Pozuzo: tour al paraíso en plena selva central del país

Por la bajada de Carcapata, en Tarma, la temperatura va en ascenso lo cual anuncia la entrada a la selva alta, en el corazón de la Perla de los Andes. Hemos recorrido 398 kilómetros desde Lima, pasando por La Oroya, Tarma, San Ramón y La Merced, hasta llegar a Villa Rica, donde el camino se bifurca: a la izquierda, Oxapampa y el Pozuzo. A la derecha, una larga ruta hacia Ciudad Constitución.

Por la ruta a Oxapampa nos extasiamos con los paisajes y el aroma que se desprende de las enormes plantaciones de café y de frutales.

Los sonidos nos llegan de distintas partes. Desde el lado de la carretera, escuchamos el motor de las sierras, lo que en realidad no es de extrañar, pues en esta provincia la extracción maderera es quizá la principal actividad económica, junto con la ganadería y la producción de derivados lácteos.

El ingreso a Oxapampa nos sorprende. Es un rincón de los Alpes austríacos en plena selva peruana. Aparecen ante nuestra asombrada mirada casas de madera coronadas con techos a dos aguas y en torno a ellas una serie de instrumentos que revela los oficios que ocupan a sus pobladores.

Nada que decir de la dinámica de trabajo que se inicia casi con el amanecer. En las calles se aprecia a los gringos de ojos azules hablando un castellano con marcado acento charapa, pero también vemos rostros mestizos y otros de indios amueshas o yaneshas que saludan con simpatía y cordialidad. Todo un crisol de razas.

Camino a Pozuzo

El ganado brown swiss y los cebús son como un empedrado en medio de un paisaje sacado de una postal europea. Casas altas, sobrias, pintadas de colores claros, acaso adrede, para que contrasten con el verde intenso de la naturaleza que cubre los cerros.

Hemos ingresado a Pozuzo, ubicado a 81 kilómetros de Oxapampa. Cabezas rubias transitan por sus calles, mientras un acordeón va dejando en el aire los compases de una vieja mazurca.

En esta zona del Perú, donde casi doscientos tiroleses se asentaron a fines del siglo XIX, se ha construido un número similar de historias que hablan de travesías, pero también de prosperidad y éxitos.

En Pozuzo todos conocen quién fue el padre Joseph Egg, pionero y fundador de Pozuzo. Allí está su monumento y la historia aflora al pie de este. En 1853, el barón Damián Freinbern Schutz-Holzhausen firmó un convenio con el Gobierno peruano para traer no menos de 10,000 colonos a la zona del Alto Huallaga, más precisamente para poblar la zona aledaña a Tarapoto.

Las guerras y hambrunas afectaban a los países de Europa central; la situación en Austria también era insostenible para aquellos jóvenes campesinos, que según las leyes de la época no podían contraer matrimonio si no eran propietarios de algún terreno o si no contaban con un título profesional.

Fue así que decenas de parejas con hijos y parejas de novios impedidos de contraer matrimonio en su tierra se inscribieron para viajar al Perú. Antes de partir se realizó una boda masiva en el barco Norton y se comprometieron a pagar el equivalente a 98 dólares para hacer realidad el sueño de tener un terreno propio en la selva del Perú, en ese momento para ellos la tierra prometida.

En Huacho empezó la penosa travesía que tardó dos largos años, cruzando costa, sierra y selva. Muchos quedaron en el camino, contratados por los hacendados locales, ansiosos de mano de obra extranjera.

Los demás continuaron su camino, pero se perdieron en el trayecto, eligiendo Pozuzo como el lugar donde se asentarían. De los 300 colonos que partieron de Huacho solo llegaron 170.

La colonización

Allí los esperaba precisamente el padre Joseph Egg, quien durante medio siglo superó todo tipo de dificultades y dirigió la dura colonización de la zona.

El esfuerzo y empeño tirolés salvó esta experiencia colonizadora. Resulta paradójico que fuera un comerciante judío radicado en Lima quien salvara la situación de los austríacos, luego de obsequiarles 60 vacas lecheras, dando inicio a la próspera industria ganadera local.

La ganadería es precisamente lo más emblemático de Pozuzo. Además, sus fiestas, rodeos y faenas son únicas en el Perú y se han convertido en uno de los motivos por los que cientos de turistas lo visitan todos los años.

Los exuberantes paisajes y sus ríos navegables permiten disfrutar de actividades de aventura, como el canotaje, la pesca y las caminatas.

Acá se pueden apreciar lagartos, osos de anteojos y una gran variedad de aves y peces. Y si bien es posible visitar Pozuzo todo el año, la mejor fecha para disfrutar su propuesta festiva y gastronómica es el 28 de julio, día de la patria, pero también su aniversario. Se prolongan por tres días y se repiten el 30 de agosto en honor a Santa Rosa de Lima.

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