Winicunca: montaña de colores

Se miran, me miran; se ríen, me río… aunque se rían de mí, aunque no entienda sus bromas. Ellos hablan en quechua. Yo no; entonces, sonrío para no parecer un tonto o, mejor dicho, menos tonto en esta mañana en la que soy el perfecto hazmerreír. Lo reconozco. Lo sé. Lo comprendo. Por eso no me incomodan ni molestan aquellas burlas que tienen poco de maldad. No hieren, más bien contagian. De todos modos, me acicatea la curiosidad por saber qué es lo que comentan. Decido preguntarles y, otra vez, vuelven a mirarse y a mirarme, pero no se animan a responder ni en quechua ni en español (su segunda lengua). Solo agrandan sus sonrisas y cotilleos antes de marcharse a toda prisa sin trastabillar ni resbalarse. Los miro alejarse, aún tienen la sonrisa. Ellos tampoco se agitan ni sienten que su corazón vaya a estallar. Los envidio. Quisiera andar como ellos, recorrer esta inmensidad hasta tocar el cielo.

Vinicunca, travesia a todo color

Es imposible. No puedo, por más que lo intento no encuentro la manera de asentarme bien sobre la nieve. Parezco un equilibrista en una cuerda loja y jabonosa a miles de metros sobre el nivel del mar, de ese mar a cuyas orillas nací y crecí, de esa costa desértica en la que sigo viviendo y en la que no hay granizadas, mantos de hielo ni montañas que conversan con las nubes. Soy un extraño confundido que compara la nieve con una gigantesca raspadilla y
les busca formas a las nubes esponjosas. Soy un forastero que entretiene su cansancio tratando de recordar qué sintió la primera vez que fue golpeado por el granizo o se acercó a las faldas de una cumbre congelada.

Soy un viajero que se aleja de los dominios del apu Ausangate, para enrumbar su inquietud hacia un cerro a todo color. Sí, soy todo eso y, además de eso, el personaje que genera las risas de un arriero y un llamero, porque ‘patino’ cada vez que me muevo y desciendo en cámara lenta, mientras pongo una cara digna de película de terror; porque lo miro todo con ojos de descubrimiento, para luego escribir jeroglíficos en las páginas de una libreta humedecida o hacer fotografías asumiendo posiciones inverosímiles.

Explorar en la altura Así voy remontando las ondulaciones de un territorio sin pueblos ni estancias. Solo silencio, inmensidad y las apariciones fugaces de una vizcacha, de una tropilla de vicuñas, de un grupo de llamas cargueras y bien alimentadas, porque así están tranquilas y aguantan el trajín del cuarto día de la Vuelta al Ausangate, la jornada kilométrica por encima de los 4000 metros sobre el nivel del mar que conduce a Winicunca o Vinicunca.

Una montaña de colores, de siete colores que no son los del arcoíris ni los del sabroso platillo popular que se sirve en los mercados y en las carretillas. Son otros. Son únicos, tal vez porque esas franjas polícromas que la hermosean, fueron ‘pintadas’ por la naturaleza con los minerales atesorados en las entrañas y en la supericie, creando una obra única.

Pocos sabían de la existencia de esta cumbre de 5,200 metros de altitud. Su visión era un privilegio reservado a los vigorosos andariegos que se animaban a explorar durante cinco días los dominios del Ausangate, la cumbre más alta del Cusco y de la cordillera de Vilcanota, el lugar de peregrinación de cientos de miles de personas que se acercan a su gélida grandeza, para venerar al Señor de Qoyllur Riti, la ‘estrella de la nieve’. Y es que no todos los caminos conducen a la monta-ña colorada. Al contrario, son escasos y ninguno es sencillo, siendo esa una de las razones por la que no atraía a los enjambres turísticos que revolotean por el antiguo ombligo del mundo andino. Pero eso cambiaría. Se dice que fueron las redes, que allí apareció un video que se hizo viral, despertando un inusitado interés de los aventureros. Poco importaba si la zona estaba preparada para recibir de un momento a otro a centenares de visitantes. Nadie se interesaba por saber si existían servicios o seguridad adecuados para los turistas.

Después ya se verá. Ahora vamos nomás a Winicunca. Todo vale cuando se trata de llenar la custer o el bus. Ya en la ruta se verá si los clientes disfrutan o sufren como condenados la travesía, si es que lo logran. Físico y resistencia es lo que se necesita para disfrutar de un cerro que parece un lienzo. Desde su cumbre –al seguir la ruta del Ausangate se accede por su parte más alta– se otea un panorama quebradizo y se admira el ascenso de los que partieron de madrugada desde el Cusco. Ellos retan a la pendiente, al viento, a la altura, a su cansancio. Los miro, no me miran. Sus ojos están clavados en el horizonte mientras pronuncian palabras que no son en quechua ni en español. Son otras lenguas que desconozco, pero que las entiendo. Y es que en este cerro convertido en colorida Torre de Babel, solo se pueden expresar satisfacción y sorpresa, aunque en la ruta uno trastabille o resbale, generando las risas de los arrieros y llameros.

 

Andina

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