Señor de Qoyllur Riti: el ritual de la nieve fulgurante

Con un promedio de 100,000 asistentes en cada edición, las peregrinaciones al santuario del Señor de Qoyllur Riti (Cusco) se realizan cada año en fecha variable, prácticamente dos meses después del Domingo de Resurrección.

Esta vez, el diario El Peruano acompañó a los peregrinos y a los visitantes que llegan de todos los suyos en ‘naciones’ provenientes de los poblados de Paucartambo, Canchis, Quispicanchi, Acomayo, Urubamba, Anta y Paruro.

De inicio a fin, la fiesta combina elementos del catolicismo que llegó al Tahuantinsuyo con los españoles y los cultos a los apus incas y preíncas.

Allá está el Colque Punku, coronado por la nieve eterna. Recuerda: no puedes subir al nevado si no vienes vestido de ‘pablito’. Aquí, en la explanada junto al santuario del Señor de Qoyllur Riti, todos los ‘pabluchas’ pertenecen a la nación Paucartambo.

Antes de llegar al Colque Punku, donde está la cruz, notas que este lugar es mágico, que nunca más los amaneceres volverán a ser como los viste antes. La fuerza corporal se agota y las últimas energías emergen desde ese lugar desconocido al que llamamos voluntad. Esto es lo más cerca que he estado del misticismo andino. Y no sé cómo interpretarlo. Solo sé que hoy pertenezco a este lugar.

Hoy yo también soy un ‘pablito’, manifiesta el reportero del diario El Peruano. Los ‘pabluchas’ tenemos el honor y la tarea de subir a la montaña para bajar la cruz. Iniciamos la travesía a las 11:00 de la noche, entre velas e incienso, previa parada y visita al templo del Señor de la nieve fulgurante.

Los tres primeros tramos se hacen con descansos intermedios de 20 minutos. De allí para adelante, tienes que permanecer junto a tus hermanos, en grupos de 30 hombres, porque en las alturas el frío es intenso y no existe nada que pueda abrigarte, excepto la tibieza que rodea los cuerpos de tus compañeros ‘pablos’.

Desde el cuarto tramo ya puedes apreciar la nieve del apu Colque Punku. El jefe del grupo se toma un respiro y pregunta a la hermandad, con toda la fuerza que sus pulmones habituados a la altura se lo permiten: “¿Quiénes quieren subir hasta la cruz?”.

La pregunta resuena en mi cerebro. Dudo y me reafirmo. Luego digo: “Yo voy”. Somos trece voluntarios. Los ‘pablos’ son incansables en el ande. Todos le deben obediencia y responden con disciplina al caporal José Luis Mamani.

Sobre la nieve, cada movimiento es un desafío. Dar un paso te cuesta lo inimaginable. Peor aún si no estás preparado. Solo tu fe es capaz de ponerte en movimiento.

En la ruta a la cima nevada hay dos abismos. Y tú caminas a la vera. Solo puedes sujetarte de la piedra; la senda es tan angosta que hay espacio solo para dos tercios de tus pies. Tus manos son lo más útil, las uñas te sujetan a la roca.

Ahora estamos a 6,360 m.s.n.m. Un resbalón mínimo y la caída será de 500 metros. No vi el precipicio en el ascenso porque subimos de noche. Pero al regreso fue tanto mi temor que tuve que pasar ayudado con sogas.

Llegamos a la primera cruz todavía de noche. En la explanada rezamos. De allí debíamos partir hacia lo más alto, al lugar donde nuestros hermanos dejaron, un día antes, la cruz más alta.

Al pie del último cerro esperamos el amanecer. La noche termina de templar la resistencia de nuestros cuerpos extenuados. A cierta hora, todos los ‘pablos’ nos arrodillamos ante la cruz. Y el sol aparece para romper la bruma. El caporal nos arenga: “¡Somos pocos los que tenemos este privilegio!”.

Pasan unos minutos y ordena que traigan la cruz. Yo los acompaño. No hay lugar más privilegiado en el mundo; aquí vive y crece aquello que llaman sincretismo andino-cristiano.

Bautizo en la nieve

Abajo nos esperan cientos de hermanos; todos bailan con banderas, al ritmo de silbatos, haciendo retumbar la explanada, con voces de trueno. Luego de prender velas, al salir el sol y delante de la cruz, arrodillados, se procede al bautizo de los nuevos hermanos ‘pablos’.

Se hacen tres zanjas en la nieve. En una de ellas hundo mis manos casi hasta los codos. Mis brazos están cubiertos de hielo hasta la mitad y soporto cuatro minutos, todo el tiempo que ordena nuestro caporal. Ya no hay fuerzas, todo es voluntad.

Luego, cada uno de nosotros procede a arrodillarse y… ¡tres chicotazos enérgicos sellan tu bautizo! Ya eres hermano, ya eres ‘pablo’, hijo del Tahuantinsuyo. El descenso dura alrededor de tres horas. Abajo, todas las naciones del antiguo imperio nos esperan para adorar la cruz, su cruz, la que sostiene al Señor de la nieve fulgurante.

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