Q’eswachaka: herencia inca en las alturas

Hace 600 años cuatro pueblos cusqueños se encargan de reconstruir el último puente inca Q’eswachaka. Hace ocho declarado por la Unesco como Patrimonio Cultural de la Humanidad. Conforma parte de la red vial Qhapaq Ñan.

La algarabía irrumpe el silencio de las alturas andinas. Cientos de campesinos han llegado a uno de los extremos del cañón del río Apurímac, en el distrito de Quehue, provincia de Canas. El clima se impregna entonces del sentimiento festivo de una multitud. Ha empezado la renovación anual del Q’eswachaka, el último puente inca.

Los campesinos de las comunidades Winchiri, Choccayhua, Chaupibanda y Ccollana Quehue reconstruyen el puente desde hace casi seis siglos, entre el 5 y 8 de junio. Son los últimos herederos de los incas. En la renovación del Q’eswachaka se conjugan la herencia ancestral y la riqueza cultural de estas comunidades campesinas. Es una obligación entre los pueblos aprender las técnicas de renovación del puente. La herencia cultural les permite cuidar esta magnífica pieza de ingeniería incaica.

El sol arde intenso. Victoriano Arizapana se balancea entre dos peñascos de 50 metros de altura para reconstruir el Q’eswachaka como si fuera un hermoso acto teatral. Este puente mide unos 30 metros de largo y un metro de ancho. En cada extremo del cañón las sogas están atadas a sólidas rocas. Se trata de uno de los caminos secundarios del imperio Inca que conectaba con el Qhapaq Ñan, la gran red vial inca que unió los Cuatro Suyos del Tahuantinsuyo.
El pasado 21, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) declaró al Qhapaq Ñan como Patrimonio Cultural de la Humanidad por ser una magnífica obra de ingenería con tecnología propia y testificar la existencia del imperio de los Incas. El Q’eswachaka fue denominado con el mismo título hace ocho meses. Conforma también parte de los tramos del Qhapaq Ñan.

Los hombres de este tiempo aún conservan la red vial para desafiar la escarpada naturaleza andina. Bajo el puente se forma una vertiginosa pendiente donde discurre el río Apurímac como una mansa línea azul. El paisaje es tan agreste como hermoso por la presencia de un cañón. La serranía cusqueña es exuberante en el distrito de Quehue, provincia de Canas, a más de 140 kilómetros de Cusco.

La jornada comienza. Victoriano Arizapana tiene las manos gastadas con una belleza particular donde confluyen aspereza y fuerza. El hombre bordea los 75 años y sus arrugas se impregnan sobre su expresión. Pareciera que tiene el rostro tallado en piedra. Posee un semblante con signos de sabiduría. “Estas son las manos que nos ayudan a construir nuestra herencia”, menciona Victoriano mientras emboca hojas de coca y sorbe chicha de jora. Sabe bien y disfruta la explosión de sabores. Los apus, la chicha y coca le agradecen.

TRABAJO GENERACIONAL
Es sábado 7 de junio, día central del ritual de renovación del Q’eswachaka. Entre el gentío, el pequeño Ilvardo Ccoyori Puma observa en silencio, a merced del febril sol, a su padre Basilio Ccoyori Callo. Basilio está de cuclillas machacando la cc’oya (hierba silvestre) hasta que adquiera un grado de elasticidad. Al tantearlas, entrega hilachas y flecos a las mujeres tejedoras de soguillas que renovarán el puente inca. Es parte del grupo de personas que hacen el trabajo de hormiga desde hace 44 años.
Ilvardo mira a su padre. Pareciera que el pasado con el presente se amalgaman sobre el llano de la serranía cusqueña. A sus cuatro años no imagina su futura responsabilidad para reconstruir el puente inca. Sus frágiles manos se tornarán toscas de tanto trabajar sobre el Q’eswachaka. “Si Victoriano se muere, hasta mi hijo puede ser elegido por la comunidad para que lo suceda”, señala Basilio en perfecto quechua. De inmediato posa enseñando a su hijo a chancar la yerba silvestre.
Como todos los niños, Ilvardo heredará no solo el arte en su participación en la renovación del puente sino también en el trabajo de los campos de cultivo.

INGENIEROS ANDINOS
Victoriano viste chaleco y pantalón de bayeta, chullo y chuspa. Es el atuendo especial para ese momento histórico.
Cayetano Ccanahuire Puma posee las mismas características y virtudes de Victoriano. Es el segundo Chakaruwaq o ingeniero andino después de Victoriano. Ambos tienen a su cargo la renovación anual del puente. Saben la técnica inca para tejer esa obra maestra.
Durante el trenzado del puente reciben la ayuda de otras cinco personas que también se balancean sobre el puente. Desde ambos flancos del cauce del Apurímac cooperan en el trabajo más de cien campesinos. Ellos laboran también perfectamente vestidos.

ESFUERZO COMUNAL
A unos trescientos metros donde Ilvardo es sofocado por el sol, cerca de 80 habitantes de la comunidad de Choccayhua laboran con afanoso empeño. Entre la bullanga se distingue a un hombre de 54 años llamado Basilio Puma Hanampa.
Esta comunidad se encarga de hacer el piso del puente, una especie de alfombra hecha a base de ch’illca. “Es un arbusto cuya firmeza ayuda a soportar el peso de las personas”, dice Basilio Puma Hanampa. La simbiosis entre comunidades y puente es vital, pues gran cantidad de la ch’illca es recolectada un día antes (6 de junio) del armado del puente en el poblado Choccayhua.
Este pueblecito, que tiene atisbos de un pesebre, está enclavado en la margen izquierda del río Apurímac, a unas dos horas de viaje en camiones.
Mientras los varones arman la base a mano limpia, mujeres y niños hacen las soguillas para completar el trabajo. Cuando todo está listo, Nicolás Cáceres Armoto (46) carga sobre sus hombros 30 kilos de material para la base del Q’eswachaka.
El día casi muere y los rayos del sol de este glorioso siete de junio desaparecen del llano serrano. Victoriano Arizapana está cansado. Ha decidido no asistir al festival de danzas del día siguiente, que cierran los festejos por el renacimiento del puente. Ilvardo en cambio disfrutará del evento de la mano de su padre.

 

Fuente;: La Republica

Escribe: José Salcedo.
Fotos: Sharon Castellanos.

 

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