Los buenos siempre mueren primero

Corría la década de 1980 cuando mi equipo de investigación decidió abrir un espacio norteño en nuestro trabajo de campo, que en general estaba dedicado al Cusco y Ayacucho. Convencimos sin esfuerzo a los habituales financiadores y, atraídos por las noticias de la fiesta dedicada a la Virgen de la Puerta, nos dirigimos a Otuzco, en la sierra de La Libertad.

Autor: Luis Millones
Fuente: El Comercio
Fecha: 03.03.2018 / 05:30 am

“En ese espacio, y con la mirada aprobadora de Nyler, me acerqué al hogar de Santiago Uceda”. (Ilustración: Víctor Aguilar)

La magnífica celebración justificó con creces el cambio de escenario. Entre los muchos descubrimientos que me proporcionó esta nueva aventura, uno muy especial fue el encuentro con el antropólogo Nyler Segura. Llegó un día, sin previo aviso. Pequeño, delgado, vestido con tanto descuido como yo, con una calva que empezaba a mostrarse. Al verlo, creímos que era uno de los muchos asistentes que llegaban atraídos por el festival.

Nyler se dirigió sin vacilar a quienes tomábamos notas y fotografiábamos el espectáculo. Entonces, sin que mediase presentación alguna, nos regañó: ¿Por qué no bajan a Trujillo a saludar a los colegas? Su gesto era adusto, y antes de que yo pensase una respuesta, mi compañero de estas andanzas, Hiroyasu Tomoeda, le dio la mano y contestó sin vacilar: “Tiene usted razón. Mañana mismo pasaremos a verlo”.

Visitarlo y hablar con él se convirtió en una costumbre que nos abrió, de manera informal –y por tanto más completa–, el mundo de la Universidad Nacional de Trujillo. En ese espacio, y con la mirada aprobadora de Nyler, me acerqué al hogar de Santiago Uceda.

Quiero empezar por allí, sin olvidar sus méritos académicos, que les tocará reseñar a otros, porque mi recuerdo de él es inseparable del de su familia. Nadia, su esposa, la entonces pequeña Anaís y la gata engreída me dieron la clave de la fortaleza intelectual que exhibía el doctor Uceda. En su casa se respiraba amor, el ambiente era cálido y afectuoso (lo que contrastaba con las prisas, impaciencias, débiles presupuestos y abandono estatal que, al igual que otras instituciones nacionales, sufría también la Universidad Nacional de Trujillo).

Poco a poco fui conociendo a los otros docentes de la Facultad de Ciencias Sociales. Me reencontré con don Jorge Zevallos Quiñones, a quien había saludado años atrás en algún encuentro académico en Lima, y que en Trujillo cubría con eficacia materias de historia y arqueología de la región, actividad que mantuvo con un ritmo envidiable de estudio y publicaciones hasta que falleció.

En un peculiar congreso realizado en La Libertad se intentó el difícil intercambio de ideas y opiniones entre psicoanalistas y curanderos. El evento hizo posible que el conservador Ricardo Morales y yo pudiésemos conversar por varias horas, e iniciar una amistad que continúa, asentada en aquella oportunidad y en el recuento de infancias muy semejantes. Conocer a Ricardo fue, además, el descubrimiento de la disciplina que, al lado de la arqueología, hizo posible el lanzamiento del patrimonio monumental del norte peruano.

Como muchos, ignoraba la enorme importancia de conservar y restaurar los restos arqueológicos, una labor que requiere dedicación y conocimientos artesanales y tecnológicos de mucha precisión. Ricardo se convirtió en 1991 en el codirector del Proyecto Huaca de la Luna, y junto a Santiago Uceda llevaron a la fama las ruinas que languidecían a pocos kilómetros de Trujillo.

Con el transcurrir de los años, el proyecto pasó de la excavación de un sitio arqueológico a trabajar un complejo monumental que abarcaba dos centros de desarrollo cultural (las huacas del Sol y de la Luna) y el extenso espacio intermedio. Para esa tarea se consiguió apoyo internacional y de empresas peruanas que reconocieron la eficacia de los dos directores en sus respectivas especialidades.

En esta labor, entre otras acciones, Santiago había recurrido a sus relaciones con Francia, donde Nadia y él estudiaron y se conocieron. Pero el prestigio de sus ponencias ante los colegas de diferentes centros de investigación y universidades lo convirtió en la mejor carta de presentación de las Ciencias Sociales en su especialidad.

Esto nos lleva a sus bien cuidadas y numerosas publicaciones, que siempre puso a disposición de sus colegas y que ocupan un lugar privilegiado en mi biblioteca. Más de una vez nos cruzamos en Sevilla y en alguna otra parte del mundo académico internacional. Sus presentaciones, con una exposición siempre directa y organizada, eran complementadas con ilustraciones que mostraban el avance de la investigación en Trujillo, o bien daban cuenta de la certeza de sus juicios y comentarios sobre la arqueología de la región andina.

No es posible dejar de reconocer el avance de la arqueología en la costa norte del Perú. Han sido formidables los hallazgos y el debate teórico de los últimos 30 años, superando con esfuerzo y contactos académicos a otros espacios, cuya riqueza arqueológica necesita ser estudiada y exhibida, antes de que el turismo descontrolado y el permanente saqueo de delincuentes profesionales la destruya.

Mi abuela ancashina decía “los buenos siempre mueren primero”, aludiendo, probablemente, a los niños de corta edad que en hogares sin recursos son los primeros en desaparecer. Pero la terrible frase se puede aplicar a los intelectuales como Santiago, que habiendo alcanzado la madurez necesaria para crear escuela y enseñar con sabiduría, se nos fue sin que podamos imaginar un reemplazo equivalente en su necesitada especialidad.

Quizá entre los estudiantes que formó exista alguien que decida seguir los pasos del maestro que acaba de fallecer. Pero necesitará de una paciencia infinita para lidiar con fundaciones y empresas no siempre dispuestas a dar apoyo. También tendrá que aprender a soportar a la administración pública para conseguir ayudas y los permisos correspondientes. Y deberá aplicarse para iniciar y mantener relaciones con universidades y centros de investigación del exterior. Todo ello se sumará a sus cotidianas clases y tareas administrativas, que son parte de su vida universitaria.

No pretendo espantar a la nueva generación de arqueólogos, o en general a los estudiantes de Ciencias Sociales. Ninguno de los inconvenientes señalados es exagerado, porque los vivimos cada día. Santiago hizo eso y mucho más, por lo que hoy día se hace más dolorosa su pérdida.

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