Machu Picchu: más allá del portento arquitectónico

Hace unas semanas el historiador y antropólogo Federico Kauffmann Doig presentó una nueva obra sobre la famosa ciudadela inca. En sus páginas concluye que se trataría de un centro de administración de la producción agraria.

Texto: Federico Kauffmann Doig

Federico-Kauffmann-Doig-machu-picchu-libroMachu Picchu emerge en el corazón de un paisaje de cumbres imponentes, cubiertas por exuberante flora selvática. Su construcción data del último tercio del siglo XV, de tiempos del Incario, última fase de la civilización peruana ancestral cuyos albores se remontan a unos seis mil años. Al igual que otros monumentos de su entorno, en algo similares, fue edificado en una región relativamente próxima al Cuzco, en los predios de Vilcabamba, que por sus abruptas laderas y paisaje de bosque de neblina corresponde a la región de los Andes Amazónicos.

Aunque los pormenores de su pasado tal vez no lleguen jamás a ser esclarecidos, estimamos que su función primordial fue servir como centro administrativo de la producción de alimentos, que eran cultivados en terrazas de labranza o andenes construidos en las escarpadas pendientes andinas. Al mismo tiempo, Machu Picchu debió desempeñarse como sede de rituales. Estos eran dirigidos a obtener el beneplácito de los dioses, de los que se suponía depender el sustento: el Dios del Agua y la Diosa Tierra o Pachamama.* Por lo mismo, consideramos que la religiosidad  que tenía lugar en Machu Picchu no era en el fondo más que una especie de técnica agraria.

Junto a otros complejos agrarios que se levantan en el área de Vilcabamba, Machu Picchu debió construirse en el marco de un vasto proyecto estatal cuyo objetivo era extender la frontera agraria hacia zonas de los Andes Amazónicos cercanos al Cuzco. Nuestra hipótesis se basa en que el potencial de tierras aptas para el cultivo es exiguo en el Perú, tanto en los Andes Cordilleranos como en los Andes Costeños.

machu-picchu_0Debido al continuo ascenso de la tasa poblacional, y tal como ocurrió en todas las sociedades antiguas desde que optaron por sustentarse cultivando la tierra, los suelos resultaron deficitarios desde los inicios mismos de la civilización andina. Este desequilibrio ecológico fue la causa de que afloraran múltiples estrategias destinadas a superar el problema alimenticio. Precisamente una de ellas debió ser la búsqueda de la ampliación de la frontera agraria en tiempos del Incario.

Al factor adverso de la extrema limitación de tierras aptas para el cultivo se sumaba otro flagelo: el fenómeno de El Niño que, de modo recurrente, desata sequías o desbordes pluviales más otras calamidades de orden atmosférico, y que al afectar la producción de los comestibles hacía que asomara el fantasma del hambre.

Se presumía que tales catástrofes solo podían conjurarse recurriendo a acciones mágico-religiosas, esto es, rindiendo culto al ente sobrenatural que se sospechaba ejercía control sobre los fenómenos atmosféricos. Una especie de Dios del Agua materializado en los apus o ciertas cumbres elevadas. Se le imploraba que con sus lluvias fecundase a su contraparte, la Diosa Tierra o Pachamama. Estos seres divinos reciben todavía veneración en amplios sectores del Perú cordillerano.

Contrariamente a lo que esgrimen quienes consideran que Machu Picchu fue una “hacienda real” y “lugar de holganza” de Pachacútec, los soberanos del Incario y particularmente el mencionado Pachacútec y la parentela que lo apoyaba en el gobierno, no debieron disfrutar de “tiempo de ocio”.  Vivían ocupados permanentemente en extender y administrar el dominio sobre un enorme territorio que se extendía longitudinalmente casi 4 000 kilómetros; y además tenían que luchar con una abrupta topografía, árida por excelencia, con interminables  arenales y catástrofes climáticas recurrentes como las de El Niño. Y qué decir de los demás portentosas muestras arquitectónicas comarcanas a Machu Picchu, como Wiñay Wayna o Choquequirao: ¿también habrían sido “castillos”? Y, en ese caso, ¿de quiénes?

En suma, además de haber constituido un centro administrativo de la producción de comestibles, Machu Picchu debió ser sede del culto y rituales limitados a propiciarla. Esta hipótesis es comentada en uno de los capítulos de la presente obra (Kauffmann Doig 2003c).

El lector podrá evaluar también otros puntos de vista distintos a los tradicionales. Por ejemplo, el que se refiere a la escultura, altamente votiva, conocida como Intihuatana y cuya traducción es “amarrar al sol”. Un mito aún vigente en parajes andinos indica que los labradores ancestrales o “gentiles”, tenían la facultad de “amarrar al sol” con sus plegarias, para de este modo lograr extender la luz diurna con el objeto de cumplir con sus faenas y de este modo producir alimentos en cantidad suficiente para satisfacer la demanda. (Kauffmann Doig 2005: 55-58, 2006: 55-58).

Sin desestimar otras propuestas, el lector podrá familiarizarse también con otras hipótesis no tradicionales. Por ejemplo, el planteamiento de las causas que llevaron al despoblamiento de Machu Picchu y otros monumentos aledaños como Wiñay Wayna. El abandono no solo debió iniciarse con el desconcierto que produjo la irrupción española, y habría sido total años después de la declinación del Incario, durante la gesta protagonizada por Manco Inca y sus sucesores, que atrincherados en la comarca de Vilcabamba de 1537 a 1572 persiguieron aniquilar o expulsar a los invasores.

Y es que los líderes neoincaicos, replegados en la comarca de Vilcabamba, requerían engrosar su ejército u concentrar sus tropas en puntos estratégicos.   Para ello se veían forzados a reclutar gente de diferentes poblados. Esto se desprende de documentos antiguos que señalan el caso deHuamanmarca, localidad que quedó despoblada al reclutar Manco Inca  a sus pobladores y llevarlos consigo cuando atravesó el puente de Choquechaca para internarse en la comarca de Vilcabamba (Kauffmann Doig 2010).

Como puede advertirse, el presente libro no solo se ocupa de describir Machu Picchu, pues descripciones hay muchas desde Bingham, más bien pretende desplazar su atención hacia temas que se sitúan más allá del emblemático portento arquitectónico construido por los antiguos peruanos

 

(http://www.rumbosdelperu.com/)

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One Comment

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    Federico Kaufmann Doig, alumno de Julio C Tello , y Chavez Ballon , es nuestro ultimo gran arqueologo peruano, sus estudios e investigaciones sobre las grandes culturas que florecieron en el peru , merece todo nuestro apoyo y admiracion,quiciera saber donde se pueden adquirir los tomos y cuanto cuestan

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