña, Lambayeque y Piura. En esta región desde los años 60′ comenzaron a aparecer importantes evidencias de la ocupación Mochica. En estos valles aparecen evidencias que permiten definir grupos semejantes en muchos aspectos al Mochica-Sur, pero aparentemente con un desarrollo independiente y con características peculiares en su cultura material que serán discutidas en la siguiente sección.

Los Mochica del Norte y los Mochica del Sur
Hasta este momento nos hemos limitado a cuestionar la idea que sostenía que la cultura Mochica, en todas las regiones donde ocurrió, fue el resultado del mismo fenómeno político y social. Si esta noción no es válida, y lo que entendíamos como Mochica sólo es aplicable a la esfera sur de este fenómeno, entonces cómo debemos caracterizar a la sociedad Mochica-Norte.
La intención de esta sección no es dar cuenta definitivamente de todas las características del fenómeno Mochica-Norte. Esta tarea es teórica y prácticamente imposible a estas alturas por cuanto la mayor parte de la información arqueológica que se tenía antes de 1985 tiene que ser analizada e interpretada nuevamente, y la información que se ha recogido después de esta fecha en su mayoría aun no ha sido publicada. Lo que podemos hacer con los datos con que contamos es ofrecer una perspectiva regional, la del valle del Jequetepeque, donde se han concentrado nuestras investigaciones hasta la fecha.

Figura 4. Mapa con indicación de los territorios Mochica Norte y Mochica Sur divididos por la pampa de Paiján.

Una salvedad es de rigor en este punto para evitar caer en el mismo tipo de error que se critica aquí. El valle del Jequetepeque, y la historia cultural que allí estamos reconstruyendo con un programa sistemático de investigaciones, no necesariamente deberá ser entendido como un microcosmos de la historia cultural de toda la región Mochica-Norte. Es muy posible que los resultados con que contamos para esta región nos presenten un desarrollo que, si bien más cercano a lo que aconteció en Lambayeque y Piura que lo que pasaba en la región sur, es sin embargo sólo una expresión regional. No podemos asegurar, en resumidas cuentas, si los diferentes valles de la región Mochica-Norte no tuvieron desarrollos independientes. Todo parece indicar, por ejemplo, que la secuencia de Piura sería distinta, y posiblemente más corta que la secuencia de los otros valles; Lambayeque, por otro lado experimentó un florecimiento durante el período Mochica Tardío que no es comparable con el de los otros valles. Dicho esto podemos regresar a las diferencias entre el MochicaNorte y el Mochica-Sur, y la secuencia planteada aquí para caracterizar el desarrollo del fenómeno MochicaNorte en el valle del Jequetepeque.

Aparentemente los valles de Jequetepeque, Zaña, Lambayeque y Piura estuvieron física y culturalmente separados de los valles del territorio Mochica-Sur. Entre las dos regiones se encuentra la Pampa de Paiján, una llanura desértica de más de 50 kilómetros de extensión que sirvió como barrera natural y cultural para sociedades prehispánica antes y después de los Mochicas (Donnan y Cock 1986b). Esta barrera no sólo fue cosa del pasado; Trujillo y Chiclayo, cada una con sus respectivas órbitas de influencia, marcan todavía la separación de las dos grandes regiones de la costa norte. La gran cantidad de cerámica de estilo Cajamarca hacia fines del desarrollo Mochica en Jequetepeque indica, más bien, que los Mochicas de Jequetepeque mantuvieron un fuerte contacto con las sociedades que se desarrollaban en la sierra norte aledaña. El valle del Jequetepeque parece haber servido de eje de transición para una serie de movimientos y rutas comerciales que unían la costa norte con la zona andina central. Estos intercambios experimentaron un inusitado desarrollo durante las primeras fases del horizonte medio, coincidiendo con el final de la cultura Mochica y su evolución hacia otras tradiciones, entre ellas el conspicuo estilo Lambayeque.

Cuando juzgamos la relación entre las sociedades Mochica-Norte y Mochica-Sur nuestra fuente de información más importante es la cerámica, especialmente la compleja cerámica ceremonial. En ésta se reflejan vívidamente los cambios y las interacciones entre diversas sociedades, las tendencias estilísticas, los prestamos y las idiosincrasias locales.

Cuatro grandes características distinguen los desarrollos de las tradiciones cerámicas sureña y norteña:
a) la escasez pronunciada de cerámica MochicaSur de la fase IV y de una serie de formas como huacos retratos, cancheros y floreros en los valles al norte de la Pampa de Paiján, así como de decoración pictórica de línea fina del tipo Mochica IV (Castillo y Donnan 1994);
b) la excepcional calidad y belleza de la cerámica Mochica-Norte Temprana, especialmente en piezas escultóricas donde se representan seres humanos o animales (Donnan 1990, Narváez 1994); c) la predominancia de jarras y cántaros de caragollete en las fases Media y Tardía del Mochica-
Norte (Ubbelohde-Doering 1983); y
d) el extraordinario desarrollo de la pintura de línea fina durante el período Mochica-Norte Tardío (McClelland 1990, Donnan y McClelland 1979).

El fenómeno Mochica Norte
El primer indicio que nos reveló que la secuencia cerámica, y por lo tanto la historia ocupacional de las dos regiones de la costa norte habían seguido diferentes derroteros fue la carencia de una serie de formas y estilos comúnmente asociados con el fenómeno Mochica-Sur. Dos formas son peculiarmente escasas: los floreros, y los cancheros. Algunos floreros de estilo Mochica V han sido excavados en Pampa Grande (Shimada 1976:194) pero podrían haber sido importados desde el sur. Igualmente cancheros han sido reportados muy pocas veces en la región norte, en Sipán (Alva, comunicación personal 1994) y en la región de Vicús (Makowski, comunicación personal 1994). Tampoco aparecen en esta región los llamados huaco retratos. La carencia de estas formas, de acuerdo a lo planteado por Larco, significaría que esta región no estuvo dentro del ámbito de control de los Cie quich con sede en Moche y Chicama.

La escasa presencia de cerámica de estilo Mochica IV en los valles al norte de la Pampa de Paiján es aun más significativa. Es importante recalcar que no se trata de una absoluta carencia ya que existen algunos reportes de cerámica Mochica IV en la región, sino de una escasez pronunciada, especialmente en relación a las cantidades que encontramos en los valles de la región sureña. Carlos Elera (comunicación personal, 1994) excavó un conjunto de ceramios de este estilo en Puerto de Eten (ver Shimada 1994:55). Carlos Deza (comunicación personal, 1993) afirma haber visto a huaqueros ofreciendo piezas Mochica IV en el valle de Zaña. Izumi Shimada también ha reportado este tipo de cerámica para una serie de sitios en Batán Grande pero sin documentar sus aseveraciones (1994). En colecciones del valle del Jequetepeque existen algunas pocas piezas en este estilo, pero parecen haber sido traídas desde el sur. Shimada (1994:39) publicó un mapa de «las ocupaciones Moche documentadas» en los valles de Reque-Chancay y Zaña con indicaciones de las fases Mochicas en que estos sitios fueron ocupados. Una inspección directa de una serie de los sitios presentados en dicho mapa (Santa Rosa, Sipán, Saltur, Collique y Cerro Corbacho) arrojó resultados negativos en cuanto a la presencia Mochica IV. Tampoco encontraron este estilo de cerámica investigadores que han trabajado en esta región por varios años (Walter Alva, Jorge Centurión, y Carlos Wester; comunicación personal, 1993). Con relación a Pampa Grande, también mencionada en dicho mapa, si bien en un reconocimiento parcial del sitio no pudimos encontrar materiales Mochica IV es posible que excavaciones estratigráficas pudieran haber producido este tipo de materiales. Esperamos la publicación de los resultados de la investigación de Kent Day y Izumi Shimada donde estas incógnitas deberán ser resueltas y documentadas.

En conclusión, existen evidencias de la presencia de cerámica de estilo Mochica IV en la región norte, pero en cantidades muy limitadas y en contextos muy mal documentados. Por falta de información contextual no se puede determinar aún si se trata de piezas intercambiadas, o de evidencias de pequeños asentamientos controlados por los MochicaSur. Aparentemente un cierto intercambio de cerámica existió entre las dos regiones (Larco 1966b. También se intercambiaban piezas de cerámica con la sierra norte aledaña, conchas de spondylus con el Ecuador y plumas con la región amazónica. Por cierto, ninguno de estos intercambios tuvo consecuencias de largo plazo en términos de la identidad o independencia política del estado Mochica-Norte. El conjunto de piezas encontrado por Elera en un pozo de prueba en el Puerto de Eten, y los materiales encontrados por Shimada en Batán Grande podría corresponder a la segunda posibilidad, un pequeño asentamiento. Lo que resulta sospechoso es que, hasta la fecha, sitios arqueológicos Mochica IV, especialmente sitios de la magnitud de los asentamientos encontrados en los valles de Chicama a Nepeña, no han sido reportados. Si los Mochica-Sur de la fase IV controlaron los valles de Piura a Jequetepeque lo hicieron a través de un sistema de asentamientos insólito y que además ha burlado a cinco generaciones de arqueólogos.

Lo que esta carencia implica en términos de la estructura política de los estados Mochicas es muy importante. Moseley definió acertadamente al estilo Mochica IV como el estilo corporativo del estado Mochica expansivo. Su presencia en un sitio arqueológico delata la presencia, y en algunos casos permite documentar la expansión del estado Mochica. Si bien algunos ejemplares de este estilo confirman que hayan habido contactos entre estas entidades políticas, cantidades limitadas de este estilo cerámico no pueden ser interpretadas como evidencias de la conquista y control geopolítico de la región. Los Mochica-Sur durante la fase IV no estaban dedicados a la exportación de cerámica, sino a la conquista de grandes territorios, que inmediatamente eran reorganizados de acuerdo a un patrón de asentamientos que maximizaba los intereses del conquistador. Ninguno de estos fenómenos, conquista o reorganización, se reflejan en los datos recogidos al norte de la Pampa de Paiján. Debemos concluir entonces que el estado Mochica-Sur no cruzó esta barrera. En la región norte se desarrollaron independientemente otros estilos, que también pueden ser considerados corporativos, con características propias que reflejan entidades políticas y sociales independientes. Estos estilos, por la cercanía cultural de las dos regiones Mochicas, presentan muchos rasgos en común con su contraparte sureña, sin embargo su desarrollo, es decir su secuencia, es diferente y sus características son peculiares. Esto nos lleva a enfatizar que diferencias en las estructuras políticas no necesariamente indican diferencias culturales, es decir que los Mochicas constituyeron diferentes estados pero no diferentes culturas. Es claro que los estados MochicaNorte y Mochica-Sur compartieron suficientes elementos en común, como la religión y las costumbres, que impidieron una deriva cultural, es decir que al estar aislados uno del otro con el tiempo se convirtieran en dos culturas diferentes. La religión y el sistema ceremonial, uno de los mecanismos de poder político de las élites aparece como uno de los más importantes elementos de intercomunicación entre estos estados.

La secuencia cerámica del Mochica Norte
Las diferencias entre las tradiciones cerámicas Mochica-Norte y Mochica-Sur permiten aislar estos dos estilos y seguir independientemente su desarrollo. En el caso de la cerámica Mochica-Norte este desarrollo puede ser dividido, en este momento, en sólo tres fases: Mochica Temprano, Medio y Tardío (Castillo y Donnan 1994). Las tres fases del MochicaNorte en Jequetepeque (Figura 10) han sido reconstruidas a partir de un cuidadoso análisis de datos estratigráficos provenientes de las excavaciones en San José de Moro (Castillo y Donnan 1994, Donnan y Castillo ms., Castillo y Rosas ms.) y Pacatnamú (Donnan y Cock 1986b, Ubbelohde-Doering 1983), del examen de contextos funerarios excavados en La Mina, Pacatnamú y San José de Moro (Castillo ms., Castillo y Donnan 1994, Donnan y Castillo ms., Donnan y Cock 1986b, Donnan y McClelland ms., Narváez 1994, Ubbelohde-Doering 1967, 1983) y de información derivada de un análisis cuidadoso de colecciones locales. La información estratigráfica encontrada hasta la fecha sugiere dos períodos ocupacionales, que incluyen la construcción de tumbas, que estarían asociados con especímenes cerámicos de lo que más adelante se caracteriza como Mochica Medio y Tardío. No se ha podido ubicar aún evidencia estratigráfica para la fase temprana de la secuencia, sin embargo, es posible encontrar conjuntos de ceramios que corresponderían con este período. En base a estos datos se han podido organizar más de ciento treinta entierros Mochicas excavados arqueológicamente en Jequetepeque en estos tres períodos. Los materiales asociados con estos entierros, y su ocurrencia en los perfiles estratigráficos han permitido reconstruir las tres fases estilísticas de la cerámica Mochica en el valle del Jequetepeque.

El período Mochica Temprano
De los tres períodos que conforman la secuencia ocupacional Mochica del valle del Jequetepeque, el período Mochica Temprano es el menos documentado. Evidencias de este período han sido encontradas en sólo cuatro sitios del valle: Pacatnamú, La Mina, Tolón y Dos Cabezas (Figura 10). Lamentablemente, con contadas excepciones, la mayor parte de la información que poseemos de la ocupación Mochica Temprano de estos sitios no ha sido documentada arqueológicamente. Por esta razón casi toda la cerámica que podemos reconocer para este período es de alta calidad; ceramios de calidad media, como jarras y figurinas, o ceramios simples de uso doméstico, como ollas y cuencos, son casi desconocidos.

En Pacatnamú, ubicado al norte de la desembocadura del río Jequetepeque, el período Mochica Temprano está representado únicamente por una botella con asa estribo modelada en forma de búho (Figura E1). Este ceramio fue excavado por Heinrich Ubbelohde-Doering en una simple tumba de pozo junto con una olla con cuello que posiblemente pertenece al período Mochica Medio (UbbelohdeDoering 1967:26, 67; 1983: 128-129). Cabe la posibilidad que la tumba, y no sólo la olla, pertenezca al período Mochica Medio, en cuyo caso la botella con asa de estribo habría sido considerablemente antigua cuando fue puesta en la tumba. Ninguna de las otras 126 tumbas Mochicas excavadas en Pacatnamú contenían cerámica diagnóstica para el período Mochica Temprano, así como tampoco se reportaron fragmentos de cerámica de este período de las extensas excavaciones conducidas en el sitio por UbbelohdeDoering en 1937-39, 1953-54 y 1962-63, y por Donnan y Cock entre 1983 y 1987. Esto implica que si bien Pacatnamú tuvo una ocupación Mochica significativa durante los períodos Medio y Tardío, el sitio no fue ocupado durante el período Temprano.

Figura 5. Conjunto de botellas Mochica Temprano recuperada de una tumba saqueada en el sitio La Mina.

El sitio de La Mina es posiblemente el lugar más importante donde cerámica del período Mochica Temprano ha sido encontrada (Donnan 1990, Narváez 1994). La Mina se encuentra en la margen sur del valle del Jequetepeque, aproximadamente a 5 kilómetros del mar (Figura 10). La historia de la excavación de la Mina es un tanto penosa, ya que si bien es el único sitio Mochica Temprano que se ha podido excavar arqueológicamente, esto fue posible únicamente después de que los huaqueros habían dado cuanta de casi todo el contenido de la tumba. Aproximadamente a mediados de 1988, un grupo de huaqueros comenzó a extraer una gran cantidad de objetos de oro, plata y cobre aparentemente de una rica tumba Mochica en el valle del Jequetepeque. La tecnología, forma y extraordinaria calidad artística de estos objetos (Lavalle 1992) era similar a la de objetos encontrados en las tumbas reales excavadas por Walter Alva en Sipán, en el valle de Reque (Alva 1988, 1990; Alva y Donnan 1993; Figuras 1 y 2). Sin embargo, el estilo de estas piezas era suficientemente diferente del estilo de los objetos encontrados en Sipán como para distinguir fácilmente ambos conjuntos (Donnan 1990). Junto con los objetos metálicos los huaqueros aparentemente encontraron un gran número de botellas de cerámica modeladas en forma de seres humanos, animales y aves, incluyendo búhos casi idénticos a la botella encontrada por Ubbelohde-Doering en Pacatnamú.

En Mayo de 1989 la tumba de La Mina fue finalmente localizada por personal del Instituto Nacional de Cultura, iniciándose inmediatamente una excavación de salvataje a cargo de Alfredo Narváez, y con la colaboración de Christopher Donnan y Alana Cordy-Collins (Narváez 1994, Donnan 1990). Excavando cuidadosamente un área de la tumba que no había sido disturbada, los arqueólogos encontraron siete botellas de cerámica que habían escapado a la atención de los huaqueros (Figura E2). Estas incluían un guerrero arrodillado, una persona llevando una jarra en su hombro izquierdo, un felino cuyos ojos estaban adornados con incrustaciones, un individuo sentado con la cara decorada con un diseño de ola (Figura E3), un búho (Figura E4), y un individuo sentado con un tocado circular (Figura E5). También se encontró una pieza en cerámica negra modelada en forma de un cóndor (Figura E6) y una jarra con abultamientos en la cámara (Figura E7). Los ceramios recuperados arqueológicamente de La Mina estaban todos rotos por compresión debido al peso del relleno. Más aún, durante la excavación de salvataje se recuperaron numerosas piezas de concha cortada que originalmente fueron incrustaciones usadas para adornar los ojos y otros accesorios de las piezas cerámicas que fueron extraídas de la tumba por los huaqueros.

Tolón, un tercer lugar en donde se encontraron especímenes cerámicos del período Mochica Temprano, a diferencia de los otros tres sitios está localizado en la margen sur del valle medio del Jequetepeque, aproximadamente a 33 kilómetros del mar (Figura 10). A mediados de los años setenta un numero de tumbas simples de pozo conteniendo ceramios de estilo Mochica Temprano fueron huaqueadas del sitio (Figuras E8 a E16). Estas piezas están modeladas en forma de individuos sentados o arrodillados (Figuras E8 a E11), felinos (Figuras E12 a E14) y aves, incluyendo búhos (Figuras E15 y E16). Muchas de estas piezas son casi idénticas a las encontradas en La Mina (por ejemplo, comparar las figuras E5 y E9), y por lo tanto su contemporaneidad y afiliación estilística parece segura.

Figura 6. Personajes sentados llamados «ingenieros». La Mina, valle de Jequetepeque.

El cuarto sitio donde cerámica del período Mochica Temprano ha sido encontrada es Dos Cabezas (Figura 10), ubicado al sur de la desembocadura del río Jequetepeque. El sitio está constituido por varias pirámides de regular tamaño, áreas de aparente carácter doméstico adyacentes a las grandes estructuras y lo que parecen ser basurales, que además contienen evidencias de pequeñas habitaciones y numerosos fogones. Si bien Dos Cabezas no ha sido aún excavado arqueológicamente, un examen cuidadoso de los fragmentos de cerámica que se encuentran en el sitio sugiere que su ocupación incluye tanto el estilo Virú, que normalmente precede al estilo Mochica, así como el período Mochica Temprano. Hasta que no se realicen excavaciones en el sitio no se podrá determinar cual es la relación exacta entre estos dos estilos, es decir si uno precede al otro o si ambos son contemporáneos. Además de estas evidencias, se sabe que un número de tumbas que contenían ceramios de estilo Mochica Temprano fueron huaqueadas de Dos Cabezas a principios de los años ochenta. Estas piezas incluirían los característicos felinos, guerreros arrodillados y aves, incluyendo halcones, cóndores y búhos. Una pieza de la que se presume procede de estos entierros esta modelada en forma de un decapitador llevando en una mano un tumi (cuchillo ceremonial) y en la otra la cabeza decapitada de un ser humano (Figura E17, comparar esta figura con la figura E10).

La cerámica del período Mochica Temprano del valle del Jequetepeque, en términos generales, constituye un conjunto bastante diagnóstico y homogéneo, con formas y elementos decorativos frecuentemente repetidos. El aspecto más característico de la cerámica Mochica Temprano es la extraordinaria calidad de sus esculturas tridimensionales. Estas muchas veces incluyen una sorprendente abstracción de diseños (por ejemplo ver la Figura E16) o, por el contrario, un marcado énfasis en detalles difícilmente visibles (por ejemplo ver los detalles incisos en la cara y las manos de las Figuras E3 y E11). Aunque algunas piezas del período Mochica Temprano fueron hechas con arcilla blanca (Figura E3), la mayoría fueron hechas con arcilla roja (terracota) que fue cocida tanto en hornos oxidantes, para convertirse en cerámica de color rojo, o en hornos de atmósfera reducida (Figura E10), para convertirse en cerámica negra (Figura E8). La cerámica roja fue casi invariablemente decorada con diseños en blanco y roja para resaltar detalles y crear diseños no incluidos en la escultura. En muchos casos la cerámica de este período fue decorada con incrustaciones de conchas y piedras. Estas incrustaciones se utilizaron para crear o subrayar detalles tales como los ojos de felinos (Figura E14), búhos o seres humanos (Figura E3); los dientes de felinos y seres humanos; y los brazalete y escudos en representaciones de seres humanos. Ocasionalmente encontramos ceramios modelados como felinos en los que incrustaciones de piedras negras forman la nariz (Figura E14). También estas piezas originalmente incluyeron detalles como aretes o narigueras hechos en hueso (Figura E3) y probablemente también en concha y metales preciosos. Evidencias de este tipo de decoración son pequeñas perforaciones en las orejas de los individuos representados en las figuras E9 y E11.

Figura 7. Botella asa estribo Mochica Temprano. Felino. Colección Oscar Rodríguez Razetto.

Si bien en algunos casos encontramos que las botellas tienen picos cónicos altos y asas sólidas de sección circular (Figura E15), la gran mayoría presenta asas en forma de estribo, extremadamente consistentes tanto en forma como en tamaño. Estas tienen arcos pequeños y redondeados, y picos cortos cuya terminación tiene consistentemente un pronunciado reborde en el labio (ver, por ejemplo la Figura E8). Si bien las características formales de las asas de estribo correspondientes al período Temprano del Mochica-Norte son semejantes a las piezas definidas por Larco como Mochica I, las cámaras de las mismas piezas son completamente diferentes. Ninguna de las seis botellas que Larco utilizó para ilustrar su Mochica I (Larco 1948:28) es semejante a botellas Mochica Temprano del valle de Jequetepeque. Por lo tanto la diferencia entre Mochica-Norte y Mochica-Sur durante la parte temprana de la secuencia en innegable.

Es interesante señalar, sin embargo, que existe una sorprendente semejanza entre las botellas del período Mochica Temprano de Jequetepeque y muchas de las botellas Mochica huaqueadas durante los años sesenta de sitios alrededor de Cerro Vicús, en el valle de Piura, incluyendo aparentemente Loma Negra (Figuras 1 y 2, ver otros artículos en este volumen). Estas últimas incluyen felinos, generalmente sentados o echados en las mismas posiciones que en piezas del Jequetepeque; búhos, halcones y cóndores; y seres humanos vestidos como guerreros, ataviados con tocados circulares, o llevando cántaros en los hombros (estas tres formas discutidas anteriormente). También encontramos botellas modeladas como loros, sapos, monos, focas, y seres míticos llamados«Decapitadores», esencialmente todas y cada una de las formas que hoy sabemos fueron producidas repetidamente por artesanos Mochica Temprano en el valle del Jequetepeque.3 Más aún, en muchos casos las formas, tamaños, tratamientos de superficie, e incluso los colores de ceramios de estas dos áreas son tan semejantes que parecerían haber sido hechos por los mismos artesanos. La explicación de estas semejanzas deberá ser despejada en futuras investigaciones, pero resulta evidente que ambas áreas se encuentran en lo que hemos definido como la esfera Mochica-Norte. El período Mochica Medio

Durante el período Mochica Medio, el sitio de Pacatnamú experimentó una intensa ocupación evidenciada en la construcción de montículos de aparente carácter ceremonial (Huaca 31), y de cementerios conteniendo numerosos entierros. Un total de ochenta entierros correspondientes a este período han sido excavados en este sitio (Donnan y Cock 1986b, Donnan y McClelland ms., Hecker y Hecker 1984, Ubbelohde-Doering 1983). Una indicación importante del rango de Pacatnamú durante esta fase es el número y complejidad de los entierros excavados allí. En primer lugar, la cantidad de entierros nos informa de una población bastante grande. Aún cuando no necesariamente todos estos individuos vivieron directamente en el sitio, es muy posible que la gran mayoría de ellos residiera en el valle aledaño y que, por la importancia religiosa del sitio, fuera enterrado en Pacatnamú. La segunda indicación de la importancia de Pacatnamú durante esta fase esta dada por un número de entierros de élite excavados en la década de los treinta por Heinrich Ubbelohde-Doering (1967, 1983). 4

En San José de Moro (Figura 10), en la parte norte del valle, la ocupación durante el período Mochica Medio parece haber sido de menor intensidad que durante la fase tardía en base a la información con la que contamos a la fecha. Ninguna estructura en el sitio puede ser fechada como Mochica Medio, y sólo dos entierros correspondientes a esta fase han sido documentados (Castillo y Donnan 1994). Sin embargo, cerámica Mochica Medio ha sido encontrada en las excavaciones de cortes estratigráficos y áreas funerarias en San José de Moro, aún cuando en cantidades muy limitadas.

Considerando la calidad, materiales, tratamiento de superficie, y contenido iconográfico, la cerámica Mochica Medio puede ser dividida en tres categorías: cerámica fina, cerámica de calidad media y cerámica simple o doméstica. Los ejemplos más finos de cerámica Mochica Medio son botellas de asa estribo con un característico pico evertido en el labio, cuerpos generalmente achatados y lenticulares, bases anulares, y decoración en relieve o pintada en ocre, crema y un distintivo color morado o púrpura (Figura M1). Diseños típicos en estos especímenes incluyen seres sobrenaturales, como Decapitadores (Figura M2), y animales, como por ejemplo aves marinas de largos cuellos engullendo ranas o peces de cabezas triangulares (Figuras M3 y M4); o piezas con diseños geométricos incisos o en relieve (Figura M5). Estas botellas de asa estribo son diferentes a piezas de semejante forma de estilo Mochica III del Mochica-Sur, y más claramente se asemejan a piezas encontradas en los valles de Lambayeque (Alva y Donnan 1993) y Piura (Kaulicke 1994, Lumbreras 1987). También entre las piezas Mochica Medio de alta calidad encontramos algunas botellas de cuerpos modelados (Figura M6) y lenticulares en cerámica negra, con cuellos rectos o ligeramente evertidos, y a veces dos pequeñas asas en la base del cuello (Ubbelohde-Doering 1983: Abb. 7-5).

Las piezas de calidad media durante este período son jarras simples, jarras de cuello efigie, y figurinas. Las jarras simples usualmente están compuestas por cuerpos globulares u ovales, y cuellos rectos (Figura M7) o ligeramente evertidos (Figura M8). El diámetro del cuello es por lo general entre dos tercios y un medio del diámetro del cuerpo y su altura está entre un tercio y un medio de la altura del cuerpo. En algunos casos las jarras están decoradas con motivos en relieve en forma de pequeñas ranas (Ubbelohde-Doering 1983: Abb. 23-1). Las jarras de cuello efigie tienen las mismas proporciones que las jarras simples pero sus cuellos están decorados en relieve con caras de seres humanos (Figura M9) o sobrenaturales (Figura M10) y animales mirando hacia el frente. Algunas veces el cuerpo del ser humano o del animal está indicado con líneas gruesas de pintura en el cuerpo de la jarra (Figura M12). Usualmente el cuerpo pintado en la cámara aparece de perfil, lo que es característico de esta área más no así del Mochica-Sur. Piezas semejantes fueron encontradas en la tumba del Viejo Señor de Sipán (Alva y Donnan 1993, Figs. 181 y 187). En algunos casos motivos triangulares irradian de la base del cuello, probablemente representando un pectoral o collar (Figura M13). Existen algunos raros ejemplos de jarras donde el cuerpo de la pieza en su totalidad ha sido modelado como una cara (Figura M14). Las figurinas, raras en los conjuntos de cerámica de entierros Mochica Medio (Figura M15) combinan elementos en relieve y diseños en trazo grueso de pintura blanca. Este tipo de objetos presentan muchas semejanzas con piezas de similar forma de la región Mochica-Sur (Russell, Leonard y Briceño 1994).

Las formas simples más importantes durante Mochica Medio son ollas de cuello corto evertido o recto. Las bocas de las ollas son amplias (Figura M16), con diámetros en promedio de más de dos tercios del diámetro del cuerpo de la pieza. Finalmente, la cerámica Mochica Medio más simple son pequeñas piezas ligeramente cocidas en forma de crisoles. Los crisoles aparecieron en pequeñas grupos, de entre una a tres piezas en algunos entierros de Pacatnamú y en un entierro de San José de Moro. Los crisoles encontrados en tumbas Mochica Medio y Tardío son casi idénticos, posiblemente porque sus formas son tan simples que no se prestan para variaciones estilísticas.

El período Mochica Tardío
La ocupación Mochica Tardío del valle del Jequetepeque parece haber sido más intensa que las anteriores. Evidencias de cerámica Mochica Tardío, especialmente las formas diagnósticas de jarras cuello efigie llamadas «Nuevo Rey», o «Rey de Assyria» por Ubbelohde-Doering (Figura T1) y de ollas de cuello plataforma (Figura T2) se encuentran en numerosos sitios del valle (Hecker y Hecker 1990). En Pacatnamú la ocupación Mochica Tardío está evidenciada en un pequeño número de entierros encontrados por Ubbelohde-Doering cerca de la Huaca 31, y por varias áreas funerarias documentadas por Verano (1987).

Además de Pacatnamú los sitios Mochica Tardío más importantes en el valle del Jequetepeque se encuentran localizados en el área norte, especialmente en el sector comprendido en ambas márgenes del río Chamán. Entre éstos, los más importantes están localizados sobre y alrededor de los cerros Chepén y Colorado (Hecker y Hecker 1990), en el área de Chérrepe (Guillermo Cock, comunicación personal, 1990), y en San José de Moro. De éstos San José de Moro parece haber sido el centro ceremonial y funerario Mochica Tardío. En San José de Moro veintidós entierros Mochica Tardío han sido excavados arqueológicamente, y muchos más han sido huaqueados en los últimos años. Estos entierros fueron encontrados en tres tipos de tumbas: fosas simples sin mayores asociaciones y muy semejantes en forma a tumbas de los dos períodos anteriores, tumbas de bota, semejantes a tumbas del período Mochica Medio encontradas en Pacatnamú, pero con muy poca complejidad en cuanto a sus asociaciones y preparación de los cuerpos; y grandes tumbas de cámara ricamente ornamentadas y con múltiples asociaciones. Este gran número de asociaciones ha permitido reconstruir en detalle el repertorio cerámico Mochica Tardío.

El repertorio de formas y estilos cerámicos en el período Mochica Tardío es mucho más complejo y rico que su contraparte del período Medio. Esto es especialmente cierto en cuanto a la cerámica fina, que presenta una enorme variabilidad de formas y diseños. Una fuente de esta diversidad es ciertamente la influencia de estilos cerámicos foráneos (Figura T3) encontrados prominentemente en los entierros más complejos de San José de Moro (Castillo y Donnan 1994). Piezas con decoración polícroma o diseños en relieve imitando estilos de la costa central (Castillo y Donnan 1994: 3.33) y piezas con diseños típicamente sureños, tales como jarras mamiformes, o botellas carenadas (angulares en el ecuador) (McClelland 1990: figs. 14 y 15) son muy frecuentes en estos contextos (Figuras T4 a T7). El alto grado de innovaciones durante el período Mochica Tardío hace imposible una descripción detallada de todas las nuevas formas y decoraciones sea, por lo que aquí se incluyen descripciones sólo de los tipos más comunes asociados con este período.

Botellas pintadas con diseños en línea fina son el sello de la cerámica Mochica Tardía. Pintura en línea fina, que ocasionalmente aparece en jarras (Figura T8) o decorando piezas tridimensionales (Figura T9), se encuentra más frecuentemente en botellas de asa estribo. Estas piezas tienden a ser muy estandarizadas en sus formas y decoraciones (Figura T10). El asa estibo está compuesta siempre de un pico ligeramente cónico, y el estribo esta formado como un triángulo invertido (McClelland 1990: fig. 6). Los cuerpos de estas piezas son tanto esféricos como carenados (Figura T11). Existen algunos ejemplos de piezas cuyos cuerpos tienen formas ojivales (Ubbelohde-Doering 1983: Abb. 49). La pintura de línea fina asociada con el período Mochica Tardío, especialmente en especímenes del valle del Jequetepeque, representa la culminación del estilo pictórico Mochica (Figura T12). Piezas finas en este período también incluyen representaciones tridimensionales de animales, así como de seres naturales (Figura T13) y sobrenaturales (Figura T14). Piezas tridimensionales son raras en San José de Moro durante el período Mochica Tardío.

Figura 23. Botella asa estribo Mochica Tardío. Tema del entierro. San José de Moro.

La cerámica de calidad media durante el período Mochica Tardío comparte muchos rasgos con sus antecedentes del período Mochica Medio. Las jarras de cuello efigie continúan siendo producidas, aún cuando en esta fase carecen de detalles pictóricos. Las caras moldeadas en los cuellos son generalmente simples, al punto que muchas veces los rasgos son indistinguibles (Figura T15). Un tipo común de jarra de cuello efigie presenta un asa formada por un pequeño brazo saliendo del hombro de la pieza hasta tocar el rostro (Figura T16). Esta peculiar forma de jarra de cuello efigie ha sido algunas veces erróneamente identificada como Gallinazo por sus crudos rasgos (Shimada y Maguiña 1994: Fig. 1.17). El ejemplo más común de jarra de cuello efigie son piezas del tipo Nuevo Rey (Ubbelohde-Doering 1967: Fig. 59; Castillo y Donnan 1994: fig. 3.7), donde aparece un individuo con patillas prominentes, ojos almendrados, bigotes a ambos lados de la boca, orejeras circulares grandes, y una banda o corona en la frente.
El número de jarras con cuello efigie disminuye durante el Mochica Tardío, y es reemplazado por jarras con cuellos cortos y constrictos, que algunas veces están decorados con círculos impresos y bultos que forman una cruda cara (Ubbelohde-Doering 1983: Abb. 50-8). Otra forma común en Mochica Tardío es una pequeña jarra hecha a molde, con cuello recto evertido, cuerpo ligeramente angular en el ecuador, y base plana. Estas jarras simples están algunas veces finamente pulidas y pintadas en rojo oscuro, guinda, naranja y crema (Figura T17). Algunas fueron cocidas en atmósferas reductoras, adquiriendo un color que fluctúa entre el gris y el negro oscuro. Las jarras simples están decoradas algunas veces con bandas de diseños en relieve en la parte superior de sus cámaras (Figura T18). El diseño más común consiste en una serie de patos guerreros (Figura T19). Finalmente, algunas botellas de asa estribo encontradas en tumbas de cámara en San José de Moro también pueden ser consideradas cerámica de calidad media ya que están hechas a molde sin mayor tratamiento de sus superficies, muchas veces ni siquiera un simple pulido, y sin decoración pictórica (Figura T20).

Figura 24. Pieza escultórica Mochica Tardío. Individuo ricamente ataviado, con bigotes y grandes orejeras. Tumba MU30. San José de Moro.

Los ceramios simples y las formas domésticas durante el período Mochica Tardío son muy semejantes a los descritos para Mochica Medio (Castillo y Donnan 1994: fig 3.8 a 3.10). Las ollas son semejantes en forma, y presentan una gran variedad de bordes, desde rectos y cortos, hasta curvos y evertidos (Figura T21). La decoración de ollas también incluye bandas de protuberancias en la parte alta del cuerpo. La decoración más común en ollas durante esta fase son líneas burdas y gruesas alrededor del cuello de la vasija, algunas veces extendiéndose hacia el centro de la vasija en volutas. En algunos casos caras muy simplificadas fueron modeladas en el cuello de la olla (por ejemplo Ubbelohde-Doering 1983: Abb. 50-5) mediante dos círculos impresos pequeños y una nariz en relieve. La forma más común de ollas, y la que más frecuentemente se encuentra en superficie en sitios domésticos Mochica Tardío, son ollas de cuello plataforma (Castillo y Donnan 1994: Fig. 3.9).

Finalmente, las formas de cerámica simple más frecuentes son crisoles similares a los asociados con entierros Mochica Medio. En San José de Moro, los crisoles fueron encontrados en algunas de las tumbas de bota y en todas las tumbas de cámara (Figura T22), donde sus números muchas veces excedieron las mil quinientas piezas por tumba. En algunos casos crisoles fueron hechos a molde y decorados en el cuello con un murciélago o felino (Figura T23). La función de estos extraños objetos aún se desconoce, pero resulta sintomático que no hayan aparecido en contextos domésticos. Aparentemente se fabricaban especialmente para los entierros y, a juzgar por la ligereza de sus cocción, poco antes del evento.

La caracterización cronológica de la ocupación Mochica del valle del Jequetepeque no es de ninguna manera definitiva. Aún existen grandes períodos de tiempo que no están bien documentados, especialmente los tránsitos entre los períodos Temprano y Medio, y este último y el período Tardío.

Conclusiones

Figura 25. Piezas escultóricas Mochica Tardío. Iguana Antropomorfizada, Aia Paec tocando tambor, individuo esquelético. Tumba M-U30. San José de Moro.

Hasta mediados de la década de los ochenta el consenso entre los arqueólogos andinistas era que los Mochicas habían constituido una sola cultura. Esto implicaba tácitamente que los Mochicas habían conformado además un estado unificado único evolucionando en la costa norte a través de una secuencia cronológica de más de 700 años configurada por Larco en cinco fases. Esta noción y los datos que la sustentaban fueron por muchos años congruentes con los trabajos arqueológicos que se realizaban en la costa norte, y con los materiales existentes en colecciones privadas y publicas, ya que, como se explicó en la primera parte de este trabajo, ambos se concentraron en la región Mochica-Sur. No fue sino hasta el descubrimiento y excavación de importantes evidencias de la presencia Mochica al norte de la pampa de Paiján que la uniformidad monolítica del fenómeno Mochica comenzó a desmoronarse. El caso mejor documentado a la fecha para el Mochica Norte es el desarrollo en el valle de Jequetepeque. La reconstrucción de la secuencia cerámica en este valle, y su diferenciación de la secuencia Mochica-Sur ha sido tratada en la segunda parte de este trabajo.

Es importante recalcar que la secuencia cerámica presentada aquí es, para todo efecto, sólo regional. El derrotero de los estilos cerámicos en el Jequetepeque no es necesariamente el mismo que en otros valles, y es ciertamente diferente a lo que aconteció al sur de la Pampa de Paiján. No debemos caer en la tentación de pensar que la secuencia propuesta describe la evolución de la cerámica Mochica en los valles de Zaña, Lambayeque y Piura hasta que no se hagan estudios comparables. Si bien las evidencias de la presencia Mochica encontrada en estos valles han presentado muchas semejanzas con la que encontramos en Jequetepeque, al punto que podemos asumir que todos estos valles formaban parte de una misma subregión, también presenta importantes diferencias y particularidades. Por ejemplo, en Jequetepeque no existen para el período Mochica Tardío sitios de la magnitud de Pampa Grande en Lambayeque. A su vez la concentración de entierros con cerámica fina Mochica Tardío encontrada en San José de Moro no ha aparecido en ninguna otra región, y hasta este momento, en ningún otro sitio. Es posible que estos dos sitios correspondan a dos unidades políticas diferentes, o quizá ambos sitios tuvieron diferentes funciones bajo un mismo sistema político. Estas incógnitas deberán ser resueltas a través de programas sistemáticos de investigación arqueológica.

Notas
1 Las fases anteriores, denominadas Mochica clásico (un término que aún ahora los huaqueros siguen usando para referirse a cerámica Mochica de las fases I y II) habrían sido reportadas por huaqueros proviniendo de Purpur, pero ninguna evidencia de estos estilos aparece en las excavaciones. La fase final, o Mochica V, tampoco aparece en sus colecciones, por lo que la conquista y control Mochica del valle de Virú parecería circunscribirse a las fases III y IV de la cronología de Larco.

2 Para determinar a que cultura o período correspon-de un sitio arqueológico, lo que los arqueólogos llamamos ‘fechar un sitio’, usamos básicamente los fragmentos de cerámica que encontramos en su superficie. En sitios arqueológicos encontramos frecuentemente fragmentos de ollas, cántaros y otros artefactos domésticos y ocasionalmente fragmentos de cerámica fina. Lamentablemente la cerámica fina refleja mejor los cambios en el tiempo, de ahí que la importancia de establecer que formas domésticas son contemporáneas con las formas finas.
3 La muestra de botellas provenientes del valle de Piura es mucho más extensa que la muestra de botellas e ataviados con grandes tocados (ver, por ejemplo, Lapiner 1976: Figuras 256-258; Lumbreras 1987).
4 Entre éstos, y claramente reflejando la casi totalidad del fenómeno cerámico Mochica Medio, destaca la tumba E-I (Ubbelohde-Doering 1983:52-92).

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Figurina de oro Mochica

Figurina de oro e incrustaciones de turquesa o malaquita o crisocola representando felino.

Mochica, Época Auge (1 d.C. – 800 d.C.) Los adornos y colgajos de las vestimentas de personajes de alto rango representan personajes, animales y frutos con connotaciones simbólicas importantes. -Ulluchu, fruto asociado a los sacrificios y la fertilidad. -Maní, uno de los cultivos más antiguos del área andina, asociado desde épocas muy tempranas a la fertilidad. -Cangrejo, crustáceo que aparece en la mitología mochica como un ser que permite el contacto entre el mar y los litorales rocosos, y que interactúa con las divinidades que atraviesan mundos. -Sapo, batracio relacionado a la humedad presente en lagunas y a la vida de las lomas. Las lomas son cerros bajos de la costa peruana que reverdecen por la neblina, precisamente en la época seca de los valles. Personaje mutilado, sin pies, que aparece en escenas funerarias de la iconografía mochica resguardando la tumba de los ancestros. -Aves guerreras cargando porras, personajes que en la mitología Mochica acompañan a las divinidades mayores en ceremonias y sacrificios. -Cuenta de collar con representación de zorro, animal que por su cola de dos colores es un animal intermediario, que representa en la cosmovisión andina el contacto entre el mundo húmedo y el mundo seco. -Escultura de oro de jaguar, animal sagrado del antiguo Perú. -Hombre al interior de un cuerpo de felino, clara expresión de una transformación en hombre-jaguar. -Hombre-tambor con orejeras colgantes y símbolos de cruz andina o “chacana”.

Fuente: Museo Larco, Lima, Perú




Los buenos siempre mueren primero

Corría la década de 1980 cuando mi equipo de investigación decidió abrir un espacio norteño en nuestro trabajo de campo, que en general estaba dedicado al Cusco y Ayacucho. Convencimos sin esfuerzo a los habituales financiadores y, atraídos por las noticias de la fiesta dedicada a la Virgen de la Puerta, nos dirigimos a Otuzco, en la sierra de La Libertad.

Autor: Luis Millones
Fuente: El Comercio
Fecha: 03.03.2018 / 05:30 am

“En ese espacio, y con la mirada aprobadora de Nyler, me acerqué al hogar de Santiago Uceda”. (Ilustración: Víctor Aguilar)

La magnífica celebración justificó con creces el cambio de escenario. Entre los muchos descubrimientos que me proporcionó esta nueva aventura, uno muy especial fue el encuentro con el antropólogo Nyler Segura. Llegó un día, sin previo aviso. Pequeño, delgado, vestido con tanto descuido como yo, con una calva que empezaba a mostrarse. Al verlo, creímos que era uno de los muchos asistentes que llegaban atraídos por el festival.

Nyler se dirigió sin vacilar a quienes tomábamos notas y fotografiábamos el espectáculo. Entonces, sin que mediase presentación alguna, nos regañó: ¿Por qué no bajan a Trujillo a saludar a los colegas? Su gesto era adusto, y antes de que yo pensase una respuesta, mi compañero de estas andanzas, Hiroyasu Tomoeda, le dio la mano y contestó sin vacilar: “Tiene usted razón. Mañana mismo pasaremos a verlo”.

Visitarlo y hablar con él se convirtió en una costumbre que nos abrió, de manera informal –y por tanto más completa–, el mundo de la Universidad Nacional de Trujillo. En ese espacio, y con la mirada aprobadora de Nyler, me acerqué al hogar de Santiago Uceda.

Quiero empezar por allí, sin olvidar sus méritos académicos, que les tocará reseñar a otros, porque mi recuerdo de él es inseparable del de su familia. Nadia, su esposa, la entonces pequeña Anaís y la gata engreída me dieron la clave de la fortaleza intelectual que exhibía el doctor Uceda. En su casa se respiraba amor, el ambiente era cálido y afectuoso (lo que contrastaba con las prisas, impaciencias, débiles presupuestos y abandono estatal que, al igual que otras instituciones nacionales, sufría también la Universidad Nacional de Trujillo).

Poco a poco fui conociendo a los otros docentes de la Facultad de Ciencias Sociales. Me reencontré con don Jorge Zevallos Quiñones, a quien había saludado años atrás en algún encuentro académico en Lima, y que en Trujillo cubría con eficacia materias de historia y arqueología de la región, actividad que mantuvo con un ritmo envidiable de estudio y publicaciones hasta que falleció.

En un peculiar congreso realizado en La Libertad se intentó el difícil intercambio de ideas y opiniones entre psicoanalistas y curanderos. El evento hizo posible que el conservador Ricardo Morales y yo pudiésemos conversar por varias horas, e iniciar una amistad que continúa, asentada en aquella oportunidad y en el recuento de infancias muy semejantes. Conocer a Ricardo fue, además, el descubrimiento de la disciplina que, al lado de la arqueología, hizo posible el lanzamiento del patrimonio monumental del norte peruano.

Como muchos, ignoraba la enorme importancia de conservar y restaurar los restos arqueológicos, una labor que requiere dedicación y conocimientos artesanales y tecnológicos de mucha precisión. Ricardo se convirtió en 1991 en el codirector del Proyecto Huaca de la Luna, y junto a Santiago Uceda llevaron a la fama las ruinas que languidecían a pocos kilómetros de Trujillo.

Con el transcurrir de los años, el proyecto pasó de la excavación de un sitio arqueológico a trabajar un complejo monumental que abarcaba dos centros de desarrollo cultural (las huacas del Sol y de la Luna) y el extenso espacio intermedio. Para esa tarea se consiguió apoyo internacional y de empresas peruanas que reconocieron la eficacia de los dos directores en sus respectivas especialidades.

En esta labor, entre otras acciones, Santiago había recurrido a sus relaciones con Francia, donde Nadia y él estudiaron y se conocieron. Pero el prestigio de sus ponencias ante los colegas de diferentes centros de investigación y universidades lo convirtió en la mejor carta de presentación de las Ciencias Sociales en su especialidad.

Esto nos lleva a sus bien cuidadas y numerosas publicaciones, que siempre puso a disposición de sus colegas y que ocupan un lugar privilegiado en mi biblioteca. Más de una vez nos cruzamos en Sevilla y en alguna otra parte del mundo académico internacional. Sus presentaciones, con una exposición siempre directa y organizada, eran complementadas con ilustraciones que mostraban el avance de la investigación en Trujillo, o bien daban cuenta de la certeza de sus juicios y comentarios sobre la arqueología de la región andina.

No es posible dejar de reconocer el avance de la arqueología en la costa norte del Perú. Han sido formidables los hallazgos y el debate teórico de los últimos 30 años, superando con esfuerzo y contactos académicos a otros espacios, cuya riqueza arqueológica necesita ser estudiada y exhibida, antes de que el turismo descontrolado y el permanente saqueo de delincuentes profesionales la destruya.

Mi abuela ancashina decía “los buenos siempre mueren primero”, aludiendo, probablemente, a los niños de corta edad que en hogares sin recursos son los primeros en desaparecer. Pero la terrible frase se puede aplicar a los intelectuales como Santiago, que habiendo alcanzado la madurez necesaria para crear escuela y enseñar con sabiduría, se nos fue sin que podamos imaginar un reemplazo equivalente en su necesitada especialidad.

Quizá entre los estudiantes que formó exista alguien que decida seguir los pasos del maestro que acaba de fallecer. Pero necesitará de una paciencia infinita para lidiar con fundaciones y empresas no siempre dispuestas a dar apoyo. También tendrá que aprender a soportar a la administración pública para conseguir ayudas y los permisos correspondientes. Y deberá aplicarse para iniciar y mantener relaciones con universidades y centros de investigación del exterior. Todo ello se sumará a sus cotidianas clases y tareas administrativas, que son parte de su vida universitaria.

No pretendo espantar a la nueva generación de arqueólogos, o en general a los estudiantes de Ciencias Sociales. Ninguno de los inconvenientes señalados es exagerado, porque los vivimos cada día. Santiago hizo eso y mucho más, por lo que hoy día se hace más dolorosa su pérdida.




Las sacerdotisas de San José de Moro

Tumba de élite de la Octava Sacerdotisa de San José de Moro

Desde 1991 el Proyecto Arqueológico San José de Moro ha venido investigando el desarrollo, colapso y reconstitución de las sociedades complejas en la parte norte del valle de Jequetepeque (Figuras 1, 2 y 3); es decir, la larga y detallada sucesión de procesos culturales por los que atravesó el sitio y la región a lo largo de las sucesivas ocupaciones Mochica, Transicional, Lambayeque y Chimú (Figura 4). En los dieciséis años de trabajo del proyecto, las investigaciones han enfatizado las excavaciones estratigráficas conducidas en San José de Moro, a través de las cuales se han estudiado múltiples aspectos de su historia ocupacional, en particular las prácticas rituales y funerarias. A partir del año 2000 se ampliaron las investigaciones a otros sitios arqueológicos en la región, principalmente aquellos que fueron contemporáneos con las ocupaciones registradas en San José de Moro y que tuvieron funciones análogas o complementarias. Este esfuerzo, sumado a los de otros investigadores, ha permitido examinar aspectos insospechados de las sociedades precolombinas que se desarrollaron en el valle de Jequetepeque y estudiar los complejos procesos culturales que configuraron la región.

Figura 1. Mapa de la Costa Norte del Perú con la ubicación de los principales sitios arqueológicos Mochicas, en la región Mochica Sur y en las tres áreas de desarrollo de la región Mochica Norte.

San José de Moro (SJM), ciertamente, es un sitio arqueológico singular tanto por la riqueza de los artefactos y contextos que encontramos allí, como por su disposición estratigráfica. En él abunda evidencia de su importancia como centro ceremonial regional al que acudían personas de todo el valle de Jequetepeque para celebrar rituales muy elaborados, particularmente entierros de miembros de la élite y rituales de culto a los ancestros (Castillo 2000a, 2004). Relacionados con la evidencia funeraria, hemos encontrado artefactos y contextos que indican que existió una producción masiva de chicha y de alimentos que habrían servido para darle sustento a las poblaciones que asistían y participaban en los rituales. Coincidiendo con el colapso Mochica en Jequetepeque (aproximadamente en el año 850 d.C.) se multiplican las evidencias de que SJM fue parte de una red de interacción e intercambio que cubría prácticamente todos los andes centrales, lo que ex-plica la alta frecuencia, en las tumbas y otros contextos ceremoniales, de artefactos provenientes de Cajamarca, Chachapoyas, Ayacucho y la Costa Central y Sur. Los ritos que se celebraban, que incluía una versión de la «Ceremonia del Sacrificio» (Donnan 1975), seguramente fueron escenificados alrededor de la Huaca La Capilla, la estructura más grande del sitio, que data de la ocupación Mochica (Figura 3). El presupuesto carácter regional de los rituales que se celebraban en SJM nos llevó, a partir del año 2000, a una ampliación de la escala y ámbito de investigación, no sólo con excavaciones de gran dimensión en el sitio (Figura 3), sino con investigaciones de sitios contemporáneos en el resto del valle y de otros correspondientes con el periodo Mochica Tardío (Figura 2).

San José de Moro es una extensa colina de aproximadamente 150 hectáreas de extensión formada entre dos brazos del río Chamán, 5 km al norte de la ciudad de Chepén, en el departamento de La Libertad (Figuras 2 y 3). Su superficie se eleva aproximadamente siete metros sobre los terrenos de cultivo que la circundan y, sobre ella, se encuentran numerosos montículos de diferente configuración que fueron producidos por actividades domésticas, durante las ocupaciones Chimú y Lambayeque, y ceremoniales, durante las ocupaciones Mochica y Transicional (Figuras 3 y 4). Tanto los montículos como las áreas que los rodean presentan una densa estratigrafía que en algunos casos alcanza los ocho metros de capas superpuestas correspondientes a casi 1000 años de ocupación continua.

Figura 2. Mapa del Valle de Jequetepeque con la ubicación de los principales sitios ocupados durante los Periodos Mochica, Transicional, Lambayeque y Chimú

El valle medio y bajo del Jequetepeque es una de las regiones más estudiadas del Perú, tanto en su arqueología, como en su historia y geografía. Durante el período virreinal se estableció allí una serie de poblados sobre las bases de antiguos asentamientos prehispánicos. San Pedro, Pacasmayo, Jequetepeque, Guadalupe y Chepén son mencionados en censos y visitas coloniales, así como por los primeros exploradores y viajeros. Más aún, poblados más pequeños como Pueblo Nuevo, Pacanga y Chérrepe también figuran en los documentos (Cock 1986; Martínez de Compañón [1782] 1978; Ramírez 2002; Figura 2). De esta época destaca el trabajo del padre agustino Antonio de la Calancha, quien vivió en el monasterio de Guadalupe y reportó una serie de aspectos importantes acerca de la naturaleza, historia y tradiciones del valle (Calancha [1638] 1974).

Las investigaciones arqueológicas en el valle de Jequetepeque se iniciaron en la década de los años treinta, con los trabajos de Heinrich Ubbelohde-Doering (1983) y sus discípulos Hans Disselhoff (1958) y Wolfgang y Gisella Hecker (1990). En 1965 Paul Kosok incluyó vistas aéreas de los sitios arqueológicos más importantes del valle de Jequetepeque en su estudio sobre la vida, la tierra y el agua en elPerú. Don Óscar Lostanau y don Óscar Rodríguez Razetto, el primero por sus observaciones y trabajos de preservación, el segundo por su colección y ambos por el apoyo a los investigadores, contribuyeron al desarrollo de la arqueología jequetepecana. En la década del setenta, a raíz de la construcción de la represa Gallito Ciego, Rogger Ravines (1982) hizo un catastro de los sitios arqueológicos que iban a ser afectados y se realizaron excavaciones en algunos de ellos, como Monte Grande (Tellenbach 1986). En la misma época, David Chodoff condujo las primeras excavaciones estratigráficas en área en SJM (Chodoff 1979). Una aproximación complementaria, en la que se evaluó la relación entre los recursos y los sitios arqueológicos, fue el estudio de los sistemas de irrigación precolombinos hecho por Herbert Eling (1987), quien situó el origen de los sistemas complejos de irrigación en época Mochica, anticipando la complejidad organizativa del valle. Varios estudios de los patrones de asentamiento se han llevado a cabo, entre los que destacan el de los esposos Hecker (1990) y el que Tom Dillehay y Alan Kolata (Dillehay 2001) han realizado últimamente para todo el valle. Los trabajos de Christopher Donnan han sido los más extensos y sostenidos en el valle, con excavaciones en Pacatnamú, La Mina, San José de Moro, Dos Cabezas y Mazanca (Donnan y Cock 1986, 1997; Narváez 1994; Donnan y Castillo 1992; Donnan 2001, 2006). En los últimos años, las investigaciones se han incrementado. Merecen destacarse los trabajos de Carlos Elera en Puémape (1998), Carol Mackey en el Algarrobal de Moro (1997) y Farfán (2005), William Sapp en Cabur (2002), Edward Swenson en San Ildefonso y otros sitios (2004), Marco Rosas en Cerro Chepén (2005), Ilana Johnson en Portachuelo de Charcape (Johnson, en prensa), Scott Kremkau en Talambo, entre otros (Figura 2).

Figura 3. Plano de San José de Moro con indicación de los montículos y las áreas excavadas entre 1991 y 2007.

En el contexto de estas investigaciones, el Proyecto Arqueológico San José de Moro se ha distinguido por ser un esfuerzo sostenido, abocado al estudio de uno de los pocos sitios que combinan las funciones de cementerio y de centro ceremonial y que aún preservan amplios sectores intactos. Las excavaciones en esta área han producido, hasta la fecha, datos novedosos respecto a las prácticas rituales y funerarias de las sociedades Mochica, Transicional y Lambayeque. La estratigrafía del sitio es singular no sólo por su densidad, sino porque contiene artefactos que permiten construir una secuencia cronológica compleja y detallada de más de mil años. Asimismo, desde el PASJM se han propiciado investigaciones en otros sitios del valle, incluyendo excavaciones en Portachuelo de Charcape (Johnson, en prensa; Mauricio 2006), prospecciones intensivas en la parte norte del valle de Jequetepeque (Ruiz 2004) y exploraciones para ubicar fuentes de arcillas y calcitas (Rohfritsch 2006).

La investigación arqueológica del valle de Jequetepeque ha abordado todos los periodos de ocupación y problemas tan diversos como las prácticas funerarias de individuos de diferente rango social (Castillo y Donnan 1994a; Donley 2004), los patrones de asentamiento (Dillehay 2001), la arquitectura monumental (Donnan 2001), el desarrollo de la tecnología cerámica (Rohfritsch 2006) o la identidad de los metalurgistas (Fraresso 2007, en prensa). A diferencia de lo que ha ocurrido en otros valles de la costa norte del Perú, en Jequetepeque las investigaciones arqueológicas han sido realizadas por varios grupos de investigación y, por lo tanto, desde diversas aproximaciones, metodologías y perspectivas.

Figura 4. Secuencia cronológica del Valle de Jequetepeque con ejemplares cerámicos representativos de los periodos y fases de la secuencia ocupacional de San José de Moro.

En los años que han trascurrido desde que se iniciaron las investigaciones en San José de Moro muchas cosas han cambiado en el entorno social en el que se realiza el proyecto, en el contexto de otras investigaciones sobre la cultura Mochica y en nuestros propios intereses de investigación. La arqueología de la costa norte del Perú ha tenido, a partir del hallazgo y excavación de las tumbas de Sipán en 1987, un desarrollo sorprendente. Decenas de excavaciones de diferente magnitud, duración y énfasis se han multiplicado en toda la región (Figura 1). Se han estudiado, por ejemplo, los patrones de ocupación a través de prospecciones intensivas prácticamente en todos los valles de la costa norte; se ha triplicado el número de contextos funerarios registrados arqueológicamente; se han documentado miles de metros cuadrados de estructuras y espacios habitacionales; y se han expuesto más pinturas murales y relieves polícromos que todos los que existían antes del inicio de este desarrollo. Como consecuencia de esto, las publicaciones de artículos, libros y tesis han aumentado en número y calidad. Nuestro conocimiento acerca de las sociedades antiguas de la costa norte se ha multiplicado hasta tal punto que podemos abordar con cierta seguridad temas como las evoluciones regionales de los estados Mochicas o el papel de su ideología en la construcción de estrategias de poder, las formaciones políticas y las estrategias de control y legitimación. Si bien una gran mayoría de estos trabajos se ha centrado en el estudio de esta sociedad y el mayor énfasis ha sido dado a lo espectacular y monumental, es decir, a los grandes templos decorados con pinturas murales (Uceda 2001; Franco et al. 2003) y a las ricas tumbas de élite (Alva 2004; Donnan 2001; Donnan y Castillo 1992; Narváez 1994; Tello et al. 2003; Williams 2006), también se han multiplicado los estudios de comunidades rurales (Billman 1996; Billman et al. 1999; Gummerman y Briceño 2003), de la dieta (Gumerman 1991), de la tecnología y producción (Uceda y Armas 1997; Fraresso, en prensa; Carcedo 1998; Rengifo y Rojas, en prensa; Uceda y Rengifo 2006; Rohfritsch 2006), de los contextos domésticos (Uceda, en prensa), de la cerámica utilitaria (Gamarra y Gayoso, en prensa) y de la demografía (Chapdelaine 2003).

Muchas de las preguntas y objetivos que Christopher Donnan y Luis Jaime Castillo se plantearon hace 16 años, al iniciarse el Proyecto Arqueológico San José de Moro (PASJM), como, por ejemplo, el contexto de la cerámica de línea fina o las modalidades funerarias de bota y cámara en el Periodo Mochica Tardío, se absolvieron y resolvieron a medida que progresó la investigación (Castillo y Donnan 1994a) o fueron abordados y desarrollados cabalmente por otros proyectos, por ejemplo, a través de los trabajos de Swenson (2004) y Rosas (2005). Pero casi inevitablemente las respuestas a las preguntas y las soluciones a los problemas generaron nuevas preguntas y nuevos problemas. Hay que señalar, finalmente, que este proyecto no se ha realizado al margen de otros programas de investigación abocados en la comprensión de la evolución de las sociedades de la costa norte del Perú. En común con muchos de estos esfuerzos está el interés por contribuir a la construcción de la identidad regional y nacional y con el desarrollo sostenible de las comunidades con las que trabajamos. Esta comunidad de intereses científicos es particularmente más intensa con el Proyecto Arqueológico Huaca de la Luna, con el que hemos compartido experiencias, intereses, recursos y alumnos. Formar a los estudiantes peruanos y extranjeros en un ambiente internacional de cooperación, así como a los jóvenes investigadores, ha sido parte de la razón de ser de este proyecto desde que se inició y continuará siendo uno de sus principales fines.

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Fuente: Proyecto Arqueológico San José de Moro
Extracto del artículo: “Ideología y Poder en la Consolidación, Colapso y Reconstitución del Estado Mochica del Jequetepeque El Proyecto Arqueológico San José de Moro (1991 – 2006)”
Autores: Luis Jaime Castillo B., Julio Rucabado Y.1, Martín del Carpio P., Katiusha Bernuy Q., Karim Ruiz R.2, Carlos Rengifo Ch., Gabriel Prieto B. y Carole Fraresso3
Publicado en: Ñawpa Pacha 29. Berkeley, Institute of Andean Studies, 2009.




De Moche a Lambayeque: ¿Cómo entender el Cambio?

De Moche a Lambayeque: ¿Cómo entender el Cambio?
Autor: Krzysztof Makowski.
Pontificia Universidad Católica del Perú.
kmakows@pucp.edu.pe

 

INTRODUCCIÓN: EL DEBATE SOBRE EL OCASO DE MOCHE Y EL FENÓMENO HUARI.

 

La obra de Rafael Larco Hoyle (1948) y en particular su método de definir el tiempo relativo – concebido, es menester recordarlo, en la época previa a la introducción de fechas C14 – han ejercido una poderosa influencia en los investigadores de la Costa Norte del Perú. El método se fundamenta en el paradigma de que todo cambio en la cultura material es gradual y se desprende de la interacción entre los estilos locales y foráneos. Los tipos y subtipos formales de botellas y de adobes, diagnósticos para un estilo, fueron inventados en los arboles de cada “cultura” en particular, se popularizaron, y luego quedaron paulatinamente remplazados por otros, en el marco del periodo de transición. Para Larco Hoyle, un estilo es la expresión material de la idiosincrasia de un grupo étnico. Por lo tanto, los artefactos de un estilo en particular, saturaban en su opinión de manera uniforme el espacio dominado consecutivamente por “los Moche”, y luego por “los Lambayeque” y por “los Chimúes”. Tanto Shimada (1985 y 1995 inter alia) como Donnan (2011; Donnan y Cock, 1986 inter alia) y Castillo (2003, 2009 y 2010) han usado los principios y paradigmas que acabamos de mencionar para definir respectivamente a las fases “Sicán” en el valle de la Leche, la fase “Chimú Temprano”, o subdividir el “Periodo Transicional” en la cuenca de Jequetepeque.

No obstante, los paradigmas de Larco (1948 inter alia) no resisten bien la crítica cuando se los confronta con las evidencias provenientes de las excavaciones sistemáticas recientes. En primera instancia, quedó en buena parte desvirtuada la relación directa entre el estilo de la cerámica decorada y la identidad étnica determinada. Los investigadores registran una diversidad de estilos co-existentes cuyo número se incrementa de manera vertiginosa a fines del Periodo Intermedio Temprano y durante el Horizonte Medio. La discusión sobre la relación entre los estilos Virú (Gallinazo) y Mochica (Moche) durante el Periodo Intermedio Temprano ilustra particularmente bien la crítica constructiva de los paradigmas de Larco (Millaire y Morlion, 2009). Se ha demostrado que ambos estilos suelen ser coexistentes, el primero define a las formas esencialmente utilitarias para la cocción y almacenaje, el segundo caracteriza a las vasijas de uso ritual, producidas por alfareros altamente especializados, al servicio del sistema del poder (Makowski, 2009, 2010a y 2010c). El estilo Sicán, tal como lo define Shimada (1985, 1995, 2009, 2014), cuenta entre los estilos de vajilla ceremonial, sofisticada en cuanto a la tecnología y acabado que remplazan al estilo Moche entre aprox. 800 y 1100 d.C. (Castillo et al., 2008; Castillo, 2009; Rucabado, 2008 a). La cerámica utilitaria la que también cambia de manera perceptible, tiene su propia historia. Las formas típicas para el periodo Moche sobreviven en el Periodo Transicional (Rosas, 2007). Por otro lado, se está reevaluando con argumentos válidos el modelo centralizado y burocrático de organización de la producción alfarera. Hasta el presente, los investigadores asumían que el estado siempre promovía y controlaba la producción de cerámica decorada y de otros objetos supuestamente suntuarios, y por ende eran los administradores o los señores locales quiénes imponían la manera de hacer los artefactos, las formas de recipientes y la iconografía. Recientemente se están acumulando las pruebas que la cerámica fue producida por grupos corporativos independientes, incluso en los tiempos del Imperio Inca (Tschauner 2001 y 2009; para la Costa Central cfr. Makowski et al., 2011).

Si bien el ocaso de la cultura Moche es un proceso relativamente largo, los cambios en el conjunto de la cultura material del área de Lambayeque se presentan de manera violenta y simultánea. Tanto en la secuencia de San José de Moro (valle Loco Chamán-Jequetepeque) como en la de Batán Grande (valle La Leche), luego del breve episodio marcado por la brusca aparición de vasijas en estilos sureños, se multiplican cambios que atañen múltiples aspectos de la religión, de la imagen del poder, de comportamientos funerarios, de la tecnología y también de la estética. Las transformaciones son tan variadas e intensas que de hecho se puede hablar de una de las más intensas rupturas en la continuidad cultural jamás registrada por arqueólogos en la Costa Norte.

Buena parte de los aspectos novedosos registrados en la cultura material concierne a la manera como las elites de poder han querido presentarse a sí mismas frente a la sociedad, de vida y después de la muerte, empezando por la residencia y los espacios arquitectónicos donde se manifestaba su poder y terminando en los atuendos. Las construcciones que pueden interpretarse como palacios (Pillsbury, 2004) y que después de la muerte del soberano se convertían en los mausoleos de linaje (Shimada, 1995 y 1996; Shimada et al., 2004; Elera, 2008;cfr. también Wester La Torre 2016, Wester La Torre et al . 2014, y este volumen) carecen de antecedentes estudiados Moche, salvo que se considere que la Huaca de la Luna haya tenido funciones palaciegas (Chapdelaine, 2006; Uceda, 2008). Los palacios-mausoleos Lambayeque tienen la forma de pirámides o plataformas escalonadas con el sistema de rampas de acceso a la cima que se encuentra ubicado en la parte media de la fachada. En la cima se encuentran amplias salas con techos sostenidos por varias columnas, y recintos rectangulares con típicos techos a doble agua. Las dos extremidades del techo se levantan gradualmente a medida que se acercan hacia los hastíales y están adornadas con una forma que se asemeja a la parte superior de las orejas del personaje del “huaco rey”. Cabe subrayar que este tipo de techo está representado sobre la cabeza del personaje, como si fuese su tocado, en algunas botellas escultóricas. Los entierros de cámara de elite no se situaban, como en el caso Moche al interior de volúmenes arquitectónicos sino al fondo de profundos pozos ubicados a lados de la rampa, al pie del edificio. En los rellenos se han registrado, en cambio, los entierros de fosa y cámara correspondientes a elites intermedias (Elera, este volumen). Las imponentes pirámides se construían consecutivamente una tras otra marcando el paisaje con estos imponentes símbolos del origen divino del poder. A juzgar por los resultados de excavaciones en Chotuna-Chornancap (Donnan, 2011; Wester La Torre, este volumen) y Batán Grande (Shimada, 1995) no hubo áreas residenciales, similares a la zona urbana de Huaca de la Luna (Chapdelaine, 2006; Uceda, 2008) en la proximidad. En cambio sí se registran recintos amurallados con residencias y talleres y artesanos (Donnan, 2011). Hay también áreas ceremoniales cercadas con pórticos con banquetas y tronos en la proximidad de las pirámides (Wester La Torre, este volumen). Un tipo de arquitectura residencial, directamente relacionada con la imagen del mítico fundador de la dinastía guarda ciertas similitudes con la arquitectura Huari. Se trata de un edificio de planta rectangular, dos o más pisos, entrada en la pared larga, ventanas ornamentales, almenas sobre el techo de forma típica para Lambayeque (Fig.1) . A juzgar por el arco de los cielos que se extiende sobre el palacio y soporta otra estructura en forma de audiencia, así como por la presencia de dos “nadadores” que suelen acompañar a la “deidad Sicán”, la vasija escultórica representa a los dos palacios del mítico Naylamp, el terrenal y el celestial.

Fig. 1- Botella de asa puente escultorica, ACE 914 Museo del Banco Central de Reserva, Lima (fotografía de Juan Pablo Murrugarra, cortesía del Museo del Banco Central de Reserva)

Junto con estas formas de residencias palaciegas aparecen repentinamente en el registro nuevos símbolos del poder, la mayoría de ellos de origen exótico. Cambian todos los componentes principales del atuendo de gobernantes (Shimada y Montenegro, 1993; Shimada, 1995 y 1996; Rucabado, 2008; Elera, 2008; Wester La Torre, este volumen). Los cascos y tocados gurativos Moche quedan remplazados por las gorras de cuatro puntas (Fig. 2) . La copa Moche está sustituida por un aquilla o un quero (Fig. 3). Tanto la gorra como el quero tienen su origen en el área cultural en la que posteriormente se gestará la cultura Tiahuanaco y llegan a Lambayeque como parte del fenómeno Huari. También el cuchillo ceremonial – tumi adopta la forma sureña (Fig. 4), diferente del implemento de sacrificio Moche. Finalmente el cambio más notorio concierne a la iconografía religiosa. La gran variedad de escenas de carácter y estructura narrativa Moche (Hocquenghem, 1987; Makowski, 2002 y 2010a; Makowski et al., 1996; Golte, 2009) fue remplazada por la repetición de un solo motivo altamente convencional. La imagen a la que nos referimos representa a un personaje humano vestido de un unku, de frente y de cuerpo entero, o sólo su cara, la que posee siempre dos rasgos distintivos, los ojos “en coma”, de felino o búho, y las orejas puntiagudos o cuadradas. En algunas variantes se trata de una deidad con pico y alas de ave, en otras es un ser humano enmascarado (Carcedo, este volumen). Este motivo emblemático para el estilo “Sicán” y la cultura Lambayeque, aparece en las botellas de uno sólo pico o de doble pico asa-puente, en los famosos cuchillos ceremoniales (Fig. 4), en las pinturas murales como las de Ucupe (Alva y Alva 1983), en las andas decoradas (Fig. 5), en los vasos y en las máscaras de oro, recubiertas con cinabrio (Fig. 6). El motivo adorna también a los vestidos y las orejeras (Fig. 7 y 8). En este contexto no cabe duda la intención política. Los fundadores de la nueva dinastía quisieron de manera consciente romper con las tradiciones ancestrales y presentarse a los súbditos como representantes de un gran poder de origen foráneo. No es casual, sin duda, que los principales símbolos de la “realeza sagrada” – el tocado y los implementos de sacrificio – imitan a los símbolos “imperiales” Huari. No obstante en la construcción de la imaginería del “señor y dios de Lambayeque”, probablemente Naylamp, se ha usado tanto las convenciones Huari como ciertos diseños figurativos Moche. El personaje adopta rasgos de las deidades masculinas del mar y de la noche, Guerrero del Búho y Mellizo Marino (Makowski et al., 1996; Makowski, 2005; Rucabado, 2008). Estos dioses rectores de la fertilidad de las tierras y de la abundancia de la pesca suelen lucir vestidos y tocados foráneos, en particular los atuendos de los pueblos de la Sierra, también en la tradicional iconografía Moche. Es menester recalcar que el dios supremo Lambayeque es una deidad del cielo, que se desplaza en litera pero no se identifica directamente ni con el Sol ni con la Luna, a juzgar por la famosa representación pintada proveniente de una de las cámaras funerarias reales (Shimada, 1995, Fig. 119; Elera, 2008, Fig. 5).

Fig. 2 – Botella de doble cuerpo con personaje con ojos alados y gorra de cuatro puntas. Museo Oro del Perú – Armas del Mundo, Fundación Miguel Mujica Gallo, Lima (fotografía de Daniel Giannoni, cortesía de la Fundación Miguel Mujica Gallo)

Las transformaciones y rupturas en la tradición no se circunscribieron al estrecho círculo de la cultura de élites en la cima de poder. Se impuso un estilo de vida, una organización social, y una visión del más allá, distinta de la que imperaba durante varios siglos (Johnson y Zori, 2011). Hay muchos indicios que grupos étnicos foráneos, procedentes de Cajamarca (Rosas 2007, 2010), dela Costa Centro-Norte y quizás también de otros confines del sistema-mundo Huari (Makowski, 2010b; Makowski et al. , 2011; Makowski y Giersz 2016) han conseguido el derecho de asentarse en las fértiles tierras de Lambayeque y hacer uso de sus habilidades e incluso conquistar el poder. Algunos linajes de los advenedizos han logrado someter a la región remplazando a los señores Moche.

Queda por definir en cuánto y cómo estos cambios se relacionan con la expansión del hipotético imperio Huari. Desde el punto de vista del autor una rápida conquista y el control de los territorios por medio de estrategias hegemónicas durante un tiempo breve (Jennings, 2006; Makowski, 2004 y 2010b; Makowski y Giersz 2016) dejan huellas diferentes que un dominio prolongado y de carácter territorial que habitualmente se atribuía al imperio ayacuchano. Los cambios dramáticos que acabamos de describir corresponden bastante bien con el escenario de una rápida expansión imperial que no ha logrado consolidar sus conquistas pero ha dejado una huella imborrable: un nuevo panorama social y político. He aquí algunos de los indicios de la presencia foránea en Lambayeque desde los inicios del Periodo Transicional (Lambayeque Temprano o Sicán Temprano). Existe un consenso entre los investigadores acerca de que entre el siglo VIII y IX d.C. se había iniciado un continuum de transformaciones que afectaron a todos los aspectos de la cultura: el repertorio formal de vasijas utilitarias y ceremoniales de uso común (Moche tardío: Castillo et al.,2008; Rosas, 2007) cambió de manera sustancial, y también varias tecnologías complejas, como la alfarera (Cleland y Shimada, 1992, 1994 y 1998), la metalúrgica (Merkel et al ., 1994; Shimada, 1996; Shimada et al ., 2007), y la textil. Aparecieron nuevas formas de arquitectura residencial (Rosas, 2007) y de arquitectura pública (Swenson, 2004 y 2008; Dillehay et al., 2009), reproducida a menudo en forma de maquetas (Castillo et al., 2011). La adopción de nuevas tecnologías se relaciona directamente con la notable pericia en la imitación de formas y estilos foráneos. En la metalurgia cabe destacar la producción de bronce arsenical, antes desconocida (Merkel et al ., 1994; Shimada, 1996, Carcedo, este volumen). En cuanto a la cerámica, la lista de estilos foráneos es larga: Piura, Cajamarca, Nievería, Teatino, Chakipampa, Ocros, Viñaque, Casma impreso de molde. Los hechos indican que artesanos foráneos se han hecho presentes en Lambayeque junto con las elites deseosas de mostrar tanto su origen en las tierras lejanas, real o imaginario, como poner en evidencia la amplitud de redes de sus contactos políticos.

Fig. 3 – Quero -The Metropolitan Museum of Art, Jan Mitchell and Sons Collection, regalo de Jan Mitchell, 1991 (fotografía cortesía del Metropolitan Museum of Art)

Fig. 4 – Tumi – The Metropolitan Museum of Art, Jan Mitchell and Sons Collection,regalo de Jan Mitchell, 1991 (fotografía de Justin Kerr, cortesía del Metropolitan Museum of Art)

Fig. 5 – Parte trasera de una anda. Museo Oro del Perú – Armas del Mundo, Fundacion Miguel Mujica Gallo, Lima (fotografía de Daniel Giannoni, cortesía de la Fundación Miguel Mujica Gallo)

Los resultados de estudios recientes sobre los comportamientos funerarios Moche Final y Lambayeque (aprox. 800-1100 d.C.) sugieren que durante un buen tiempo se sepultaron lado a lado individuos y poblaciones que seguían ritos diferentes. Algunos mantenían vigentes varios principios del ritual ancestral mochica, otros, en cambio, optaron por introducir costumbres difundidas en la Sierra, pero desconocidas en la Costa Norte. Es probable que el ritual tradicional Moche se mantuviera vigente por más tiempo en poblaciones de menor estatus. Gradualmente, los entierros individuales de cúbito dorsal, en envoltorios y sarcófagos, típicamente Moche, quedaron remplazados por entierros múltiples, primarios en posición sentada, y segundarios (Shimada et al., 2004; Rucabado, 2008, Bernuy, 2008). Esta transformación no fue de matices. Se desprende de ella una imagen ideal que diere de la cosmovisión Moche. Los rituales funerarios Lambayeque ponían énfasis en armar los lazos entre los miembros de familias extensas y linajes. Asimismo, los grupos e individuos manifestaban por medio de las imágenes presentes en los ajuares funerarios algún nexo, algún parentesco consanguíneo o ritual con el linaje gobernante. Lo sugiere la recurrencia de la imagen del dios-señor Lambayeque en los entierros correspondientes a tres de los cuatro niveles socio-económicos que establece Shimada (Shimada et al., 2004). Son asimismo los entierros que contienen ofrendas de metal, incluyendo el bronce arsenical.

Fig. 6 – Máscara de oro recubierta con cinabrio. The Metropolitan Museum of Art, regalo y legado de Alice K. Bache
(fotografía cortesía del Metropolitan Museum of Art)

ESTRATEGIAS DE PODER MOCHE Y LAMBAYEQUE: UNACOMPARACIÓN

La magnitud de cambios que marca el fin del Periodo Moche y el inicio del Periodo Lambayeque, no encuentra en la opinión del autor explicaciones plausibles en coyunturas internas, sea en el ajuste de la ideología del poder o en los nuevos gustos cosmopolitas de elites emergentes. Las evidencias que acabamos de describir en el acápite anterior sugieren que grupos advenedizos han logrado conquistar y mantener el control político de Lambayeque a fines del Periodo Moche. Es probable que las relaciones políticas entre los señoríos proto-muchik y proto-quingnam hablantes, ubicados respectivamente al Norte y al Sur de las Pampas de Paiján, no hayan sido buenas y esta animadversión facilitó la conquista desde la Sierra, quizás por los corredores de Jequetepeque y Olmos. En todo caso, los nuevos gobernantes adoptaron estrategias políticas distintas en comparación con las que fueron desarrolladas por las elites Moche. Las diferencias son notorias. A juzgar por la iconografía y la arquitectura pública el sistema político Moche fue inclusivo y respetuoso de la diversidad. Los guerreros y los sacerdotes ostentan orgullosos sus orígenes diferentes que se expresan en tocados, vestidos y decoración corporal, a veces también en el tipo de armas, cuando están representados en la decoración mural, en la cerámica ceremonial o en los adornos de metal y textiles (Makowski, 2005; Makowski y Rucabado, 2000). En lugar de poner énfasis en la imagen y en las hazañas del gobernante supremo, el arte figurativo Moche Tardío hace un despliegue de recursos y convenciones narrativas para difundir y perennizar el contenido de los rituales supracomunitarios y de los mitos que ofrecían el sustento a los comportamientos ceremoniales. La imagen del gobernante humano o deificado brilla por su ausencia (Woloszyn, 2008). La remplazan representaciones de grupos corporativos. Las secuencias narrativas de mayor complejidad provienen significativamente del nal de la historia de la cultura Moche, de San José de Moro (Makowski, 2002; Mc Clelland et al., 2007; Castillo, 2009). Pareciera que la sociedad acechada por sus vecinos se esforzaba por materializar y difundir de manera cada vez más amplia los contenidos de sus costumbres y de sus mitos. Similar inversión de tiempo social y de la pericia técnica se observa en el arquitectura del Periodo Moche Tardío, claramente destinada a rituales multitudinarios que se realizaban tanto en los centros político-religiosos como Pampa Grande (Shimada, 1994) como en recintos de uso comunitario dispersos en el paisaje (Swenson, 2006).

Casi inmediatamente después de la conquista y de la toma de poder, los nuevos gobernantes impusieron su marca en el paisaje construyendo pirámides escalonadas con rampa. A diferencia de los templos Moche que tuvieron formas similares, estos edicios no fueron levantados laboriosamente durante varios siglos para honrar a las deidades tutelares de la comunidad, sino construidos de manera rápida y eciente, como prueba de origen divino de una sola familia reinante (Shimada, 1995; Elera, 2008; Shimada 2014). La pompa fúnebre de los miembros de la familia real ponía en evidencia el parentesco directo entre los descendientes de Naylamp y la deidad ordenadora o animadora del mundo. El mensaje de la unidad en diversidad ha desaparecido de la iconografía. El frondoso repertorio de seres sobrenaturales y seres humanos luchando, muriendo en sacricio, corriendo, jugando o cazando grandes mamíferos del mar y tierra (Hocquenghem, 1987; Makowski et al., 1996; Makowski, 2005) quedó remplazado por un icono emblemático y sus acólitos antropo- o zoo-morfos (Carcedo, este volumen). Como se ha mencionado anteriormente, esta imagen evocaba según toda probabilidad al fundador de la dinastía y a su deidad tutelar. Solo en casos excepcionales (Narvaez 2014) una variedad de personajes míticos, incluyendo un femenino, asoma debajo de la máscara. Esta variedad no desvirtua lo esencial de mensaje: los lazos de parentesco expresados por medio de atuendo y rasgos corporales que vinculan a todos los ancestros sobrenaturales.

Fig. 7 – Orejera con el motivo emblemático del estilo “Sicán”. Dallas Museum of Art, regalo de Mr. y Mrs. Eugene McDermott (fotografía cortesía del Dallas Museum of Art)

Fig. 8 – Orejeras con el motivo emblemático del estilo “Sicán”. Minneapolis Institute of Arts, The William Hood Dunwoody Fund (fotografía cortesía del Minneapolis Institute of Art)

 

Referencias Citadas:

 

 

Fuente: Academia.edu (https://goo.gl/URfkwi)
De la obra: “De Moche a Lambayeque” en: Antonio Aimi, Krzysztof Makowski y Emilia Perassi (eds.) LAMBAYEQUE. Nuevos Horizontes de la arqueología peruana: 157-175, Ledizioni, Milan 2017




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Deliciosamente Trujillano; Platos típicos de la Gastronomía de la Capital de la Primavera

La ciudad es calurosa, en verano la máxima temperatura suele llegar a los 32 grados; su gente es amigable y atenta con los turistas, ya sean nacionales o extranjeros.

“Salve joven y heroica Trujillo, solariega ciudad colonial que, al tocar tu conciencia la aurora pronunciarás la voz Libertad”, todo trujillano orgulloso se sabe el himno de su ciudad y se presenta ante la sociedad con la coqueta marinera, con su suculenta gastronomía y sus auténticos e históricos paisajes como Chan Chan, la Huaca del Sol y la Luna, así como importantes museos.

Cerca de alcanzar el millón de habitantes en la provincia de Trujillo, la gente no solo se caracteriza por su amabilidad, el trujillano es preciso, directo y no perdona un desplante. En épocas de eventos los turistas visitan la Capital de la Primavera llevándose una grata impresión, además de comprobar el crecimiento económico que ha tenido en los últimos años, la mejora estética de la urbe,  lo que confirma que la belleza de esta ciudad fundada por Diego de Almagro se mantiene vigente.

En el 2012, la ciudad recibió 1’300,000 visitantes según el Director Regional de Comercio Exterior y Turismo, Bernardo Alva Pérez; destacando que los restaurantes y hoteles fueron los establecimientos más beneficiados.

EL NORTE

En el país, se sabe que la mejor comida peruana se cocina en el norte, la creciente demanda de restaurantes en ciudades como Sullana, Piura, Chiclayo, Trujillo, Chimbote lo han demostrado a través de los años.

Cuando visitas por primera vez una ciudad te formulas miles de interrogantes, pero en lo primero que piensas es en complacer a tu paladar. ¿Qué plato será el más rico? ¿Cuánto costará? ¿Cómo se llama el mejor restaurante de comida criolla y marina? ¿Está en la misma ciudad? o ¿Qué tan lejos queda?

A continuación, tus dudas serán resueltas y podrás elegir la opción que mejor te parezca. La comida norteña no solo confirmará que es la mejor del país, te marcará tanto que te creará un vínculo de por vida con ella misma.

GASTRONOMÍA

Tan solo imaginar todos los platos típicos que tiene Trujillo que ya te abre el apetito. El arroz con pato, el cabrito, el ceviche, el shambar; son platos que tal vez ya lo han probado en sus ciudades, pero no es igual que en la mano de los expertos liberteños.

Así, el clásico ceviche a base de filete de pescado, el cual es cortado en trozos pequeños y cocido con limón, que entre sus ingredientes cebolla, ají limo, acompañado de una buena porción de maíz paccho.

EL SHAMBAR

Otro de los platos favoritos es el conocido ‘shambar’, que se vende solamente los días lunes y contiene habas, trigo, variadas menestras, con pellejo de chancho y jamón humado, cebolla china y cancha.

Se dice que este potaje nació en la cocina de los negros esclavos, desde la época de la colonia; quienes después de una ardua labor llegaban a preparar este delicioso plato con menudencia y tripas de res.

El shambar es un plato delicioso que lo han probado de generación en generación, y es bienvenido en todos los hogares, no hay discriminación.

Pero, esto no queda aquí. ¿Quién no ha probado el arroz  con pato en casa? Las madres hacen un gran esfuerzo por seguir correctamente las instrucciones de la receta; sin embargo, reconocen que en los restaurantes cocinan mejor este delicioso plato. Preparado con arroz amarillo o el clásico arroz blanco, es condimentado con un guiso especial y sabroso.

¿Y dónde quedó el cabrito? Este plato está hecho con un guiso de cabrito tierno, macerado en chicha de jora y vinagre, rodeado de frijoles aderezados en ajos y cebollas, listo para ser degustado por los ansiosos paladares.
Recuerda, cada plato tiene su sabor especial, y cada restaurante su especialidad.

EN MOCHE

Hace cuatro años en ‘Mistura’ se premió un plato típico del distrito de Moche, la hoy conocida ‘Sopa Teóloga’, el cual poco a poco ha ido ganando espacio en los restaurantes trujillanos; pero en Moche es infaltable, sobre todo en la celebración de la Semana Santa. Este plato está compuesto de pepián de pava, trozos de pan, garbanzos, ají gavilán, presas de pavo y cabrito.

EL SECRETO CULINARIO

Cuando le preguntas a los dueños de restaurantes en qué radica su secreto para tener tanta gente en sus locales, te dirán en su sabor; sin embargo, hoy todo está en el servicio que le ofreces a los clientes. El producto que les vas a vender tiene que ser de calidad, todo restaurante debe actualizarse y empezar hacer fusiones con otros ingredientes”, agregó Ronald Gutiérrez, administrador de un importante restaurante.

Los locales trujillanos reciben más visitas entre los meses de enero por el Concurso Nacional de Marinera y en el mes de setiembre por el Festival Internacional de la Primavera.

Los potajes que tienen mayor salida son: el ceviche, el pato y el shambar. Un plato personal cuesta entre 14 a 18 soles, en cuanto a comida criolla. En el caso de los platos marinos, la fuente de ceviche cuesta entre 30 a 45 soles.

TOP RESTAURANTES
Los sitios en donde mejor preparan y elaboran la comida liberteña tienen la experiencia de más de diez años en el sector gastronómico, tales como: El Paisa, Mochica, Squalo’s, Mar Picante, consolidados por los mismos trujillanos. Los platos individuales cuestan desde 17 soles y las fuentes están a partir de 45 soles a más.

Se realizan fusiones en la comida, por ejemplo al rico tacu tacu lo acompaña una salsa de mariscos con crema de leche y tocino, que abre el apetito con tan solo observarlo.

Uno de los platos típicos más populares es el denominado ‘Cuatro estaciones’, que contiene ceviche de conchas negras, ceviche de langostinos, ceviche de calamar y ceviche mixto, para el deleite de los caprichosos paladares.

 

Fuente: La República




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El fin de los mochicas: ¿fue culpa del fenómeno El Niño o la política del Estado Mochica?

Los mochicas de la costa norte del Perú parecen haber colapsado no una, sino dos veces. La primera vez, de la que parecen haberse recuperado con cambios significativos en sus formas de organización, ocurrió hacia el 600 d. C., y la segunda, y definitiva, hacia el 850 d. C. Ambas fechas podrían coincidir con eventos climáticos, como fenómenos de El Niño, aunque es difícil establecer una correlación directa por la frecuencia de estos fenómenos. Sin embargo, una de las hipótesis más difundidas, de moda entre los científicos desde la devastación causada por las lluvias de 1983 y 1998, es que las lluvias y los desbordes de los ríos habían sido la causa del colapso mochica. ¿Es esto cierto?

El primer colapso mochica coincidió con el abandono de la Huaca de la Luna, un cambio drástico en los patrones de ocupación del complejo de las huacas de Moche y el inicio de la construcción de la Huaca del Sol. Las excavaciones de Santiago Uceda y Ricardo Morales indican que no solo se trató de una mudanza de la Huaca de la Luna a la Huaca del Sol (y los nombres no son mochicas ni tienen nada que ver con los astros), sino de un debilitamiento de los sistemas políticos y sociales, es decir del Estado Mochica. Los mochicas parecen haberse recuperado de este desastre haciendo cambios drásticos en sus formas de organización y gestión económica, una suerte de modernización administrativa, que implicó formas más seculares de liderazgo.

Doscientos cincuenta años después, en el 850 d. C., se produjo el segundo y definitivo colapso de las sociedades mochicas. Para ese entonces coexistían en la costa norte una docena de diferentes entidades políticas mochicas, pequeños estados y reinos, cada uno con su propia organización, pero compartiendo un sistema cultural y religioso. Prueba de su existencia son las tumbas reales que se han encontrado en Sipán, Úcupe, San José de Moro, El Brujo, Huaca de la Luna, etc. Algunos de estos incluso parecen haber sido gobernados por sacerdotisas. Cada estado Mochica experimentó entre el 750 y 850 d. C. un proceso de colapso del que no se pudo recuperar. Si bien los fenómenos de El Niño, u otras calamidades como terremotos o sequías prolongadas, pudieron ser los catalizadores de estos colapsos, en realidad fue la incapacidad de sus sistemas administrativos, de los gestores del Estado, de reaccionar ante estos eventos, lo que los hizo desaparecer.

El colapso mochica no implicó la muerte de las poblaciones, o el abandono de los campos de cultivo. Los esqueletos de las personas que vivieron en estos tiempos no revelan más estrés alimentario que en períodos anteriores o posteriores, y en cualquier caso los efectos de las lluvias son menores en el campo que en la ciudad, así como la recuperación es más rápida. Tampoco desaparecieron sus idiomas ni mucho de sus rasgos culturales. Lo que colapsó fue su sistema de gobierno y las tradiciones que estaban relacionadas con esta clase gobernante, como la religión mochica y muchos de los espacios, templos, centros ceremoniales, cementerios que se habían desarrollado alrededor de estas prácticas.

El colapso mochica, entonces, más que un efecto de desastres naturales, parece haber sido un rechazo de las formas de organización por parte de un pueblo que se sintió defraudado por sus líderes. Los rituales que estos habían creado para legitimar su poder, los artefactos y estilos artísticos asociados a ellos desaparecieron y dieron paso a sociedades diferentes, Lambayeque y Chimú, pero que continuaron con la tradición de las sociedades mochicas.

El colapso de los mochicas, hace 1.200 años, nos debe dejar una serie de moralejas. En primer lugar, hay que aprender de los errores, y no repetirlos, puesto que tenemos solo una oportunidad de equivocarnos y a la segunda va la vencida. En segundo lugar, la naturaleza no es la culpable de que las cosas vayan mal. La naturaleza es lo que es, el problema somos nosotros que no aprendemos a hacerle frente, aunque creemos que la tenemos bajo control. Y, en tercer lugar, las sociedades que colapsan son generalmente las que se acostumbran a hacer una cosa, sin tener capacidad de adaptarse a los cambios.

Creer que la naturaleza va a ser siempre igual, que si no ha llovido en años nunca más lloverá, que las quebradas están dormidas para siempre, que los volcanes nunca despertarán, es posiblemente lo que llevó al final de los mochicas. No culpemos al Niño, sino a nosotros mismos. Los Niños seguirán ocurriendo, pero los mochicas ya no están aquí hace 1.200 años.

Escribe: Luis Jaime Castillo B.
Fuente: El Comercio




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Los moches y el fenómeno El Niño: así castigaba al norte peruano el dios Aiapaec

La ‘Argiope argentata’ presenta en su vientre lo que parece el diseño de un rostro humano. (Foto: Wikimedia Commons)

Caprichoso es el dios Aiapaec, principal deidad de los moches. Castigador, temido y adorado, es llamado también el decapitador. Fue adorado como el dios creador, el proveedor del agua. Y como toda divinidad, lo que nos da, también nos lo quita.

Tenaz y belicoso, entre los siglos I y VIII después de Cristo, el pueblo moche excavó canales en medio del desierto para regar sus cultivos y convertir el suelo árido en un fértil valle. Asimismo, palacios, templos y enormes pirámides de adobe dan cuenta de su magnificencia. Pero hacia finales de año 800, esta sofisticada cultura conoció un final repentino. Provocados por drásticos cambios climáticos, una serie de cataclismos naturales afectó las costas donde su sociedad se había desarrollado y fue horadando las bases de su civilización.

Por entonces, el territorio de los mochicas se había extendido al norte, por el valle del río Jequetepeque, siendo sus principales asentamientos San José de Moro y la huaca Dos Cabezas, y por el valle del río Lambayeque, donde se levantaban Sipán y Pampa Grande. Por el sur, ocuparon el valle del río Moche, donde se localizan la Huaca del Sol y la Huaca de la Luna, y el valle del río Chicama, donde se encuentra el complejo ceremonial de El Brujo.

Norte y sur son zonas de gran aridez. Pero los moches vencieron al desierto a través de la irrigación artificial. Con ladrillos de barro, desviaron el agua de los ríos y crearon un tejido de acueductos, muchos de los cuales están en uso hasta hoy. De esta forma produjeron más de treinta variedades de cultivos, que les permitían contar con grandes excedentes agrícolas. Para el arqueólogo Walter Alva, director del Museo Tumbas Reales de Sipán, y una autoridad en la investigación de la cultura Moche, este espléndido sistema de irrigación también tenía un alto riesgo de colapso. “Un pueblo que vive de la agricultura en el desierto está expuesto a estas dos ambivalencias: las lluvias y la sequía. Dos fenómenos contradictorios que al final pueden terminar con una sociedad”, explica.

El arqueólogo Walter Alva recuerda cómo catastróficas lluvias y sequías arrasaron con los moches y otras civilizaciones del norte peruano. Una reflexión para pensar la futura reconstrucción. (Foto: El Comercio/ Karen Zárate)

Sin embargo, en el siglo VI esta sofisticada sociedad construida en delicado equilibrio ecológico empezó a recibir los embates de El Niño y sus precipitaciones torrenciales. Si bien el fenómeno afectaba al norte con regularidad, lo que sufrieron los antiguos peruanos fue un diluvio prolongado, lluvias que asolaron la región a lo largo de treinta años. Las inundaciones contaminaron canales y manantiales, además de erosionar miles de hectáreas de cultivos.

Curiosamente, no se han encontrado en la iconografía moche representaciones de la destrucción propias de las inundaciones. Las manifestaciones de culto y rituales dedicados al agua tienen más bien un significado propiciatorio. Sin embargo, es la arqueología la que sí ofrece señales de afectación en los templos moches a causa de las lluvias torrenciales. “En el caso de Sipán, hemos encontrado que, alrededor del siglo IV, hubo un fenómeno que erosionó fuertemente el monumento, y después hubo una reconstrucción. Siempre encontramos respuestas inmediatas para tratar de recomponer toda la estructura productiva y la arquitectura monumental de los moches”, señala el arqueólogo.

Estas terriblws inundaciones contaminaron los cursos de agua y los manantiales, y erosionaron miles de hectáreas de terreno cultivable. Disolvieron los palacios y pirámides de barro, el lodo arrasó a los poblados construidos con adobe y caña. A las muertes originadas por las inundaciones le siguieron las fiebres y las epidemias.

Según precisan los estudiosos, al diluvio le siguió un ciclo de sequía a lo largo de otros treinta años. En la segunda mitad del siglo V, las aguas que llegaban de los Andes hasta la costa se redujeron al mínimo. Así, a la hambruna originada por la catástrofe agrícola le siguió la desertización. Pocos años después, retornaron las lluvias torrenciales seguidas de nuevas sequías.

Para los moches, la araña ‘Argiope argentata’ era símbolo de fertilidad y de anuncio de lluvias. Por ello aparece en las joyas del viejo Señor de Sipán. (Foto: Pinterest)

Tan dramáticos contrastes climáticos debilitaron profundamente las bases de la economía de la sociedad moche. “El colapso no solo se basa en el sistema productivo, sino en toda la estructura social. Ya la clase dirigente no tiene la capacidad de controlar ni de exigir a la población excedentes productivos. La costa peruana tiene una extraordinaria fragilidad”, explica el arqueólogo.

Se sabe que a fines del siglo VII, un nuevo fenómeno de El Niño arrasó buena parte de los sistemas de regadío cercanos a Pampa Grande y Galindo, abandonándose estos centros rápidamente. La población empezó a agruparse de forma independiente, ya atomizada del sistema político mochica, entonces desmoronado. Por fin, los últimos reductos gobernados por la empobrecida dirigencia moche no fue obstáculo para el crecimiento del Estado Wari, que gracias a su fortaleza militar sumó a su territorio los señoríos costeños y de la sierra central. Sobre las cenizas moches emergió un nuevo imperio.

NO SOLO FUERON LOS MOCHES

Como lo explica Walter Alva, el fenómeno de El Niño no solo se ensañó con los moches, sino que determinó la caída de otras civilizaciones levantadas en la zona. “Es un problema mucho más antiguo”, acota el arqueólogo. “Hemos encontrado señales de eventos catastróficos que incluso hoy sería impensable manejar. Un ejemplo de sociedad que tuvo que abandonar su lugar para trasladarse a otro se dio aquí en Lambayeque, es el complejo Purulén, en el año 1200 antes de Cristo”. En efecto, se trata de un extenso asentamiento arqueológico que comprende una diversidad de características constructivas, arquitectónicas y espaciales. Fue Alva quien en 1983 realizó las primeras investigaciones, llevándolo a identificar plataformas, áreas de desechos domésticos, canteras o sectores de extracción de material pétreo para construcciones, así como terrenos modificados sin identificar, caminos o sendas y cementerios disturbados.

Terribles ciclos de inundaciones y sequías terminaron con la civilización Moche en el siglo VIII d.C. (Foto referencial: Archivo de El Comercio)

En Purulén hubo un gran complejo semiurbano que colapsó. Estamos hablando de un asentamiento con 16 templos y áreas de vivienda, que dependía de la agricultura y de la pesca. Hubo un momento en que el río Zaña cambió de curso y, al hacerlo, dejó inútiles los campos de cultivo. La gente tuvo que abandonar el lugar porque ya no podía sembrar. Pero probablemente también se afectó la pesca. Hay señales de que los monumentos, los templos y las aldeas de los alrededores fueron abandonados de manera violenta, muy rápidamente. Y tras abandonarlo, se dispersaron en aldeas por todo el valle”, explica.

Igualmente, Alva cita el caso del colapso de la cultura Lambayeque, alrededor del año 1100, a causa de un diluvio que destruyó todos los sistemas de riego, seguido luego por sequía. “El Niño ha sido siempre un problema catastrófico”, señala Alva.

Para el descubridor del Señor de Sipán, esta historia de civilizaciones desaparecidas en el norte debe hacernos meditar sobre nuestra actualidad. “Debemos entender que, donde hay ríos secos, volverá a pasar el agua”, afirma. Ese es el gran dilema que tenemos para el futuro, pues casi todas las ciudades de la costa peruana se fundaron sin respetar el patrón de ocupación prehispánico. “Se fundaron siguiendo el patrón europeo, que plantea vivir cerca al río. Pero en nuestros valles, las zonas cercanas al río van a sufrir siempre de inundaciones. Tenemos que pensar con sabiduría y no seguir construyendo en los lechos de ríos secos ni en quebradas. Pero vemos que ciudades como Piura, Chiclayo y Trujillo están siempre expuestas. Es una enseñanza que debemos asimilar y estudiar con cuidado”.

 

Fuente: diario El Comercio




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Moche y sus vecinos. Reconstruyendo identidades‏

La exposición Moche y sus vecinos. Reconstruyendo identidades presenta una selección de imágenes asociadas al arte Mochica que nos remite a las relaciones que esta cultura habría entablado con comunidades vecinas, principalmente de origen serrano. Este es el caso de grupos que migraron desde las regiones de Recuay, Cajamarca o Huamachuco, hasta las zonas de clima templado de los valles altos de Moche y Chicama a inicios del periodo Intermedio Temprano (100-300 d.C.).

A través de un conjunto de símbolos y narraciones visuales plasmadas en piezas procedentes de colecciones públicas y descubrimientos arqueológicos, se busca transmitir los discursos elaborados por los mochicas en torno a la formación de su identidad colectiva, que incluyó relaciones de conflicto y negociación con sus vecinos.

Las obras presentadas pertenecen al MALI, Museo Larco, Museo Nacional de Arqueología, Antropología e Historia del Perú, Programa Arqueológico San José de Moro – PUCP, Proyecto Arqueológico Huacas del Sol y de la Luna, y a la Colección Rodríguez Razzetto-Figuerola.
La curaduría está a cargo del arqueólogo Julio Rucabado y Cecilia Pardo, curadora de colecciones y arte precolombino del MALI.
La muestra estará abierta en las salas temporales 3 y 4 del Mali. La primera estancia está dividida en cuatro secciones. En la central se ofrece una reconstrucción de la visión del mundo mochica a través de un paisaje idealizado.

Curadores-de-la-exposición-mochicaEn las otras cuatro se desarrollan las batallas rituales contra grupos aledaños, una muestra de piezas de estilos Recuay y Cajamarca, un episodio mítico referente a la negociación e intercambio de conchas Strombus por coca y finalmente, un conjunto de vasijas mochicas que remiten a una visión del ‘otro’ como criatura salvaje y vinculada a lo exótico.

El segundo salón cuenta con un conjunto de piezas e imágenes desplegadas del arte Mochica que representan las aventuras de Ai-Apaec, héroe mochica, en su paso por tierras lejanas.

A través de las narraciones visuales plasmadas en piezas procedentes de colecciones públicas y descubrimientos arqueológicos, se busca transmitir los discursos elaborados por estos antiguos pobladores en torno a la formación de su identidad colectiva, tanto sus relaciones de conflicto como de negociación.

La curaduría está a cargo del arqueólogo Julio Rucabado y Cecilia Pardo, curadora de colecciones y arte precolombino del MALI.

Por otro lado, en el marco de la exposición, se presentará una publicación que reúne cinco ensayos y un catálogo de objetos destacados que han estado a cargo de un grupo de especialistas peruanos y norteamericanos que exploran, desde distintas líneas de investigación, la idea de lo foráneo en la sociedad mochica.

Esta edición bilingüe es la quinta que se edita como parte de la serie de arte precolombino del MALI.

El proyecto, que incluye la exposición y el texto, es auspicido por la Fundación Backus.




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Las aves en el mundo mochica

Walter Alva Alva / Arqueólogo, descubridor del Señor de Sipán

Los mochicas fueron una cultura preinca que se desarrolló en la costa norte de Perú entre los siglos I al VI. Los restos de colosales templos piramidales, palacios y obras de irrigación, así como maravillosas obras artísticas constituyen testimonios de su esplendor. En la cerámica, su más conocido y singular legado cultural, plasmaron imágenes de divinidades, hombres, animales, plantas y complejas escenas que muestran una extraordinaria perfección, calidad expresiva y valor documental. Este arte constituye un lenguaje gráfico que perennizó su organizada sociedad, compleja ideología y conocimiento del entorno natural.

 

El arte mochica representó diversas especies de aves. Foto: Archivo Rumbos

En cuanto a las aves, lo mochicas domesticaron para su alimentación el pato joque o criollo (Cairina moschata); heredado hasta hoy. A su vez, esta etnia sustentó su civilización en una admirable tecnología agraria que le permitió vencer al desierto con ayuda de la variada cantidad de aves marinas, como pelícanos, guanayes, gaviotas y piqueros que producían un soberbio fertilizante, conocido en la actualidad como “guano de las islas”. Algunas aves como guacamayos y loros fueron capturadas para mascotas. Excepcionalmente existen algunas representaciones de pesca con cormoranes. El plumaje de algunas aves multicolores fue utilizado para confeccionar suntuosos tocados, coronas y mantos que identificaban la jerarquía de los hombres.

En la cerámica mochica se aprecian distintas aves. Foto: Archivo Rumbos

La Sacerdotisa Lechuza

En su compleja y maravillosa religión, los mochicas incorporaron imágenes de aves que tuvieron un rol simbólico en condición de emblemas o antepasados míticos de sus gobernantes; así, las águilas y los búhos aparecen asociados a las funciones de jefes supremos y sacerdotes, como seres que dominan las esferas del día y de la noche. Otras especies como el pato “pico de cuchara” fueron vinculadas a los rituales de fertilidad y los ciclos de renovación del tiempo por sus costumbres migratorias.

Los buitres y cóndores eran venerados por representar el tránsito hacia el mundo de los muertos. En otros casos, halcones, cernícalos y colibríes complementan dinámicas escenas de combates y carreras rituales para expresar valor y agilidad.

Los ornamentos de oro o atuendos rituales descubiertos en las suntuosas tumbas de sus dignatarios muestran estas simbólicas representaciones.

El más sorprendente aspecto de la religión se advierte en la actuación de seres míticos o aves antropomorfizadas que cumplieron el rol de divinidades supremas y secundarias,  como el Guerrero águila y el Guerrero búho, las Mujeres buitres, la Sacerdotisa lechuza, el Hombre pato, Hombre colibrí y Hombre halcón.

Las aves estuvieron relacionadas a los rituales religiosos. Foto: Archivo Rumbos

Las aves inspiraron a los moches. Foto: Archivo Rumbos

Los hombres-aves volaban conectando la tierra y el cielo, imponiendo el orden y marcando el ritmo de los astros, guiaron las embarcaciones y ayudaron a la pesca, desarrollando combates y carreras; de esta manera estaban siempre presentes en el mundo de los hombres.

Como en todas las grandes civilizaciones del mundo antiguo, las aves sirvieron y convivieron con los mochicas inspirando los principios supremos de su cosmovisión.

 

 

Fuente: Diario La República