SANTA CATALINA: Mística atracción

convento-santa-catalina-arequipaNingún edificio describe mejor la arquitectura mestiza de Arequipa que el monasterio de Santa Catalina. Este espacio de reafirmación católica funciona como una ciudadela pensada para la reflexión.

Es fácil llegar. Ubíquese en la plaza de armas, donde el famoso Tuturutu de la pileta le dará la bienvenida . El Tuturutu es el nombre que se le da al personaje de bronce erigido en lo alto de la pileta, que representaría, quizá, a un ángel, a un soldado del siglo XVI o, más exactamente, a un pregonero colonial. Hacia el costado izquierdo de la gran catedral se extiende la calle Santa Catalina. Mejor pista para ubicar el monasterio no puede haber. En esa misma calle, a solo un par de cuadras, la puerta de entrada invita a la visita y, por qué no, al recogimiento.

Soy primerizo en esto de las visitas al monasterio y me invade la curiosidad, como cuando un niño quiere descubrir algún regalo. Así me siento mientras hago las gestiones para ingresar. No sé si sea magia, pero cada vez que entro en uno de estos lugares, el contraste entre el ruido de la calle y la silente atmósfera que reina en los interiores me deja perplejo. Ese olor a madera y adobe antiguos, a óleo centenario, a barniz vetusto y a velas titilantes hacen un todo que relaja. Con discreción y casi en estado contrito, inicio el periplo y me sumerjo en siglos de historia.

Todo comenzó en el lejano siglo XVI, cuando –según me comentan– una de las viudas más ricas de Arequipa, doña María de Guzmán, dona todos sus bienes al convento que el cabildo –especie de municipalidad de la época– había empezado a construir en unos solares muy cerca de la plaza principal. Además, decide recluirse en él, siendo la primera novicia y su primera priora. Desde aquel primigenio 1579, año de su fundación, el monasterio de Santa Catalina cobijó, en clausura total, a mujeres de diversos estratos sociales. Poco a poco, fue ganando fama de exclusivo debido a que las familias de rancio abolengo procuraban enclaustrar a una o algunas de sus hijas con el in de ganarse indulgencias con la Iglesia católica, tan poderosa en esos momentos.

Ciudadela escondida

Dada su rigidez monacal, este cenobio permaneció con un velo de misterio durante centurias y no fue revelado a los ojos del común de las personas hasta casi 400 años después de fundado. Arequipa no pudo tener mejor regalo aquel 15 de agosto de 1970, día en que el monasterio de Santa Catalina abre sus pesados portones al turismo, revelando las maravillas de esta vieja ciudadela que respira dentro de la gran urbe mistiana. ¿Una ciudadela dentro de Arequipa? Así es. “Tómate tu tiempo, pues más que recorrer el convento, visitarás una réplica de ciudad española que te asombrará”, me dijeron. Camino meditabundo, hay que guardar la compostura en lugares como este. Mientras lo recorro, las callecitas que se dibujan en sus cerca de 20,000 metros cuadrados llevan nombres de ciudades españolas. Por un momento, estoy en la calle Sevilla, al rato en Córdova y, más tarde, en Málaga y Burgos. Es verdad, es una ciudadela dentro de la gran ciudad, con el imponente marco de los volcanes Misti y Chachani.

Me decanto con la tranquilidad que exudan sus paredes internas y los vibrantes colores de las fachadas, cuya arquitectura es fruto de las diversas épocas por las que el monasterio ha pasado. Un detalle interesante es que, como varias de las novicias provenían de las familias más prósperas de la ciudad, no tuvieron mejor idea que construir, dentro de sus celdas, todo tipo de comodidades, y hasta sirvientas les era permitido tener. Muchas de las celdas contaban con sala, comedor, cocina, una habitación para la novicia y otra para la servidumbre. Incluso, algunas tenían un pequeño patio para –según refieren– no perturbar sus oraciones con cuestiones mundanas.

Sea como fuere, recorrer esta ciudadelaconvento resulta una experiencia mística. La tranquilidad es única, a pesar de la gran cantidad de turistas. Desde que accedí al patio del silencio, pasé por el azul claustro de los naranjos, me deleité con los rojos y naranjas fulminantes de las callejuelas, hasta llegar a la singular lavandería, donde aún existen antiguas tinajas de lavado; se me hace que, hace rato, el tiempo se ralentizó. Y así, como en cámara lenta, tomo contacto con el panorama que se tiene de la cúpula del templo mayor, desde la señorial plaza Zocodover.

Dimensión artística

Minutos más adelante, la extraordinaria pinacoteca maravilla la vista con sus más de 400 cuadros, correspondientes a la época virreinal.

Un coro de monjas entona un conmovedor salmo; no se las ve, pero sus voces se apoderan del ambiente, cerrando con este seráfico broche de oro una visita inolvidable.

El devenir de la vida suele ir por caminos insospechados, como lo hizo con doña María de Guzmán. Ella jamás imaginó , aquel remoto 1579, que Santa Catalina se convertiría en uno de los monasterios más impresionantes del mundo, que sigue y seguirá cautivando, como lo hizo conmigo, a todo el que recorra sus viejos y vibrantes pasillos.

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