La vestimenta de los moche

 

Los moches, o mochicas, desarrollaron entre los siglos I y IX de nuestra era una de las culturas pre-Incas más complejas en términos de organización social, política y económica de los Andes. Cómo se vestían los moches es una pregunta que no se podría responder cabalmente solo con los restos de tejidos hallados en las intervenciones arqueológicas. Y es que, debido a las condiciones ambientales de la costa del Perú, la mayoría de los tejidos de algodón y lana moches no se han conservado hasta nuestros días, salvo casos especiales. Mejor suerte han tenido las piezas de metal, hueso, piedra, conchas y otros materiales más resistentes a los agentes de deterioro, usados como ornamentos complementarios al vestido.

Autor: Henry Luis Gayoso Rullier

Fig. 1. Ejemplos de uso de barbiquejo tomados de la iconografía moche.

Por ejemplo, la muestra de los tejidos moches mejor conservados en el complejo arqueológico Huacas de Moche, otrora capital de los moches, provino de los edificios monumentales (la Huaca del Sol y la Huaca de la Luna) y la plataforma funeraria Uhle; una muestra reducida aunque bastante aceptable en términos de conservación si la comparamos con los pocos fragmentos pequeños que se encuentran ocasionalmente en el núcleo urbano, el

espacio que separa ambas huacas, y donde se encontraban las residencias y los talleres de producción. Las estructuras son muy frágiles, y su estado de conservación se podría calificar como de regular a malo, aunque la mayor parte de la estructura de los tejidos se conservó lo suficiente como para hacer el análisis tecnológico respectivo. Al respecto, destacan los trabajos de Lila O’Neale (1947), William Coklin (1978), Christopher Donnan y Sharon Donnan (1997), Arabel Fernández (1998, 2001, 2008), María Montoya (2006), entre otros. Con esos antecedentes de estudios tecnológicos, Luis Jaime Castillo y Flora Ugaz (1999: 235-236) elaboraron un listado de las diferentes formas de tejidos que conocieron los moches, identificando cinco grandes grupos: tejidos llanos, sargas, tejidos dobles, gasas y tapices.

El ya mencionado estado deficiente de conservación de las pocas piezas que se logran recuperar, sin embargo, no nos permite a los arqueólogos, en la mayoría de los casos, hacer una identificación de su función y, por lo tanto, acercarnos a la elaboración de un catálogo de productos textiles moches. Solo en un pequeño grupo de contextos funerarios, en el que destacan las tumbas reales de Sipán y de la Señora de Cao, se han conservado los tejidos, permitiéndonos identificar su función.

Algunas crónicas coloniales, sin embargo, permiten hacer una descripción general sobre cómo vestían los norcosteños. Aunque la cultura material mochica desapareció en el siglo IX de nuestra era, la información etnohistórica proporcionada por los cronistas refiere cómo vestían sus descendientes, los lambayeques y los chimúes, principalmente.

Los cronistas Gonzalo Fernández de Oviedo, Pedro Cieza de León, Agustín de Zárate y Pedro Sánchez de la Hoz, coinciden en que las personas de la costa norte del Perú hacían sus prendas de algodón y vestían de manera sencilla. Los hombres vestían camisetas y mantas largas como capas. En las cabezas usaban unos pañetes, diferenciándose en la forma, número y colores de los mismos. Las mujeres usaban una túnica larga y ancha, a manera de capuz, abierta por los lados para dar salida a los brazos. Esta descripción nos da una idea de la vestimenta cotidiana de la gente de la costa norte, sin discriminación de rango o status. Gonzalo Fernández de Oviedo (citado en Valcárcel 1985, v1: 119) al hablar del valle de Trujillo, dice que “Las mujeres se visten como las de Tumbes y los hombres lo hacen con camisetas y pañetes, sólo que llevan en la cabeza unas madejas de lana hilada colorada y muy fina que dan una vuelta y caen como barbiquejo. Los hombres usan una manta como capa y tienen por afrenta andar sin ella”.

Agustín de Zárate (1555/1968, capítulo VI) señala que las mujeres de la costa “visten unos hábitos de algodón hasta los pies, a manera de lobas; los hombres traen panetes y unas camisetas hasta la rodilla, y encima unas mantas; y aunque la manera de vestir es común a todos, difieren en lo que traen en las cabezas, según el uso de cada tierra; porque unos traen trenzas de lana, y otros un solo cordón de lana y otros muchos cordones de diversas colores; y no hay ninguno que no traiga algo en la cabeza, y en cada provincia es diferentemente”.

Ahora, responder a la pregunta de cómo vestían los moches, qué prendas utilizaban en su vida diaria o en sus eventos especiales, cada uno de los personajes que componían esta sociedad, se puede lograr gracias a la iconografía pictórica y escultórica. Así, la principal fuente de la que disponemos para una catalogación del vestuario moche, es el conjunto de escenas simples y complejas que los artistas moches representaron, principalmente, en la cerámica.

CATÁLOGO DE VESTIMENTA MOCHE

La forma básica del atuendo cotidiano de los moches parece no haberse diferenciado en función del rango, estatus o pertenencia a un grupo socioeconómico determinado. El uso de las mismas prendas y los mismos materiales, en el sentido más básico, indicaban lo que los mismos cronistas destacan como una forma de resaltar su pertenencia étnica, y por lo tanto, su diferenciación con otros grupos. Las diferencias en la vestimenta como marcadores jerárquicos empezaban en la calidad del trabajo, en el uso de ciertas técnicas complejas que implicaban la participación de expertas artesanas, en la carga iconográfica decorativa, y en el uso de elementos adicionales exóticos unidos a su estructura, tales como plumas y piedras semipreciosas, o en el uso de los metales y diferentes tipos de ornamentos corporales.

Veamos ahora las prendas textiles identificadas a partir de la iconografía moche.

Prendas para la cabeza

Son tejidos cuadrados a manera de pañuelo, o en forma de cinta ancha, a manera de vincha. Básicamente, las prendas textiles que se colocan en la cabeza son tres, y las hemos nombrado según la forma en que se colocan: barbiquejo, turbante y vincha. Adicionalmente, se puedan ver prendas textiles especiales, a manera de extensiones o apéndices, que adornan los tocados de personajes importantes, como las de los sacerdotes y guerreros.

Un individuo puede combinar al mismo tiempo dos o tres prendas en una sola puesta. Son prendas de uso masculino, y constituían el tocado más sencillo, probablemente el de uso cotidiano o para ceremonias sencillas, o para personajes de importancia menor dentro de la celebración de rituales. Los tocados más complejos incorporaban otros elementos como el metal, plumas de aves, etc.

Barbiquejo

Cuando se usa como barbiquejo, el pañuelo se pasa, a modo de venda, por debajo de la barbilla y se ata encima de la cabeza; este tipo de pañuelo parece ser más angosto (figura 1a). En algunos casos, el barbiquejo se ata a la altura del mentón, es decir de arriba hacia abajo, y parece sujetar una corona o tocado de metal (Fig. 1, b y c; Fig. 2).

Turbante

El turbante es un pañuelo de forma predominantemente cuadrada, generalmente sin decoración, que cubre la cabeza. Christopher Donnan (2004) ha hecho un estudio de los turbantes moches e identifica tres tipos a los que denomina A, B y C.

La forma más sencilla de colocarlo, es la que describe Christopher Donnan como tipo A. Se forma primero una banda, doblando o enrollando el pañuelo, para luego envolverlo alrededor de la frente, atándolo ya sea a la altura de la frente o del occipucio. De esta forma, el turbante no cubre completamente la coronilla. En su libro, Donnan muestra una fotografía de una vasija retrato con un personaje que se ha colocado el turbante en esta forma (Donnan 2004: 42-44, Figs. 4.1 y 4.2); sin embargo, en la iconografía y en algunas vasijas escultóricas vemos ejemplos de lo que parece ser esta forma de colocación combinándose con otras prendas en una misma puesta, como el caso que se observa en la figura 3, con el amarre hacia atrás, a la altura del occipucio.

Fig. 2. Representación escultórica de un corredor amarrándose el barbiquejo que sostiene su tocado. Fotografía PAHL.

Fig. 3. Vasija escultórica-pictórica y su detalle del tocado, donde se observa un turbante del tipo A colocado por encima de un turbante tipo B y por debajo de un barbiquejo. Foto PAHL.

 

Fig. 4. Resaltados en color rojo, vemos turbantes tipo solera (tipo B de Donnan), vestidos por personajes tomados de la iconografía moche. El turbante tipo B del personaje marcado con la letra C está parcialmente tapado por un turbante del tipo C de Donnan

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Fig. 5. Vista de perfil de la representación escultórica de un personaje que porta un turbante tipo solera (tipo B de Donnan). Fotografía PAHL.

 

El turbante tipo solera es el tipo B de Donnan, y tiene una forma peculiar de colocación, y parece ser el de más uso. A simple vista se observa que el pañuelo cubre la mitad superior de la cabeza y la nuca. Puesto que el pañuelo no solo parece caer sobre la nuca sino sostener el cabello “encapsulándolo”, es posible que la forma de colocarlo sea la que describe Donnan (2004), es decir, un lado de la tela se pasaba bajo el cabello y sus esquinas eran llevadas hasta la frente donde se ataban. Las puntas eran luego colocadas hacia atrás rodeando la cabeza. El lado opuesto de la tela, que hasta este punto descansa sobre la espalda, es jalado hacia arriba “encapsulando” el cabello y cubriendo la cabeza hasta la frente. Sus puntas son jaladas hacia atrás rodeando la cabeza para finalmente, amarrarse a la altura del occipucio. Parece que no se usa solo, sino que se complementa con otras prendas. En la figura 4a vemos que sobre él se colocó un barbiquejo. En la figura 4b, está rodeado de una vincha. En la figura 4c, sobre la solera se colocó un turbante del tipo C de Donnan. En la figura 5 se observa un personaje que se ha colocado un pañuelo en la forma o tipo B.

Una tercera forma de colocarse el turbante descrita por Donnan, su tipo C, consiste en doblarlo diagonalmente dándole forma triangular y colocar la parte media de la tela en la mitad de la coronilla o a la altura de la frente. La tela se jala hasta el mentón rodeándolo y subiendo luego hasta la coronilla donde se amarra. En la figura 6, ejemplos a y c, y la figura 7, la posición inicial del turbante es la mitad de la coronilla, mientras que en la figura 6b, la posición inicial es la frente. La figura 6c es un ejemplo de turbante decorado. Otra vez observamos la combinación de diferentes turbantes en una sola puesta. En la figura 6a está cubriendo un pañuelo tipo B de Donnan, en la figura 6b estaría cubriendo un turbante tipo A, y en la figura 6c está cubriendo un turbante tipo B y una vincha (Donnan 2004: 58).

 

Fig. 6. Turbante del tipo C de Donnan, vestidos por personajes tomados de la iconografía moche.

Vincha

Prenda en forma de cinta ancha que se coloca rodeando la cabeza a la altura de la frente, sin cubrir la coronilla. La posición inicial implica que se tomen las puntas y se acomode la parte media de la tela a la altura de la frente para, a partir de esa posición, empezar a rodear la parte superior de la cabeza una o más veces (generalmente dos), amarrándose de tal forma las puntas, hacia adelante (Fig. 9c) o hacia atrás (Fig. 9 a y b). Generalmente tienen decoración, con motivos geométricos y uno de los bordes aserrado.

Donnan (2004: 52-52) identifica una variante que tiene una tela adicional que pende en la parte central de la faja. En este caso la faja se coloca de atrás hacia adelante, de suerte que la tela adicional descansa a la altura de la nuca; tal como se observa en la pieza de la figura 8.

Prendas para el cuerpo

Son las camisas, camisones, cinturones o fajines, faldellines, mantas, los pañetes o taparrabos y las bufandas.

Camisa

Prenda con mangas o sin ellas, que cubre la parte superior del cuerpo, entre el cuello y la cintura (Figs. 10 y 11). Parece ser una prenda exclusiva de los guerreros en sus diferentes facetas rituales (guerrero, cazador de venados, recolector de caracoles, bailarín, corredor), de los cazadores rituales de focas, recolectores rituales de caracoles, pescadores rituales, así como algunos corredores. Las camisas de los guerreros son las más elaboradas, incluso algunas llevan objetos laminares de metal, sean placas o lentejuelas, que le dan a la camisa una apariencia de cota, aunque desconocemos si esa fue su intención.

Fig. 7. Representación escultórica/pictórica de un personaje que porta un turbante tipo C cubriendo otro de tipo A o B. Fotografía PAHL.

Fig. 8. Ejemplo de vincha con tela adicional en una vasija escultórica; vista posterior. Foto PAHL.

Fig. 9. Ejemplos de vinchas tomados de la iconografía moche

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Fig. 10. Ejemplos de personajes usando camisas, tomados de la iconografía moche.

 

Fig. 11. Vasija escultórica que representa a dos personajes practicando sexo oral. El personaje principal porta una camisa decorada con motivo escalonado. Foto PAHL

 

Fig. 12. Ejemplos de personajes que visten camisón, tomados de la iconografía moche.

 

Fig. 13. Vasija escultórica que representa a un personaje que viste un camisón decorado con motivos ajedrezados. Además, viste turbante y manto amarrado al pecho.

 

Fig. 14. Ejemplos de personajes que usan cinturón o fajín, tomados de la iconografía moche.

 

Fig. 15. Tipos de faldellines. Adaptado de la iconografía moche

Camisón

Prenda larga, con o sin mangas, que pasa la altura de la cintura y que llega a veces hasta por debajo de las rodillas. Es una prenda tanto masculina como femenina (Figs. 12 y 13). Los hay de un tejido llano sencillo, sin decoración, mientras que los más elaborados pudieron llegar a tejerse con hilos de dos o más colores creando motivos, o cosiéndole placas de metal a manera de colgantes, o combinando ambas formas de decoración.

Cinturón o fajín

Cinto que se coloca a la altura de la cintura para sujetar el faldellín, adornar el pañete, o, en el caso de las mujeres, ceñir el camisón a la cintura. Algunos parecen ser sencillos, hechos de una tela llana, mientras que otros son decorados y muy elaborados (Fig. 14). Los personajes masculinos que usan camisón, generalmente no usan cinturón o fajín.

Faldellín

Es una tela de forma rectangular que se sujeta en uno de sus lados mayores a una tira que a la vez permite atárselo a la cintura (Fig. 15a). Una variante que se observa en la iconografía moche, presenta las pitas para amarrarlo en ambas partes laterales de la pieza (Fig. 15c). En otra variante del faldellín, la prenda está conformada por varias secciones que cuelgan a manera de flecos (figura 15b).

Técnicamente es una falda corta, que no pasa las rodillas, de uso masculino. En la iconografía, parece ser una prenda usada exclusivamente por la mayoría de los guerreros (Fig. 16), incluso en su faceta de sacerdotes, lanzadores de venablos, cazadores de venados, de corredores, de recolectores de caracoles y de bailarines. Los más elaborados llevan objetos laminares de metal cosidos, sean placas o lentejuelas.

Fig. 16. Ejemplos de personajes que usan faldellín, tomados de la iconografía moche

En algunos casos, se observa corredores usando faldellín, aunque en la mayoría de las escenas, estos usan pañete.

Manto

Prenda que se usa a manera de capa (Fig. 17 a, b, c, d y e; Fig. 19). A veces, la manta se dobla y se usa colgando de la espalda, amarrado al cuello (Fig. 17f), incluso para cargar cosas (Fig. 17g; Fig. 18), y en el caso de las mujeres, para cargar a los niños (Fig. 17h).

Pañete o taparrabo

Es un tipo de calzón, de uso permanente, y exclusivamente masculino, aparentemente. No habría sido considerada una prenda íntima (Figs. 20 y 21). Consiste en una tela rectangular que tiene unas pitas en cada una de sus cuatro esquinas (Fig. 20a). La tela se pasa entre las piernas y se ata por medio de las pitas, a la altura de la cintura.

Faldellín trasero

Peculiar pieza que se cuelga a la cintura a manera de delantal a la inversa, y que cubre el trasero y parte de las piernas. En la figura 22, los cinco primeros personajes (a-e) forman parte de escenas de ofrendas o intercambio, mientras que el personaje de la figura 22f es un mítico adivinador o jugador.

Fig. 17. Ejemplos de personajes que usan manto, tomados de la iconografía moche.

 

 

Fig. 18. Detalle posterior de vasija escultórica de personaje usando un manto para llevar una botella de asa estribo. Foto PAHL.

Fig. 19. Vasija escultórica de personaje que usa manto y turbante con los mismos motivos decorativos. Foto PAHL.

 

Fig. 20. Ejemplos de personajes que usan pañete, tomados de la iconografía moche.

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Fig. 21. Vasija escultórica de sacerdote usando camisón y pañete. Vista anterior y posterior. Foto PAHL

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Fig. 22. Ejemplos de personajes que usan faldellín segmentado, tomados de la iconografía moche.

 

 

Fig. 23. Ejemplos de personajes que usan bufanda, tomados de la iconografía moche.

Bufanda

Prenda alargada y estrecha que rodea el cuello y se amarra en la parte posterior del cuello. Esta prenda es usada por músicos y bailarines (figura 23a, b, c y d), así como en escenas de lanzamiento de flores (Fig. 23e y f). Un personaje que participa en una escena de intercambio u ofrenda de alimentos parece también vestir este tipo de prenda (Fig. 23g)

Fig. 24. Ejemplos de personajes que usan bolsas (a y b) y extensiones (c, d, e y f), tomados de la iconografía moche

 

Fig. 25. Vasija escultórica de sacerdote sentado usando tocado del cual penden unas extensiones que descansan a lo largo de su espalda. Foto PAHL.

 

Otros

En este grupo señalamos prendas textiles que complementa el vestido clásico moche, como las bolsas y las extensiones de cascos, tocados y armas.

Bolsa

Saco de tela que permite guardar y transportar objetos por medio de un asa hecha del mismo material para llevar a mano o colgada del hombro (Fig. 24 a y b).

Extensiones

Son prendas textiles alargadas, de forma variada, que cuelgan de los cascos, tocados, y armas de algunos personajes. A veces imitan la forma de las cabezas o colas de algunos animales, o de cuerpos de serpientes, etc. (Fig. 24c, d, e y f; Fig. 25). En algunos casos, se combinan con otros materiales como por ejemplo el metal.

CALZADO Y ORNAMENTOS CORPORALES

Poco se sabe sobre el calzado moche, y los materiales utilizados para su confección. Incluso, en la mayoría, si no todas las escenas iconográficas moches, los personajes humanos y míticos son representados descalzos, a veces con los pies y pantorrillas pintados. Pero sabemos que sí conocieron el calzado, tal como lo demuestra el ajuar funerario de las tumbas reales de los señores de Sipán, en el valle de Lambayeque, donde se registraron sandalias hechas de algodón y metal. Es posible que el calzado más sencillo, aquel usado por los comuneros, fuese hecho de fibras coriáceas, cuero y algodón, aunque desconocemos la frecuencia de su uso.

La iconografía demuestra que los moches usaron una gran variedad de ornamentos corporales. Lamentablemente, la iconografía moche solo representó, en los casos en que se involucran seres humanos o seres antropomorfos, escenas rituales y míticas. No se representaron personas comunes en situaciones comunes, de la vida diaria. Esto nos limita en cuanto a la capacidad de afirmar cuáles prendas estuvieron restringidas a determinados personajes y grupos sociales.

A priori, asumimos que los ornamentos más elaborados, tanto en el sentido técnico y artístico, como en la carga iconográfica y los materiales empleados pueden ser un indicador del grado de restricción que tuvieron. Por ejemplo, los moches usaron collares y pectorales hechos de cuentas (chaquiras) y colgantes de cerámica, hueso, conchas, piedras semipreciosas e incluso de metal. Siguiendo la reflexión arriba señalada, en principio su uso no debió estar restringido. Pero, en la medida en que su estructura (número de hilos) era más compleja, o que sus partes integrantes eran más numerosas, más elaboradas, o estaban hechas de un material especial (digamos metal o piedras semipreciosas), se convertían en bienes de prestigio, de uso restringido a las elites.

Diversos personajes masculinos usaron orejeras que, técnicamente, son un tipo de arete o pendiente de oreja. Solo un personaje femenino ha sido representado con orejeras en el arte moche: la divinidad femenina, la Gran Sacerdotisa, la diosa de la Luna. La iconografía y los objetos recuperados en los sitios arqueológicos, como Huaca de la Luna, nos muestran diversos tipos de orejeras, tanto fijas como pendientes, según se observa en las figura 26. En el grupo de las orejeras fijas tenemos las discoidales y las tubulares. La orejera discoidal tiene un vástago o tubo que nace de la cara interna del disco, que se introduce en el lóbulo de la oreja, sin necesidad de rosca para asegurarlo (Fig. 26 a, b y c; Fig. 27). La orejera tubular es, como su nombre lo indica, un elemento en forma de tubo que atraviesa el lóbulo (Fig. 26, d y e). El grupo de las orejeras pendientes lo conforman diversas formas colgantes, geométricas o escultóricas, que se sujetan al lóbulo por medio de un alambre a manera de gancho (Figs. 26, f, g y h; Fig. 28). Existen un tipo de falsa orejera, que son ornamentos con forma de orejeras discoidales, pero que no se fijan ni cuelgan de las orejas, pues no presentan vástago, sino que están sujetas a los cascos de los guerreros, o a los tocados de los sacerdotes u a otros elementos de adorno. De allí que presenten en su estructura cuatro perforaciones, dos arriba y dos abajo, para fijarlas, tal como se observa en los dos ejemplares de la figura 29.

 

Fig. 26. Tipos de orejeras reconocibles en la iconografía moche.

 

 

Fig. 27. Ejemplar de orejera discoidal que ha perdido la matriz, por lo que se puede observar en la parte central los puntos de unión del disco con el vástago del que se puede observar la parte terminal.

Fig. 28. Dos ejemplos de orejeras colgantes registradas en una tumba de la plataforma I del Templo Viejo. Foto PAHL.

Fig. 29. Dos ejemplos de falsas orejeras circulares registrados en tumbas excavadas en la plataforma I del Templo Viejo. Foto PAHL.

 

Fig. 30. Ejemplos de narigueras reconocibles en la iconografía moche.

 

Fig. 31. Nariguera de cobre encontrada en la Plataforma Uhle.

 

Fig. 32. Corona en miniatura de dos diademas en forma de media luna registrada en la plataforma principal del Templo Viejo de la huaca de la Luna.

Fig. 33. Corona con motivos incisos en forma de porras. Foto PAHL

 

Fig. 34. Personaje que viste una corona rematada con una diadema en forma de media luna.

Fig. 35. Personaje portando una corona con diadema de características similares a las de la figura 152.

Las narigueras son pendientes de estructura laminar que se coloca en los orificios nasales, sujetándose al cartílago blando de la punta nasal mediante presión, sin perforarlo (Figs. 30 y 31). De acuerdo a la iconografía (son usados por guerreros y sacerdotes), y al uso exclusivo de metal en su fabricación, se puede afirmar que son ornamentos de prestigio y de uso restringido. También existen otros ornamentos que claramente son bienes de prestigio y uso restringido, tales como las coronas (Figs. 32 y 33), las diademas (Figs. 34 y 35), las muñequeras, los tocados, entre otros.

LA VESTIMENTA SEGÚN EL GÉNERO Y LOS PERSONAJES

Apoyándonos en la información colonial mencionada y en el corpus iconográfico del que disponemos para la cultura Moche, podemos discernir cuáles son las prendas usadas por los hombres y cuáles las de las mujeres. Así, los hombres usaban los turbantes (pañetes) o vinchas, colocados y combinados de diferentes formas. Probablemente, en el verano solo usaban un taparrapo para cubrir sus partes íntimas, además del turbante o la vincha. En el invierno, usaban turbantes o las vinchas, además del taparrabo, y una camisa, a veces con mangas cortas, a veces sin mangas. Completaba el atuendo, una manta que a veces se usaba como capa, otras para cargar cosas, otras como tapete para sentarse. La vestimenta se complejiza en cuanto a elementos conformantes, en función de la ocupación, el rango o el estatus.

Dentro del género masculino, encontramos ocupaciones que les son tradicionalmente inherentes, tales como la de guerrero, corredor, recolector ritual de caracoles o cazador ritual de focas. Los guerreros visten un casco de forma variable, probablemente de madera, protegido o decorado con diferentes materiales, incluidas plumas, láminas de metal y forros textiles. A veces llevan el torso desnudo, cubierto de tatuajes o pinturas. Otras, el torso está cubierto por una camisa. Abajo, está cubierto por un taparrabo y un faldellín. Un cinturón o fajín completa a veces la indumentaria; de dicha prenda parece colgar el cuchillo ceremonial con hoja tipo tumi. Los sacerdotes, en cambio, llevan siempre un turbante y un camisón como vestimenta básica, además del manto. La indumentaria se complejiza en la medida en que aumenta su rango y status, especialmente en lo que se refiere al tocado. Los recolectores rituales de caracoles y cazadores rituales de focas visten camisa y taparrabo; en la cabeza exhiben penachos o coronas sujetados con una vincha, un turbante o un barbiquejo. En algunas escenas, se observa a guerreros participando en la recolección ritual de caracoles, identificables gracias al uso del faldellín, prenda que parece ser casi de su uso exclusivo.

La vestimenta de la mujer, en cambio, se basa en el uso de un camisón largo, por debajo de las rodillas, a veces ceñido al cuerpo por un cinturón. Cuando la cabellera es larga, trenzan el pelo con un tejido. En algunas escenas, llevan una manta sobre la espalda, o amarrada al cuello cargando un niño o una vasija. Al igual que en el caso de los varones, la vestimenta se complejiza en cuanto a elementos conformantes, en función de la ocupación, el rango o el estatus. La vestimenta más compleja que se observa en la iconografía, es la de la sacerdotisa de la Luna, la cual viste un camisón decorado, un manto, extensiones que parten desde el cuello a manera de bufandas, que terminan en cabezas de serpiente. En la cabeza llevan un tocado conformado por una corona, penachos y borlas.

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Álbum: Huacos Eróticos de la cultura Moche

En el arte de la cerámica Mochica, el sexo se relacionaba con la fecundidad de la tierra. Quizá por ello, a pesar del detalle con el que los artesanos moche modelaron los genitales de sus esculturas, no pusieron mucho empeño en reflejar gestos de placer.  En cambio, abundan las escenas sexuales que nada tienen que ver con la fertilidad, como el sexo oral, la masturbación e incluso el coito con los muertos. He aquí una pequeña muestra de la extraordinaria expresión artística de los moche.




El explícito arte erótico de los moche, unos de los primeros pueblos de América

“Huacos” es el nombre que reciben las cerámicas precolombinas en Perú. Museo LARCO, Lima – Perú.

Sonrojada, una turista señala un enorme pene de cerámica y murmura algo a su esposo. Los dos ríen, aunque parecen más nerviosos que divertidos. La pareja ingresó a un ambiente del Museo Larco de Lima y, sin esperarlo, se vio rodeada de una apasionada orgía de arcilla que lleva celebrándose más de 1.300 años.

Cientos de vasijas de la civilización moche muestran sin pudor cuerpos entrelazados, aferrándose el uno al otro, exponiendo su intimidad y entregándose bajo la media luz de las vitrinas. Frente a todo este despliegue de sexualidad lo primero que uno supondría es que los antiguos habitantes de la región querían exhibir su envidiable intensidad amatoria. Sin embargo, estos “huacos”, como se les llama a las cerámicas precolombinas en Perú, poco tendrían que ver con el amor ni con el placer.

Sexo en el desierto

Las referencias sexuales de las vasijas eran simbólicas. Museo LARCO, Lima – Perú.

Las escenas que inquietan a los visitantes pertenecen a la cultura moche, una civilización que floreció en lo que hoy es la costa norte peruana entre los siglos II y VIII después de Cristo. Aunque eso de florecer, es un decir. La tierra era avara y ruda.
“Los moche se desarrollan en uno de los climas más secos del planeta”, explica el arqueólogo Walter Alva a BBC Mundo.
Alva lideró en 1987 el hallazgo de la tumba del señor de Sipán, un gobernante moche cuyo entierro es considerado uno de los descubrimientos arqueológicos más importantes del continente. “No es que en las vasijas ellos hayan representado su vida diaria. Lo que hicieron fue plasmar escenas rituales y lo erótico está enmarcado en el principio de la vida”, apunta.

Las cerámicas muestran un frenesí de poses sexuales y, para esta antigua sociedad agrícola, el sexo se relacionaba con la fecundidad de la tierra. Quizá por ello, a pesar del detalle con el que los alfareros moche modelaron los genitales de sus esculturas, no pusieron mucho empeño en reflejar gestos de placer.  En cambio, abundan las escenas sexuales que nada tienen que ver con la fertilidad, como el sexo oral, la masturbación e incluso el coito con los muertos. Y como veremos, son justamente estas últimas vasijas las que dan algunas pistas sobre la desaparición de esta cultura.

Ofrendas

En la década de 1960, los menores de edad tenían prohibida la entrada a la sala de los huacos eróticos. Museo LARCO, Lima – Perú.

Cuando el museo Larco trasladó los vestigios moche a Lima en la década de 1960, los menores de edad tenían prohibido ingresar a la sala de los huacos eróticos. Hoy, los colegios organizan excursiones. Sin embargo, la gran mayoría de los casi 120.000 visitantes que recibe al año son turistas extranjeros.
Según la web de viajes Tripadvisor, recorrer este museo es la segunda actividad más popular en Perú, sólo después de la visita a Machu Picchu. “Tenemos unas 45 000 piezas y todas ellas, incluidas las vasijas con motivos sexuales, fueron encontradas en tumbas”, indica Andrés Álvarez Calderón, director del museo.

El arqueólogo Walter Alva lideró el hallazgo de la tumba del señor de Sipán en 1987. Las figuras eróticas apenas representan el uno por ciento de la totalidad de los vestigios, pero su estudio revela un universo que va mucho más allá del sexo. “Estos huacos son ofrendas que reflejan el círculo de la vida. Los moche no utilizaban las cerámicas eróticas para el uso diario”, aclara a BBC Mundo.
Pese a lo que imaginan algunos turistas, los antiguos habitantes del continente no se servían el desayuno en recipientes fálicos.
El sexo en las vasijas era una manera de atraer la lluvia sobre sus campos desérticos y colocarlas en los entierros quería propiciar la fecundidad del campo.
Pero, ¿podían reflejar también su vida sexual?

Dominio del cuerpo

Los moches representaban la eyaculación como una alegoría de las semillas fértiles. Museo LARCO, Lima – Perú.

Mil años antes de la conquista y la llegada del catolicismo, la relación entre los primeros habitantes del continente y sus cuerpos era muy distinta. “Creo que los moche eran mucho más abiertos a la sexualidad que nosotros”, apunta Isabel Collazos, museóloga de la Universidad de Nueva York. “Estas piezas obviamente reflejan también su erotismo. Nos muestran no una sino muchas posiciones, un dominio del cuerpo y del acto de amar”, detalla a BBC Mundo. Sin embargo, Collazos insiste en que las referencias sexuales de las vasijas eran simbólicas y no una foto de la vida cotidiana.

¿Cuál es el simbolismo entonces del sexo oral o el coito con los muertos?

La arqueología moderna aventura algunas explicaciones a las escenas eróticas no reproductivas. En algunos casos, los moches representaban la eyaculación como una alegoría de las semillas fértiles. En ese sentido, la masturbación de un esqueleto de arcilla, por ejemplo, podía ser una súplica para que éste, bajo tierra, propiciase el éxito de los cultivos. Sin embargo, hay otra teoría que resulta aún más dramática.

El fin de una era

Cientos de vasijas muestran sin pudor cuerpos entrelazados.Museo LARCO, Lima – Perú.

Si las escenas de sexo reproductivo invocan la lluvia sobre el desierto, las no reproductivas podrían haber rogado para que llegue la sequía. “Es muy probable que un fenómeno de El Niño devastador arrasase todo su sistema de riego y terminara con la cultura moche”, señala Walter Alva. Así como sucedió en marzo de 2017 con El Niño Costero, el noroeste peruano resulta el área más vulnerable a las lluvias.

“Hay registro de varios fenómenos así en la zona y esto pudo destruir su agricultura y colapsar su estructura social”, agrega el arqueólogo. El pueblo moche habría perdido la confianza en sus autoridades políticas y religiosas y, poco a poco, habría abrazado culturas más exitosas que se expandían desde el sur. Con el paso de los siglos, estos primeros hombres que poblaron el continente dejaron de ver en el sexo una forma de hablar con sus dioses.

 

 

 

Martin Riepl




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El fin de los mochicas: ¿fue culpa del fenómeno El Niño o la política del Estado Mochica?

Los mochicas de la costa norte del Perú parecen haber colapsado no una, sino dos veces. La primera vez, de la que parecen haberse recuperado con cambios significativos en sus formas de organización, ocurrió hacia el 600 d. C., y la segunda, y definitiva, hacia el 850 d. C. Ambas fechas podrían coincidir con eventos climáticos, como fenómenos de El Niño, aunque es difícil establecer una correlación directa por la frecuencia de estos fenómenos. Sin embargo, una de las hipótesis más difundidas, de moda entre los científicos desde la devastación causada por las lluvias de 1983 y 1998, es que las lluvias y los desbordes de los ríos habían sido la causa del colapso mochica. ¿Es esto cierto?

El primer colapso mochica coincidió con el abandono de la Huaca de la Luna, un cambio drástico en los patrones de ocupación del complejo de las huacas de Moche y el inicio de la construcción de la Huaca del Sol. Las excavaciones de Santiago Uceda y Ricardo Morales indican que no solo se trató de una mudanza de la Huaca de la Luna a la Huaca del Sol (y los nombres no son mochicas ni tienen nada que ver con los astros), sino de un debilitamiento de los sistemas políticos y sociales, es decir del Estado Mochica. Los mochicas parecen haberse recuperado de este desastre haciendo cambios drásticos en sus formas de organización y gestión económica, una suerte de modernización administrativa, que implicó formas más seculares de liderazgo.

Doscientos cincuenta años después, en el 850 d. C., se produjo el segundo y definitivo colapso de las sociedades mochicas. Para ese entonces coexistían en la costa norte una docena de diferentes entidades políticas mochicas, pequeños estados y reinos, cada uno con su propia organización, pero compartiendo un sistema cultural y religioso. Prueba de su existencia son las tumbas reales que se han encontrado en Sipán, Úcupe, San José de Moro, El Brujo, Huaca de la Luna, etc. Algunos de estos incluso parecen haber sido gobernados por sacerdotisas. Cada estado Mochica experimentó entre el 750 y 850 d. C. un proceso de colapso del que no se pudo recuperar. Si bien los fenómenos de El Niño, u otras calamidades como terremotos o sequías prolongadas, pudieron ser los catalizadores de estos colapsos, en realidad fue la incapacidad de sus sistemas administrativos, de los gestores del Estado, de reaccionar ante estos eventos, lo que los hizo desaparecer.

El colapso mochica no implicó la muerte de las poblaciones, o el abandono de los campos de cultivo. Los esqueletos de las personas que vivieron en estos tiempos no revelan más estrés alimentario que en períodos anteriores o posteriores, y en cualquier caso los efectos de las lluvias son menores en el campo que en la ciudad, así como la recuperación es más rápida. Tampoco desaparecieron sus idiomas ni mucho de sus rasgos culturales. Lo que colapsó fue su sistema de gobierno y las tradiciones que estaban relacionadas con esta clase gobernante, como la religión mochica y muchos de los espacios, templos, centros ceremoniales, cementerios que se habían desarrollado alrededor de estas prácticas.

El colapso mochica, entonces, más que un efecto de desastres naturales, parece haber sido un rechazo de las formas de organización por parte de un pueblo que se sintió defraudado por sus líderes. Los rituales que estos habían creado para legitimar su poder, los artefactos y estilos artísticos asociados a ellos desaparecieron y dieron paso a sociedades diferentes, Lambayeque y Chimú, pero que continuaron con la tradición de las sociedades mochicas.

El colapso de los mochicas, hace 1.200 años, nos debe dejar una serie de moralejas. En primer lugar, hay que aprender de los errores, y no repetirlos, puesto que tenemos solo una oportunidad de equivocarnos y a la segunda va la vencida. En segundo lugar, la naturaleza no es la culpable de que las cosas vayan mal. La naturaleza es lo que es, el problema somos nosotros que no aprendemos a hacerle frente, aunque creemos que la tenemos bajo control. Y, en tercer lugar, las sociedades que colapsan son generalmente las que se acostumbran a hacer una cosa, sin tener capacidad de adaptarse a los cambios.

Creer que la naturaleza va a ser siempre igual, que si no ha llovido en años nunca más lloverá, que las quebradas están dormidas para siempre, que los volcanes nunca despertarán, es posiblemente lo que llevó al final de los mochicas. No culpemos al Niño, sino a nosotros mismos. Los Niños seguirán ocurriendo, pero los mochicas ya no están aquí hace 1.200 años.

Escribe: Luis Jaime Castillo B.
Fuente: El Comercio




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Cultura Mochica: Magia sexual en el Perú antiguo

¿Qué intentaban decir los antiguos peruanos, especialmente los moches, a través de esa rica gama de huacos eróticos que fabricaron con celo descriptivo y que hoy, muchos siglos después, asombran por su variedad y desenfado? Se ha dicho que reflejan la intensa, casi envidiable sexualidad de los pretéritos pobladores de estos pagos. Se ha dicho, también, que su arte buscaba fines pedagógicos e incluso que sus desproporcionados órganos, así modelados en tiesa arcilla, indicaban el abuso de sustancias tóxicas derivadas de la hoja de coca.

Federico Kauffman Doig se burla de esas creencias y asegura que dichas vasijas e incluso algunos monumentos arquitectónicos de perfil fálico contienen un mensaje mágico y religioso, y evidencian un arraigado culto a la fertilidad que surgió en una tierra avara y ruda, a la que sus habitantes primigenios lograron arrancar frutos solo luego de muchos esfuerzos.

El doctor Kauffman Doig, uno de los arqueólogos más inquietos de la actualidad, empezó a familiarizarse con los testimonios del erotismo en el antiguo Perú hace 40 años, cuando –recién graduado- fue tomado como secretario en el Museo Nacional de Arqueología y Antropología del Perú. En esa época los huacos eróticos eran escondidos en cuartos bajo llave, ocultándolos de la mirada del público. Sólo tenían acceso a ellos los investigadores extranjeros recomendados por el ministro de Educación. Por lo común sus escenas nada veladas abochornaban o eran objetos de suspicacias y risitas mal reprimidas.

Invitado por Mircea Eliade, Kauffman Doig participó en 1987 en su Encyclopedia of Religion con un capítulo sobre el Perú antiguo, una oportunidad valiosa que le permitió profundizar en la religión andina, la cual encontró estrechamente ligada a la magia sexual. De hecho, Kauffman Doig ya había sido autor de una pequeña obra acerca de la sexualidad moche.

Según señala con efusivos ademanes, la religiosidad andina ha sido totalmente distorsionada, inventada en buena cuenta en base a algunas leyendas tejidas por los misioneros para dirigir los pensamientos religiosos de acuerdo al cristianismo. De esta manera nació un dios postizo, Wiracocha, especie de Jehová peruano todopoderoso. “Encontré que en el fondo era uno de los tantos nombres que recibía el dios del agua. Era muy importante porque el hombre de la antigüedad estaba sometido a tiempos de sequía o de lluvias torrenciales relacionadas a El Niño. Luego de una investigación en Apurimac pude concluir que los dioses del pasado no eran nada asexuados”, narra.

Un dios que da el agua necesita de una contraparte, la Pachamama. Según las creencias prehispánicas el agua fecundaba a la Tierra, una mujer que procreaba y surtía de alimentos. La vida espiritual del antiguo Perú estaba impregnada del tema sexual. Los recipientes eróticos no tenían una función pornográfica sino mágica. En algunos casos contenían esencias litúrgicas. Los grandes falos de sus vasijas no habrían tenido otro propósito que facilitar la bebida de dichos mejunjes. Sorbete o cañita, como le dicen. En todo caso, la feliz puesta en práctica de las artes amatorias podía considerarse, por mecanismo mágico, como un llamado a la abundancia de la Tierra y el exorcismo de la miseria.

Sin embargo, alejándonos de estas interpretaciones, hay detalles en la cerámica moche que muestran algunos usos particulares. La casi ausencia de besos durante la escena coital contrasta con el reiterativo manoseo mutuo, la mujer casi siempre estimula el miembro viril del varón mientras él roza el mentón de ella. El tema de la homosexualidad, masculina y femenina, también está presente en algunas vasijas.

“Es frecuente ver representaciones de coito per anum en el lecho mientras la mujer abraza un bebé. Esto refuerza la idea de que las madres de esa época no querían tener hijos mientras daban de lactar. He visto en las mujeres del campo, hoy, que evitan concebir luego del parto, por el hecho de que ven suspendida su producción de leche. En la época antigua no había manera de conseguirla de otra fuente. Curiosamente la leche de llama no era usada”. La alta proporción de escenas de este tipo sugiere control de la natalidad.

Esto no quiere decir que los moches sólo recurrieran a esa práctica erótica con propósitos anticonceptivos. “Probablemente era realizada sin otro fin que el goce”, agrega Kauffman Doig. “Después de todo, los moches eran personas como cualquier otra”.

Sus representaciones sexuales significan sólo el dos por ciento de su obra cerámica, lo cual echa por tierra aquella supuesta fijación por el sexo. Esto era apenas una parte de todas las actividades que pudieron plasmar con su inconfundible estilo. Las abundantes representaciones de mujeres manteniendo relaciones con esqueletos sugiere la concepción de alianzas amorosas que iban más allá de la muerte, en algún Cielo o Purgatorio de cuyos patéticos detalles ya nos es imposible tener testimonio.

Fuente: Revista Rumbos de Sol y Piedra
Cultura Mochica: Magia sexual en el Perú antiguo




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Las aves en el mundo mochica

Walter Alva Alva / Arqueólogo, descubridor del Señor de Sipán

Los mochicas fueron una cultura preinca que se desarrolló en la costa norte de Perú entre los siglos I al VI. Los restos de colosales templos piramidales, palacios y obras de irrigación, así como maravillosas obras artísticas constituyen testimonios de su esplendor. En la cerámica, su más conocido y singular legado cultural, plasmaron imágenes de divinidades, hombres, animales, plantas y complejas escenas que muestran una extraordinaria perfección, calidad expresiva y valor documental. Este arte constituye un lenguaje gráfico que perennizó su organizada sociedad, compleja ideología y conocimiento del entorno natural.

 

El arte mochica representó diversas especies de aves. Foto: Archivo Rumbos

En cuanto a las aves, lo mochicas domesticaron para su alimentación el pato joque o criollo (Cairina moschata); heredado hasta hoy. A su vez, esta etnia sustentó su civilización en una admirable tecnología agraria que le permitió vencer al desierto con ayuda de la variada cantidad de aves marinas, como pelícanos, guanayes, gaviotas y piqueros que producían un soberbio fertilizante, conocido en la actualidad como “guano de las islas”. Algunas aves como guacamayos y loros fueron capturadas para mascotas. Excepcionalmente existen algunas representaciones de pesca con cormoranes. El plumaje de algunas aves multicolores fue utilizado para confeccionar suntuosos tocados, coronas y mantos que identificaban la jerarquía de los hombres.

En la cerámica mochica se aprecian distintas aves. Foto: Archivo Rumbos

La Sacerdotisa Lechuza

En su compleja y maravillosa religión, los mochicas incorporaron imágenes de aves que tuvieron un rol simbólico en condición de emblemas o antepasados míticos de sus gobernantes; así, las águilas y los búhos aparecen asociados a las funciones de jefes supremos y sacerdotes, como seres que dominan las esferas del día y de la noche. Otras especies como el pato “pico de cuchara” fueron vinculadas a los rituales de fertilidad y los ciclos de renovación del tiempo por sus costumbres migratorias.

Los buitres y cóndores eran venerados por representar el tránsito hacia el mundo de los muertos. En otros casos, halcones, cernícalos y colibríes complementan dinámicas escenas de combates y carreras rituales para expresar valor y agilidad.

Los ornamentos de oro o atuendos rituales descubiertos en las suntuosas tumbas de sus dignatarios muestran estas simbólicas representaciones.

El más sorprendente aspecto de la religión se advierte en la actuación de seres míticos o aves antropomorfizadas que cumplieron el rol de divinidades supremas y secundarias,  como el Guerrero águila y el Guerrero búho, las Mujeres buitres, la Sacerdotisa lechuza, el Hombre pato, Hombre colibrí y Hombre halcón.

Las aves estuvieron relacionadas a los rituales religiosos. Foto: Archivo Rumbos

Las aves inspiraron a los moches. Foto: Archivo Rumbos

Los hombres-aves volaban conectando la tierra y el cielo, imponiendo el orden y marcando el ritmo de los astros, guiaron las embarcaciones y ayudaron a la pesca, desarrollando combates y carreras; de esta manera estaban siempre presentes en el mundo de los hombres.

Como en todas las grandes civilizaciones del mundo antiguo, las aves sirvieron y convivieron con los mochicas inspirando los principios supremos de su cosmovisión.

 

 

Fuente: Diario La República




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Desarrollo cultural de los Mochica

Valle de Moche

Valle de Moche

Los moche ocuparon dos grandes territorios de  la costa Norte del Perú, teniendo a través de sus casi 800 años de historia varios centros políticos.

El territorio donde se desarrollaron los Moches es un desierto interrumpido por estrechos pero fértiles valles, donde fue posible la agricultura a gran escala. A la vez, sus costas están bañadas por un mar rico en recursos de pesca y recolección.

el centro de la vida religiosa y política de los Moche eran pirámides o Huacas construidas con millones de adobes de barro. En ellas se desarrollaban los rituales mas importantes y eran el lugar donde se sepultaban a las principales autoridades. Si bien hoy en día estos majestuosos edificios se van erosionando por las lluvias, tal como en el caso de la Huaca del Sol, estaban revestidos de impresionantes murales como los descubiertos en la Huaca de la Luna.

Huaca de la Luna, Provincia Trujillo, Departamento La Libertad

 

Huaca del Sol, Provincia Trujillo, Departamento La Libertad

 

 




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Los Moche en las Huacas del Sol y de la Luna

Cosmovisión Moche

Hasta hace poco la etnohistoria era la única fuente de información sobre los comportamientos rituales y las cosmovisiones religiosas de los pueblos andinos antiguos. Sin embargo, los hallazgos arqueológicos de tumbas de élite ocurridos durante los últimos años en la costa norte del Perú han permitido plantear nuevos enfoques sobre el tema.

Las investigaciones actuales indican que en la idiosincrasia de la sociedad mochica, el ejercicio del poder se fundamentaba en rituales que cumplían funciones religiosas, políticas, administrativas y económicas. Estos rituales se realizaban de acuerdo a un calendario ceremonial.

Se considera que el Ai Apaec, o Dios de la Montaña era la principal divinidad mochica, que tuvo variadas representacines, según el rol que se le asignara en cada momento o época.

Sin embargo, los antiguos mochicas también ridieron culto a otras divinidades, a las que atribuían el poder de dominar las fuerzas de la naturaleza.

Arte

Sin duda, los mochicas alcanzaron un gran desarrollo artístico, que se evidencia por la excelente calidad de sus iconografías arquitectónicas (relieves, pinturas murales) pinturas murales, objetos de cerámica, metal, madera, textil y otro materiales que trabajaron.

Cerámica

La cerámica mochica tiene dos colores predominantes: rojo y crema. Ellos utilizaron moldes para fabricar sus objetos de cerámica, tanto de uso doméstico como de uso ceremonial.

Estos últimos generalmente tienen base de forma globular y decoraciones que reflejan la cosmovisión e ideología del pueblo mochica. Analizando la iconografìa de la cerámica, los investigadores actuales también pueden conocer interesante información sobre la vida de los moches: ceremonias funerarias, ceremonias rituales, paisajes, viviendas, guerras, enfermedades, etc. La cerámica de uso ritual demuestra el desarrollo artístico que alcanzaron los mochicas.

Metalurgia

Los mochicas llegaron a ser excelentes metalurgistas. El estudio de las joyas del Señor de Sipán (soberano mochica encontrado en Lambayeque, que fue contemporáneo a los señores que debieron gobernar la Huaca de la Luna) demuestra que ellos desarrollaron técnicas muy sofisticadas para la fabricación de objetos de metal, que los europeos no conocieron hasta los siglos XVIII y XIX.

Un ejemplo de ello son los objetos de cobre dorado. Para fabricarlos los mochicas emplearon aleaciones que contenían un bajo porcentaje de oro, pero usando la técnica tumbaga (parecida al electrólisis), lograban que el oro aflore hacia la superficie.

Arquitectura

La Huaca de la Luna es una pirámide trunca que fue construida en un paisaje enmarcado por el Cerro Blanco y el río Moche. Está formada por millones de adobes. Su aspecto y altura final, que alcanza de 210 a 290 metros (según el sector que uno mida) es resultado de un largo proceso de remodelaciones y ampliaciones, realizadas a través de la superposición de por lo menos seis edificios.

Es decir, los ambientes de los edificios más antiguos fueron rellenados sucesivamente por los mismos mochicas, usando bloques de adobes tramados para construir sobre ellos otros edificios de mayor altura y amplitud. Los trabajos de reconstrucción fueron aprovechados para construir en el interior de los rellenos, algunas cámaras funerarias destinadas a los representantes de la élite.

Los rellenos de los edificios fueron hechos utilizando avanzadas técnicas de construcción, que permiten la elasticidad de las estructuras, para que puedan balancearse, sin destruirse durante los movimientos sísmicos.

Según los cálculos de los investigadores, los muros de la Huaca de la Luna conservan unos 10,000 M2. de superficies polícromas, de los cuales actualmente sólo se muestran unos 1 500 m2 a los turistas.

Varios siglos después de la caída del reino Mochica, los miembros de la élite Chimú (pueblo descendiente de los Moche, que se desarrolló en la costa norte del Perú entre los siglos IX y XV después de Cristo) ocuparon algunos sectores de la Huaca de la Luna, y construyeron cámaras funerarias allí.

Desarrollo Urbano

El estudio de la ciudad ubicada entre las Huacas del Sol y de la Luna se inició en 1995, para comprender cuál fue la situación social y política que permitió la construcción de ambos templos; que a juzgar por sus grandes dimensiones fueron construidos por una sociedad muy poderosa.

Los restos de la citada ciudad abarcan actualmente unos 500 metros, y aunque no se les puede ver sobre la superficie, las excavaciones arqueológicas que se han realizado allí durante temporadas anteriores han aportado interesante información sobre la estructura socieoeconómica de los moche, y el nivel de desarrollo urbano y estatal que ellos alcanzaron.

En base al estudio de los restos de cerámicas, metales y otros materiales de uso ceremonial que fueron encontrados en los talleres de artesanos, que aún se conservan en la ciudad, los investigadores sostienen que ésta fue habitada por personas correspondientes a la élite mochica, responsables de los servicios que se realizaban en ambos templos, comunmente llamados huacas.

Planificación Urbana

Para considerar como ciudad a un centro urbano arqueológico, allí deben existir elementos básicos como áreas de producción industrial, zonas administrativas, viviendas de elite, zonas de servicio para los residentes (mercados, depósitos, agua, etc.), servidores y templos. Según los resultados de las investigaciones arqueológicas realizadas en el centro urbano ubicado entre las Huacas o templos del Sol y de la Luna, por este motivo lo consideraremos como ciudad.

Según las investigaciones realizadas hasta el momento, la ciudad presenta una planificación ortogonal, donde hay callejones de 1.8 metros de ancho, que separan los grupos de viviendas. Los citados callejones conducen hacia espacios abiertos, de unos 20 metros de lado (en promedio), a los cuales los investigadores llaman plazas.

Resulta interesante observar que además de callejones existió una gran “avenida”, que separó al centro urbano de un área más elitista, donde la arquitectura tuvo una función intermedia entre lo sacro y lo doméstico. Por este motivo, los relieves polícromos que se observan allí están ligados al templo o Huaca de la Luna.

Según los arqueólogos es probable que también existan otras “avenidas” que separan al centro urbano de la Huaca del Sol, pero esa aún es una hipótesis que deberá ser confirmada a través de las investigaciones Arqueológicas.

Es oportuno destacar que la planificación de avenidas, callejones, plazas y la presencia de canales de abastecimiento de agua como los que se han encontrado en la ciudad, demuestra que allí hubo un poder central capaz de definir los trazos y que la sociedad Moche alcanzó un gran nivel de organización.

Vida Doméstica

Las investigaciones arqueológicas realizadas hasta el momento indican que en la Huaca de la Luna no se realizaron actividades domésticas, ya que fue un templo de uso exclusivamente ceremonial.

En la explanada ubicada entre las Huacas del Sol y de la Luna se asentó la población de élite, cuyas actividades estaban vinculadas a los servicios para la Huaca de la Luna (vivían sacerdotes, alfareros, metalurgistas y otros artesanos que fabricaban objetos de uso ritual).

La gente del pueblo vivía en los alrededores de la Huaca de la Luna, y no ingresaba al templo.

 

Organización

La sociedad Mochica fue altamente jerarquizada, y estaba dominada por una élite gobernante que concentraba el poder político, militar y económico.

El poder de la élite se basaba en un estructurado y rígido conjunto de ceremonias rituales; donde las más importantes eran sin duda los sacrificios humanos. Pocas veces las mujeres asumían roles de mucha importancia en los rituales, exceptuando a la sacerdotisa que se encargaba de la preparación de los prisioneros y la presentación de la copa con sangre de la víctima.

Por debajo de la élite estaban los administradores y artesanos, y en la base de la pirámide social se encontraban los campesinos.

Señor Mochica
Guerrero
Noble
Artesano

 

Rituales

En su época de auge, entre los años 450 y 650 después de cristo, la Huaca de la Luna (Perú) estaba formada por dos plataformas intercomunicadas mediante tres plazas, y se ingresaba a ella por el lado norte de la plaza principal, donde se han encontrado vestigios humanos con huellas de haber sido sacrificados.

Según los investigadores, tales sacrificios no se realizaban por el simple hecho de derramar sangre, sino para agradar a los dioses que dominaban las fuerzas de la naturaleza y ordenaban la vida.

La Huaca de la Luna, ubicada en un paisaje dominado por el Cerro Blanco, tuvo una fachada de apariencia majestuosa, que conducía a pasadizos cada vez más estrechos, donde en un determinado punto del recorrido los visitantes tuvieron que formar “fila india” para continuar avanzando.

La creciente estrechez de los caminos que conducen hacia la plataforma donde se realizaban las ceremonias rituales, evidencia que los sacrificios se iniciaban con ceremonias realizadas en una plaza pública; pero continuaban y concluían en recintos privados, donde sólo estaban el sacerdote oficiante y algunos miembros de la élite mochica.

Es oportuno insistir que en la cosmovisión mochica, los sacrificios humanos no respondían a un simple afán de violencia, sino a creencias religiosas que estaban muy arraigadas en un pueblo que dependía de las fuerzas del sol, las montañas, el mar, los vientos, los ríos, las lluvias y la tierra, para continuar viviendo.

La primera plaza era suficientemente amplia para acoger miles de personas. Desde allí los visitantes podían apreciar las imágenes que hasta ahora adornan las paredes internas del recinto, y el inicio de las ceremonias rituales.

Había una segunda plaza de dimensiones menores a la primera, que podía acoger a un número menor de personas.

La tercera plaza presenta tres sectores correspondientes a distintas épocas de uso del monumento arqueológico. Allí se encontraron restos de personas que fueron sacrificadas durante las ceremonias rituales.

Por los signos de calcinación que muestran algunos restos humanos sacrificados en la Huaca de la Luna, los antropólogos físicos deducen que después de los sacrificios, los cuerpos eran dejados a la intemperie durante largos periodos de tiempo.

Recientes estudios de ADN mitocondrial, que fueron realizados comparando los restos humanos recuperados de las tumbas correspondientes a personajes de élite, artesanos y sacrificados; demuestran que las personas que fueron entregadas como ofrendas a los dioses, no fueron traídos de otros pueblos, sino que eran guerreros profesionales, pertenecientes a la misma etnia mochica.

El ADN mitocondrial se obtiene a partir de la dentadura. Las investigaciones realizadas a partir de él ofrecen ciertas limitaciones, ya que no permiten conocer la secuencia genética completa del individuo estudiado, sino sólo la ascendencia materna. Generalmente se le usa cuando no hay restos de tejidos con ADN vivo, que permitan hacer estudios de ADN más completos, que arrojen información sobre la secuencia genética materna y paterna.

Restos de prisioneros mochicas sacrificados.

Alimentación Mochica

Los estudios de la dieta Moche, que los arqueólogos -y otros investigadores de ciencias afines- realizan en base al análisis de los materiales orgánicos (restos de huesos cocinados, semillas, etc.), que han sido recuperados de la ciudad ubicada entre las Huacas del Sol y de la Luna son importantes para conocer la vida doméstica, por ejemplo cuales fueron los hábitos alimenticios de los Moche.

Para encontrar los materiales orgánicos que resultan muy pequeños, los arqueólogos tamizan el desmonte extraido de las excavaciones, una y otra vez, usando rejillas con orificios de diferentes dimensiones. Las semillas, huesos y demás restos de alimentos que van quedando sobre la superficie del tamiz son clasificados para luego analizarlos en los laboratorios, con el objeto de obtener información respecto a su especie, antigüedad, densidad, etc.

Según los investigadores, los pobladores más poderosos tuvieron capacidad para obtener mayor variedad de alimentos, vestuario confeccionado con materiales procedentes de regiones lejanas, etc.
Considerando que los patrones de consumo revelan la capacidad que tuvieron los pobladores para obtener determinados recursos, podemos concluir que los estudios de la dieta Moche también contribuyen a identificar cuáles fueron los grupos sociales que ocuparon la ciudad ubicada entre ambas huacas o templos.

Conservación

Desde que se iniciaron los trabajos de investigación, en 1991, el Proyecto Arqueológico Huaca de la Luna aplica una política y metodología de excavación interdisciplinaria, para asegurar la correcta recuperación de la información científica y la conservación inmediata de los restos arqueológicos (pinturas murales, relieves, huacos, textiles y otros materiales).

El Proyecto respeta la condición de “obra de arte en actual estado de ruina”, de la Huaca de la Luna, por eso el antiguo templo Moche no ha sido restaurado. Es decir, allí no se han repuesto los muros que ya habían desaparecido, ni se han retocado los colores que estaban deteriorados.

Solamente se han realizado trabajos de conservación y consolidación, consistentes en anular las causas del deterioro constante, como evitar que la luz del sol, la lluvia y el viento caigan directamente sobre las superficies polícromas; aplicar productos químicos para anular la acción de las bacterias que destruyen los componentes orgánicos de los muros y colores; y reforzar las estructuras que estaban a punto de caer, para rescatar el valor documental y estético del monumento arqueológico.

Para garantizar mejores resultados, el Proyecto ha puesto especial atención carácter interdisciplinario de los trabajos de investigación y de conservación del antiguo templo Moche. Por ese motivo se cuenta con el constante aporte de diferentes especialistas como biólogos, químicos, climatólogos, ecólogos, y otros.

Es oportuno destacar el Proyecto aplica una política de conservación preventiva, siguiendo una metodología de trabajo que ha sido diseñada para responder a la problemática específica de la Huaca de la Luna, respetando los principios vigentes a nivel internacional, como la Carta de Venecia, la teoría propuesta por Cesare Brandi y las recomendaciones de la UNESCO.

 

 

 




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The Moche Culture – Material Culture and Technology

The Moche produced technologically sophisticated ceramics and works in metal; nonetheless, ceramics continue to command most of the attention of specialists and nonspecialists alike.

Pottery

Generally, Moche ceramics are two-colored: red on cream. These colors exhibit a range of hues, which became darker in the final phases of Moche culture. Moche potters used molds for the bodies of the pots as well as for attachments or seals which they applied to create decorations in relief. The sculptural ceramics are notable for their realism and size and some are inlaid with mother-of-pearl, bone or even small pieces of gold. The pictorial scenes, though only two-dimensional, are complex and were created with fine brush strokes that traced incisions made before painting. The most common shapes are bottles with globular bodies and stirrup spouts; vessels with flaring rims; flaring bowls, also called flower vases; figurines, whistles, etc. The majority of decorated Moche ceramics were intended for ritual funerary uses.

Metallurgy

Moche metallurgy was extremely sophisticated. Moche smiths worked primarily with sheet metal which they hammered into three-dimensional shapes. Copper formed the basis of Moche metallurgy, and smiths created gold-copper and silver-copper alloys. They were also familiar with sweat welding as well as repoussé and casting. Lost wax casting was known but not as commonly used as in other parts of the Andes. Smiths also developed bronze. Objects in metal not only had ritual uses, such as headdresses, masks and jewelry, but also served as weapons, agricultural tools and tweezers, etc.

Weaving

Although few Moche textiles have survived, those that are known are finely woven. Moche weavers were familiar with tapestry, brocade and openwork weaves. Cotton was the most frequently used material, followed by alpaca fiber. Feathers were often used to decorate textiles, especially headdresses and mantles.

Architecture

Adobes (sun dried mudbrick) were the most commonly used Moche building material. Stone set in mud, however, as well as cane and mud (quincha) were used to construct the homes of poorer people.

Urban settlements are typified by public buildings constructed on platforms, with enclosures decorated by richly-colored murals or friezes, and gabled or shed roofs supported by pillars, pilasters or columns. Windows were set low or high and, in general, doorways had high thresholds. These buildings served either public or private ceremonial functions.

Around and among these buildings stood the residences of the governing elite, built of adobe with plastered walls and carefully finished floors. Many walls had niches. Next to these houses, some of which may have been grouped together to form districts, were the homes of artisans, such as potters and metal workers. We don’t know where administrators and traders had homes, although these types of structures are more evident in the final phase of Moche at the site of Galindo in the Moche valley and at Pampa Grande in Lambayeque.

Agriculture

Without irrigation canals, life in the coastal valleys would have been impossible. In the Lambayeque valley alone, scholars estimate that 35 less land is cultivated today than by ancient Peruvians 1,000 years ago. There are several reasons for this: first, the characteristics of the irrigation canals and depopulation following the European conquest, coupled with accelerated desertification. The variety of field systems indicates that the Moche controlled the quantity of water for their crops. Crops cultivated by the Moche include all those domesticated in the Andes in general, such as maize, squash and beans.

 

Fuente: huacas.com




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The Moche Culture – Origins and Its Territorial Extent

The origins of the Moche culture are one of the most hotly debated issues among scholars of Andean prehistory. The discoveries at Sipán by Walter Alva and his team have forced researchers to reevaluate Larco’s pioneering proposals, made more than 50 years ago. The appearance of Moche in the Lambayeque valley at the end of the first century A.D. is one argument scholars use to propose that early on there were two independent centers of Moche society, linked by ceremony and sacred ritual. This era lasted until the end of the Moche III phase (A.D. 400), when the southern Moche dominated the northern one through military conquest up to the seventh century A.D.

At its apogee the Moche sphere extended from Piura in the north to Huarmey in the south, with the Huacas del Sol y de la Luna serving as the urban and ceremonial center of this vast territory. The loss of prestige by Moche elites and the influence of foreign cultures from the central coast and highlands marked the beginning of the end of Moche society.