Los orígenes de la Civilización Andina

Autor: Duccio Bonavia Berber

Desde principios del siglo pasado se aceptó en nuestro medio que agricultura y civilización iban juntas y que no podían desligarse la una de la otra, hasta que en la década de los años 40 Junius Bird al excavar en Huaca Prieta demostró que la agricultura antecedía en considerable cantidad de tiempo a la civilización. Sobre esta base Edward Lanning siguió trabajando en los años 50 y posteriormente en 1960 John H. Rowe delimitó los fines de los tiempos Precerámicos y el inicio del Horizonte Temprano, introduciendo entre ellos el nuevo estadio del Período Inicial. Es sólo a partir de entonces que se comenzó a descubrir los grandes conjuntos monumentales a los que nos referiremos más adelante y que cambiaron en forma dramática la visión que se tenía de los antecedentes de la Civilización Andina.

Para poder entender bien los orígenes de la Civilización Andina, es necesario retroceder en el tiempo hasta la llegada de los primeros hombres al territorio andino, hace aproximadamente doce mil años o más. Eran las épocas finales del Pleistoceno, cuando los glaciares que alcanzaron límites inferiores más bajos que hoy se estaban retirando. El continente, además, tenía otra figura pues el nivel del mar estaba más bajo y recién comenzaba a subir. De modo que las costas eran más anchas. Alcanzaría el nivel actual recién hacia principios de nuestra Era. El clima era aún seco y frío.

En las tierras altoandinas la deglaciación comenzó en el octavo milenio antes de Cristo y terminó hacia la mitad del sexto, lo que significó un aumento de la temperatura y de la humedad y una mayor pluviosidad. Pero las grandes lluvias terminaron aproximadamente a fines del segundo milenio antes de nuestra Era.

En la costa el cuadro fue diferente. Pues desde fines del Pleistoceno parece que la Corriente Peruana adquirió el curso que tiene hoy con las consecuencias que son conocidas. En otras palabras, desde principios del Holoceno nuestra costa ha sido árida. El único sector que fue diferente en los tiempos de transición del Pleistoceno al Holoceno fue el noroeste que por cambios que hubo en la forma de la costa y el efecto diferente que produjo la Corriente Peruana, permitió una mayor vegetación. Pero esto terminó entre el segundo y el tercer milenio antes de la Era Cristiana.

Las solas diferencias entre el cuadro actual de nuestra costa y la de aquello tiempos transicionales entre la época glacial y la postglacial fueron que los territorios costeros eran más extendidos pues el nivel del mar recién comenzaba a subir, los ríos traían más agua como consecuencia de los deshielos y la napa freática fue sin duda más alta, por eso la vegetación a los, bordes de los valles debió ser más exuberante que hoy. Pero por el resto el cuadro no debió ser muy diferente.

Dado que el hombre llegó durante esta transición climática, encontró en nuestro territorio los restos de la fauna pleistocénica, la que sin embargo se estaba extinguiendo por el cambio ambiental y hay muy pocos indicios que señalan que aquí él la haya matado. Ella desapareció por factores naturales.

Si bien es cierto que por falta de investigaciones aún no se puede escribir la historia definitiva de la llegada del hombre a nuestro territorio, todo está señalando hasta hora que éste fue bajando desde el Norte por los valles longitudinales de altura media de la cordillera andina y que fue conociendo la costa a través de los valles transversales costeros, que le sirvieron como vías naturales de descenso.

Estos primeros pobladores han dejado sus huellas en el Callejón de Huaylas, en la Cueva del Guitarrero y ellas corresponden justamente al momento en que el cambio climático se estaba produciendo. En la época de lluvias recogían las plantas que crecían alrededor de la cueva, sobre la margen izquierda del río Santa. Pero cuando la zona se volvía desolada y seca, los cazadores subían a las quebradas glaciares de las tierras más altas y allí cazaban.

Uno de los hechos importantes que se ha podido comprobar por medio de la basura que estos hombres nos han dejado, es que desde el inicio se hizo uso de una gran cantidad de productos vegetales, pues en los estratos correspondientes al octavo milenio antes de Cristo se ha encontrado restos de rizomas, tubérculos, calabazas, frutos como la lúcuma, el pacay, ají y varias cactáceas. Pero lo que es más importante aún, es que a lo largo del séptimo milenio ya este hombre había domesticado dos especies de fréjol e inmediatamente después, entre los 6000 y los 4000 años a.C. ya estaba comiendo maíz doméstico. Obviamente no se conocían aún los canales de regadío y la siembra se hacía al borde del río, aprovechando el limo aluvial que éste dejaba al salirse de madre.

Por esos tiempos otro grupo humano estaba viviendo en la cueva de Lauricocha y si bien es cierto que allí no se ha encontrado evidencias de domesticación de plantas, no cabe duda que ya se practicaba el sedentarismo y en ello pudieron haber influido de alguna manera los camélidos que tienen sentido de territorialidad.

Algo semejante sucedió en el abrigo de Telarmachay, siempre en la Sierra Central, donde los arqueólogos han podido establecer que los cazadores – recolectores a partir del sexto milenio antes de Cristo comenzaron a especializarse en la cacería prefiriendo a los camélidos sobre los otros animales hasta que, en el quinto milenio, se logró la domesticación de la alpaca y probablemente de la llama. Más al Sur la ecología fue sin duda diferente, con una diversidad climática más marcada entre sequedad y humedad, entre frío y calor. Es el caso del área de Ayacucho donde hay una diferencia muy notable entre las zonas altas de las cadenas montañosas y el fondo de los valles. Allí a partir del sexto milenio antes de nuestra Era, los cazadores – recolectores se organizaron para poder explotar los recursos del desierto y del área húmeda. Fue en ésta que se hicieron los primeros intentos hortícolas con la domesticación de plantas.

Mientras esto sucedía en las serranías, en la costa el cuadro era diferente. Y si bien es cierto que tenemos grandes vacíos, pues no se han hecho estudios de esta naturaleza en muchas zonas costeras, a lo largo de buena parte de la faja litoral, por lo menos entre los departamentos de Lambayeque e Ica, se desarrolló una cultura conocida por los especialistas como Complejo Chivateros. Fueron básicamente cazadores-recolectores que al bajar a la costa por primera vez, tuvieron que enfrentarse con un fenómeno para ellos nuevo: el mar. Poco a poco se adaptaron a este medio y comenzaron a utilizar los recursos terrestres y marinos. Y si bien hasta ahora no se ha podido encontrar restos vegetales entre la basura que dejaron, se puede suponer que molían algún tipo de grano, pues allí han quedado sus morteros de piedra.

Uno de los errores que se comete muy a menudo es el no entender que las épocas que establecen los estudiosos de la historia, no son más que instrumentos de trabajo pero que en realidad la segmentación que se ha creado es artificial, dado que la acción humana desde que se comenzó a distinguir de la de los otros animales, es decir se convirtió en historia, es una continuidad hasta los tiempos de hoy. Y si en los textos de historia se establecen fechas y acontecimientos para definir una etapa de esta historia y separarla de otra, esto en el fondo es ficticio y desde el punto de vista arqueológico es imposible encontrar los indicios que lo señalen.

Lo que es evidente es que desde que el hombre pisó nuestro territorio, si bien es cierto que tenía como actividad económica más importante a la cacería, hizo uso de productos vegetales. Lo que será muy difícil de establecer con certeza es cuándo se pasó de la recolección a la siembra.

Pues bien, este encasillamiento artificial de la historia, que desafortunadamente se repite sin explicación en los colegios y hasta en los centros superiores de estudios, ha contribuido a que se perdiera la verdadera perspectiva de la realidad y algunos lectores se habrán preguntado como es posible que los cazadores-recolectores hayan tenido la capacidad de dedicarse al mismo tiempo a la horticultura, es decir a un estadio primitivo de la agricultura. Es que se ha olvidado que los hechos que llevan al hombre a descubrir la posibilidad de domesticar a las plantas, no fue un evento sino un proceso. Y un proceso muy largo. Y en esto son justamente las sociedades cazadoras-recolectoras las que jugaron un rol determinante. Sin ese sistema de vida, probablemente la historia humana

no hubiera alcanzado el desarrollo que tiene.

  • 1 Aldine Publishing Company, Chicago.
  • 2 1992, American Society of Agronomy, Inc., Crop Science Society of America, Inc., Madison

 

Fue a fines de 1965 que Sol Tax, uno de los antropólogos más notables del siglo pasado, convocó a una gran cantidad de expertos en un Simposio para analizar las sociedades cazadoras. Como resultado de esta reunión Richard B. Lee e Irven de Vore en 1968 publicaron un libro muy importante: Man the HunterEl hombre como cazado1. Allí se demostró que en realidad los cazadores-recolectores hacen mucho más uso de plantas silvestres de lo que se creía. Quizá uno de los mejores ejemplos es de los Bosquimanos Kung de Bostwana, en África que fueron estudiados por Lee y que demostró que el 60% de la dieta de este grupo humano es a base de plantas. Otro caso es el de los indígenas Australianos que sabemos que han recolectado más de 400 especies de plantas que corresponden a 250 o más géneros. Jack R. Harían, que fue otro de los grandes estudiosos de estos fenómenos, en su libro seminal Crops & Man2, cuyo primer termino es muy difícil de traducir, pues puede significar desde la recolección hasta la siembra y el cultivo y que justamente por eso es muy significativo y no tiene una contraparte exacta en castellano, ha escrito que no es exagerado afirmar que los grupos humanos cazadores-recolectores tuvieron todos los conocimientos necesarios para practicar la agricultura y sencillamente no lo hicieron. En este sentido hay una serie de evidencias etnográficas que demuestran que algunos grupos aborígenes no solo recolectaban las plantas para utilizarlas, sino que sembraban las semillas de las plantas silvestres, como fue el caso de los indígenas de Nevada que fueron estudiados por J. Downs o los Paiute de California que según los ha descrito J. H. Steward, primero dispersaban las semillas y luego irrigaban el terreno. Pero ninguno de ellos domesticó las plantas. Es por eso que Harían ha sido categórico en afirmar que los recolectores no sólo han sido, sino que siguen siendo «botánicos profesionales».

Es que los cazadores-recolectores durante su largo deambular por más de dos millones de años por todas partes del mundo en la búsqueda de su presa, tuvieron la oportunidad no sólo de probar los frutos de muchas plantas o sus hojas y maderas para múltiples fines, sino que en forma inconsciente fueron llevando a cabo una selección de aquellos que les eran útiles, y aprendiendo a no emplear los dañinos o los que no los podían ayudar en sus necesidades. Se instruyeron también por medio de la observación – y no olvidemos que el hombre mal llamado «primitivo» es mucho más observador que el hombre de la ciudad – del ritmo estacional del crecimiento de las plantas. Y a lo largo de este proceso, se generó en forma totalmente natural una relación hombre – planta que es sin duda uno de los más grandes sucesos de la historia de la humanidad. Pues al llevar al campamento los frutos o partes de las plantas que fueron recolectando durante su faena de caza para el uso de sus familiares, las semillas encontraron en los alrededores del campamento por primera vez un terreno mucho más fértil que el natural, debido a la basura que estos hombres eliminaban. Los ancianos y las mujeres que pasaban una buena parle del tiempo en el campamento, pues las cacerías obligaban a los varones a quedarse lejos por largos períodos de tiempo, les permitieron observar el brote y el crecimiento de las plantas y asociarlos a las estaciones del año en que estos fenómenos se daban. De modo que cuando el hombre por diferentes causas, que no es el momento de discutir ahora, tuvo que dedicarse al cultivo de las plantas y a su domesticación, tenia los conocimientos rudimentarios para iniciar este proceso. Este se produjo de diferentes maneras en diversas áreas geográficas del mundo: hoy se cree que fueron por lo menos siete. Una de ellas, y sin duda entre las más importantes, el Área Andina Central.

Ahora bien sólo conociendo a fondo el territorio andino se podrá entender este fenómeno, pues la movilidad de las primeras bandas debió ser muy grande y sin darse cuenta el hombre fue llevando las plantas que necesitaba de una ecología a otra. No debemos olvidar que el Perú es uno de los países del mundo que tiene la mayor diversidad ecológica. Leslie Holdridge que hizo uno de los estudios más importantes sobre este tema, estableció que en el mundo hay 103 zonas de vida y cuando su discípulo Joseph Tosi hizo el estudio del territorio andino, logro establecer que de éstas en el Perú había 84 y 17 de carácter transicional. De modo que en sus movimientos el hombre, en forma inconsciente, fue llevando las plantas de un medio a otro, propiciando de esta manera adaptaciones en el proceso de la domesticación.

Es uno de nuestros estudios escribimos que fueron sin duda las montañas las que probablemente incentivaron este proceso. En efecto, ellas ofrecen las condiciones óptimas para la diferenciación de especies y variedades porque conservan ecotipos diversos y promueven al mismo tiempo las diversificaciones de las variedades. Las montañas, además, son excelentes aisladores, pues ofrecen diferentes rangos de condiciones variables, valles aislados, en fin todos los requisitos previos esenciales para una evolución rápida de las plantas, tantos silvestres como cultivadas. Algo de esto ya lo había intuido Nicolai Vavilov, en 1926.

Pero al mismo tiempo hay que recordar que este fenómeno se estaba dando dentro de un marco geográfico en el que, al desaparecer la fauna pleistocénica, quedaron en realidad muy pocos animales grandes para cazar; básicamente cérvidos y camélidos. De modo que estos hombres que tenían una experiencia en la técnica de la caza transmitida de padres a hijos de por lo menos tres millones de años, debieron diezmar muy rápidamente la fauna que encontraron en este continente y se vieron obligados a poner en práctica esos conocimientos sobre el mundo vegetal que habían acumulado durante todo este tiempo, pero que nunca habían utilizado. Además la convivencia con los camélidos, lo hemos dicho, favoreció sin duda el sedentarismo precoz y la domesticación animal. Desde nuestro punto de vista, todo esto apoyó y facilitó el proceso agrícola que se produjo inmediatamente después.

Cuando el hombre bajó a la costa debió modificar sus costumbres, pues sólo en las lomas costeras estacionales y en los bordes de los valles podía encontrar animales para cazar. Pero en los fondos de los valles, en los depósitos de limo aluvial que anualmente iban depositando los ríos durante sus crecidas, pudo comenzar a poner en práctica sus conocimientos sobre las plantas que había podido observar durante su largo vagar por el mundo. No cabe duda que al comienzo fueron pocas las plantas que empezó a usar y que los frutos que obtuvo fueron pequeños y con cosechas reducidas. Este inicio no debió ser fácil, pues las plantas que él traía consigo debían también adaptarse al nuevo medio. Esto se puede deducir a partir del análisis que se ha hecho en los yacimientos tempranos y donde se ha podido constatar que prácticamente no hay plantas costeras que hayan sido sometidas al proceso de domesticación. La mayoría provienen de los valles interandinos de altura media, algunas de las tierras altas y otras incluso de las tierras bajas de la selva. El gran geógrafo alemán Carl Troll que conoció profundamente nuestros Andes, decía que una de las más grandes conquistas de los agricultores andinos es haber sabido capitalizar estas marcadas diferencias geográficas, aprovechando al máximo las cualidades adaptativas de las diferentes plantas a los diferentes pisos altitudinales por medio de la selección y de la hibridación.

Una época que no está aún clara, es justamente la que se refiere a los tiempos en los que el hombre deja definitivamente la economía de la cacería y la recolección para dedicarse a la agricultura. En la Costa Nor-central tenemos pruebas que nos muestran cómo los grupos humanos se establecen cerca de la costa y como no tienen aún suficientes conocimientos sobre el mar ni los instrumentos para explotarlo, se dedican a recolectar mariscos, pero al mismo tiempo es evidente un inicio de la horticultura. Se comienza a ver claramente la relación que se establece entre el hombre y las plantas. Además no cabe duda que la movilidad siguió siendo muy grande y las relaciones con los grupos serranos fue continua. Este proceso sin duda fue facilitado por la geografía costera, es decir los valles transversales. Pero ellos al mismo tiempo crearon desarrollos locales, pues si bien los contactos longitudinales no fueron una barrera infranqueable, los desiertos entre los valles dificultaron las comunicaciones.

Estas bandas semisedentarias que vivieron en la costa, fueron sin duda más grandes que las anteriores y por los estudios que hizo Carlos Williams sabemos que formaban varias unidades de viviendas. Los villorrios que nos han dejado presentan formas diferentes, algunos fueron dispuestos en hileras, otros en círculo o en semicírculo. Lo que es evidente es que a partir del año 3000 a.C. el proceso de cambio cultural es mucho más rápido y marcado.

Para este tipo de estudios, los arqueólogos se tropiezan con ciertos problemas que son insolubles. Y para entender esto hay que recordar lo que dijimos al principio con respecto al marco geográfico y a los cambios que éste sufrió a lo largo del tiempo. Señalamos que a fines del Pleistoceno el mar comenzó a subir de nivel y hacia los años 4000/5000 a. C. estaba aproximadamente 4 m por encima del actual y alcanzó el de hoy sólo a principios de nuestra Era. De modo que este proceso ha destruido los campamentos que el hombre dejó cerca de la playa en este lapso de tiempo.

Uno de los aspectos que le permiten a los arqueólogos deducir información sobre una cantidad variada de actividades, es sin duda la arquitectura, pero no tanto como elemento per se, sino la forma en la que ésta está organizada, es decir lo que los especialistas llamamos los patrones de asentamiento, cuyo estudio fuera introducido en el Perú en la década de los años 40 del siglo pasado por Gordón Willey. La transformación de los patrones urbanos en los tiempos precerámicos ha sido impresionante y dramática. Pues es en estos tiempos que apareció en los Andes una arquitectura a gran escala, que en algunos aspectos tendrá influencias incluso en tiempos posteriores y ello nos plantea un problema. Es que en realidad hasta ahora nadie ha encontrado o ha podido demostrar cuales son los antecedentes que permitieron el desarrollo de este fenómeno.

  • 3 Fondo de Desarrollo Editorial, Universidad de Lima. Lima.

 

No cabe la menor duda que para que tales obras pudieran surgir, se necesitó de una organización social. Para algunos estudiosos, como Fernando Silva-Santisteban (Desarrollo Político en Sociedades de la Civilización Andina, 1997)3, ello significaría la presencia de un ordenamiento estatal. No se puede negar que existió algún tipo de mecanismo social, pero bajo nuestro punto de vista no cabe aún hablar de estado, que es un fenómeno mucho más complejo y que a nosotros nos parece que las evidencias arqueológicas no indican. Conociendo el ethos de la Cultura Andina, como lo definió Luis Valcárcel, una de sus características más saltantes ha sido la sociabilidad en la manera de manejar las cosas y en su proceder. De modo que nos parece que lo que permitió el desarrollo de esta arquitectura monumental fue algún tipo de trabajo comunitario, cuyos detalles desconocemos, pero para el que no se necesitó de ninguna manera una gran organización. Que se diga que ello sirvió para echar las bases de la organización estatal que vendrá después, ello es otra cosa y es un hecho que fue así.

  • 4 Edición de 1970. University of Chicago Press. Chicago.

 

Uno de los defectos más grandes que ha tenido y mantiene la arqueología peruana, es la de clasificar como «ceremonial» cualquier tipo de estructura de cierta envergadura y que no tiene una función muy clara, en contraposición con el carácter «utilitario» de otras. Sobre esto A. M. Hocart ha llamado la atención desde 1936 (Kings and Concillors)4 y en el caso del fenómeno andino, la arqueología le ha dado la razón, pues se ha demostrado que la gran mayoría de las grandes estructuras que vemos a lo largo de la costa, en realidad combinaban de alguna manera la función secular y la religiosa, que además debió ser manejada por personajes que investían ambos cargos. Si bien no hay prueba de ello, es de suponer que en los tiempos precerámicos sucedía lo mismo.

  • 5 En: Asentamientos urbanos y organización socioproductiva en la historia de América Latina. Edicion (…)

 

Cuando en 1968 conjuntamente con Richard Schaedel hicimos un análisis de los patrones de urbanización incipiente en el Área Andina («Patrones de urbanización incipiente en los Andes Centrales y su continuidad)5escribimos que hay dos tendencias básicas en los grupos humanos: la concentración o la dispersión. Generalmente estos fenómenos van ligados a la ecología. En el caso de los Andes Centrales las manifestaciones más tempranas de urbanización muestran diferentes preferencias, pero ellas están relacionadas con la transformación de un fenómeno que aparece muy temprano en nuestro territorio, es decir la concentración cíclica de los cazadores-recolectores nómades. Y la resultante es la concentración residencial. Ello fue condicionado por la subsistencia existente en un territorio que les permitía a estos grupos humanos de quedarse en un solo nicho ecológico la mayor parte del tiempo de un año.

En la costa se pueden ver por lo menos dos tradiciones. Una en la parte Nor – central que tiene sus núcleos públicos que son autónomos y que tienen sus villorrios establecidos alrededor y la otra en los sectores Meridional y Septentrional donde vemos villorrios aislados, pero carentes de edificios públicos. Sin embargo entre éstos hay una diferencia muy importante. Y es que mientras el sector Norte recibe las influencias innovadoras de la Costa: Nor-central, el sureño se mantiene aislado y muestra atraso con respecto al resto.

  • 6 En: Historia del Perú, Vol. VII. Editorial Juan Mejía Baca. Lima. pp. 367-585.

 

A pesar que los estudios de la arqueología precerámica han sido relegados y hay pocos arqueólogos que se dedican a este tema, en la actualidad se conocen por lo menos cincuenta yacimientos correspondientes a la época Precerámica final, que es justamente cuando se desarrolla el fenómeno que estamos tratando- Es decir, nos referimos a un término de tiempo que se extiende aproximadamente entre los 2500 y los 1800-1500 años a.C. Carlos Williams ha hecho un análisis de la arquitectura de estos tiempos («Arquitectura y urbanismo en el antiguo Perú»)6 y ha podido formar dos grandes grupos. Uno con viviendas que están agrupadas pero que no tienen vinculación con el montículo o la plataforma monumental que incluso puede estar separada y lejos. Sería el caso, por ejemplo, del conocido sitio de Bandurria en la Costa Central. Y otro donde las construcciones se encuentran sobre terrazas artificiales, construidas con piedras, sobre las laderas de los cerros, como por ejemplo en Salinas de Chao en la Costa Norte o en Culebras en la Nor-central. En este segundo grupo hay algunos sitios que son muy elaborados y nos muestran una gran complejidad formal. Áspero, en las cercanías de Supe, es uno de estos yacimientos y Williams piensa incluso que pudo existir alguna forma de planificación que permitió integrar los grandes centros monumentales de carácter público con las zonas de viviendas. Un sitio parecido fue el de Chupa Cigarro, siempre en la misma zona.

La dispersión de estas construcciones monumentales es muy amplia, pues va prácticamente desde el valle de Moche por el Norte hasta el de Mala por el Sur, es decir a lo largo de por lo menos 600 km. Si se hace un análisis de conjunto, se ve que hay una gran diversidad formal, lo que se puede interpretar como reflejo de diversas tradiciones culturales que se mezclaron en los tiempos finales del Precerámico. Todas estas variantes no han sido bien estudiadas, por eso nos referiremos a dos de ellas, que han sido analizadas por Williams.

Una es la que se compone de una pirámide escalonada con un pozo circular dentro del conjunto. Estas edificaciones estuvieron en función desde los 3000 años antes de nuestra Era y se siguieron construyendo hasta el primer milenio d.C. a lo largo de la costa, entre los valles de Moche y Mala pero también en lugares de la sierra. Quizá entre los ejemplos más significativos están los de Piedra Parada y Chupa Cigarro en el valle de Supe. La otra es la de los grandes complejos en forma de U, es decir con un cuerpo central y dos brazos laterales. Es probable que estuvieron vinculados con ritos agrícolas, aunque no es seguro. Hasta ahora todo parecería indicar que se originaron en el valle del Chillón y luego se fueron difundiendo hacia el Norte hasta el valle del Moche y hacía las serranías. Se inician alrededor del año 2000 a.C. pero se prolongan hasta los tiempos del Horizonte Temprano. Uno de los sitios más importantes con esta influencia es el de Chavín de Huántar que a lo largo de sus varias refacciones mantiene la clásica forma de U. Pero el sitio precerámico más impresionante de esta categoría es sin duda El Paraíso, en el valle del Chillón. Se ha calculado que para su construcción se ha utilizado aproximadamente 100.000 toneladas de piedras.

Desafortunadamente de estos tiempos no sabemos casi nada desde el punto de vista de la organización social y de la religión. Esta es una de las grandes limitaciones de la arqueología. Y de los territorios altoandinos conocemos menos aún, pero en este caso por falta de investigaciones.

Hacia finales de los tiempos precerámicos en la Costa Norcentral surge una tendencia innovadora, que Edward Lanning denominó Complejo Culebras. Sus manifestaciones se conocen hasta ahora desde los valles de Culebras por el Norte y el de Supe por el Sur. Se trata de una serie de yacimientos situados cerca de la línea costera o en las faldas de los cerros vecinos. En algunos casos están a los bordes de los valles, pero en otros en las zonas desérticas que los separan. Es en estos yacimientos que hemos encontrado los primeros depósitos para alimentos, los más antiguos que se conocen en América. Fueron hechos fundamentalmente para almacenar maíz, con un método muy particular, es decir cubriéndolo con arena en hoyos especialmente preparados. El mejor ejemplo es el de Los Gavilanes cerca del valle de Huarmey. Varios de estos sitios, como el de Culebras en el valle homónimo, o el de Los Gavilanes que ha sido mencionado, o el de Áspero en Supe, han sido bien estudiados y el análisis de sus restos nos revelan que si bien una parte de la dieta de sus habitantes se basaba en productos marinos (desde moluscos hasta mamíferos) sus pobladores ya hacían uso de una cantidad importante de plantas cultivadas, entre las que cabe mencionar la achira, el palto, el maní, el fréjol, la yuca, el camote, la papa y el maíz. Además utilizaban dos animales domésticos: el cuy y la llama. Esta última no sólo para fines alimenticios, sino también para el transporte. Este fenómeno se dio entre el tercer y el segundo milenio antes de nuestra Era.

En las zonas serranas hubo grandes variaciones regionales, sin embargo hay un fenómeno cultural común y es que se siguió con el proceso de domesticación de las plantas. En algunos casos se continuó viviendo en las cuevas, en otros en campamentos al abierto. Pero en todos ellos es notorio el cambio de una economía cazadora-recolectora a otra agrícola-pastoril.

Pues bien, si analizamos en conjunto todo este proceso que hemos trazado en forma muy superficial desde la llegada del hombre al Área Andina hasta el principio de la Era Cristiana, se nota claramente un desarrollo continuo de cambios con la aparición de una serie de elementos innovadores. Son todos ellos los que forman la base sobre la que nacerá lo que venimos llamando la Civilización Andina.

  • 7 Suplemento DominicalEl Comercio, Lima 19 de enero, pp. 4
  • 8 (Compendio; 2 Volúmenes). Emecé Editores, S.A. Buenos Aires.

 

En este punto es importante definir, para evitar confusiones, que es lo que entendemos por civilización. Pues éste es un término que se confunde muy a menudo o se interpreta en forma equivocada. Es interesante señalar al respecto que Fernando Silva-Santisteban («Inconsistencia y confusión en el ‘Estudio de la Historia’ de Arnold Toynbee», 1964)7 ha observado que hasta Arnold Toynbee uno de los más grandes historiadores de nuestros tiempos (Estudio de la Historia, 1959)8 es impreciso y contradictorio cuando emplea los términos cultura y civilización.

La cultura es el conjunto de conocimientos, en el sentido más amplio de la palabra, que el hombre recibe por transmisión de generación en generación y se la traspasa a sus descendientes. Es en el fondo el mecanismo artificial que se ha creado y que nos permite vivir dentro de un medio natural. Antes se creía que sólo el hombre es creador de cultura, hoy sabemos que no es así y que hay ciertos animales que también desarrollan este fenómeno que, y sobre esto hay que insistir, no se trasmite por herencia biológica, sino por transmisión de padres a hijos. La diferencia entre el hombre y los animales es que aquel ha podido desarrollar el fenómeno de una forma más compleja que ningún otro animal, hasta donde sabemos, ha logrado.

  • 9 Edición en español de 1960, La Civilización puesta a prueba, Emecé Editores. Buenos Aires, pp. 47

 

Pues bien, la civilización, que se origina en la palabra del latín tardío civilitas, se refiere a una comunidad organizada y que tiene su vida controlada por normas establecidas y con un nivel cultural ya desarrollado. Llega a su estadio máximo cuando se comienza a vivir en ciudades. En otras palabras, desde el punto de vista antropológico, no es más que un grado superior de cultura, que puede tener sus inicios antes que aparezcan las ciudades, como bien lo dijo Silva-Santisteban, pero éstas necesariamente tienen que aparecer en sus últimos estadios. No es pues un fenómeno que una sociedad puede producir en un momento, sino un proceso largo. Por eso Toynbee en su libro Civilization on Trial publicado en 19489, dijo que la civilización es un movimiento y no una condición, un viaje y no un puerto.

En función de esto, y en el caso concreto de nuestra historia ¿qué es lo que produjo el cambio que permitió que la sociedad pasará al estadio de la civilización? La idea tradicional, aceptada en nuestro medio por mucho tiempo, ha sido que al producirse el cambio de la vida nómade a la sedentaria, se comenzó a practicar la agricultura y eso condujo al nacimiento del fenómeno estatal y con él a las sociedades complejas con todas sus consecuencias.

Pero por el año 1960, Edward Lanning que estaba llevando a cabo investigaciones en nuestro territorio, fundamentalmente en la costa y con énfasis en los tiempos Precerámicos, lanzó la idea que el factor que pudo iniciar la producción del gran cambio fue la riqueza del mar peruano. Él lo planteó en forma hipotética y sin dejar de reconocer la importancia del fenómeno agrícola. Posteriormente Rosa Fung retomó la idea hasta que ella fue reelaborada en 1975 por Michael Moseley, quien ha pretendido convertirla en un axioma, a pesar de no haber llevado el análisis de la problemática a fondo.

Lo que Moseley propuso es que al llegar los grupos humanos a la costa encontraron en el mar tal riqueza para su sustento económico, que no necesitaron desarrollar mayormente sus conocimientos agrícolas y ello los llevó al sedentarismo. La abundancia de proteína, que habría sido dada fundamentalmente por la anchoveta, habría sido la causante de un aumento demográfico y como consecuencia de ello a la concentración de población en grandes centros, como una organización compleja que al final habría originado el nacimiento de la civilización. Admitió Moseley, sin embargo, que en un determinado momento estas sociedades necesitaron de la producción agrícola y para explicarlo propuso dos modelos. Uno de ellos habría sido que al producirse el aumento demográfico como consecuencia de la explotación exitosa del mar, éste habría sido tan violento que rompió el equilibrio sostenible y que los productos marinos ya no podían abastecer a la sociedad, la que se vio obligada a recurrir a la agricultura. En el segundo caso los causantes de este cambio habrían sido una serie de cambios culturales, que sin embargo no pudieron ser explicados en función de subsistencia y demografía.

Para Moseley y sus seguidores, la pesca habría sido el amortiguar del estado emergente y cuando la sociedad se volcó a la producción agrícola con el consecuente regadío de los campos de cultivo, entonces se habría pasado al control totalitario de un grupo que controlaba este proceso.

44Es interesante que cuando Moseley escribió su libro en 1975, no tomó en cuenta para nada a los ambientes serranos, trató el tema como si el territorio peruano hubiera sido exclusivamente costeño. Cuando diez años después, en 1985, reexaminó sus planteamientos, allí ya consideró las serranías, señalando como se producían intercambios de productos. Y entonces propuso que una vez que se originó el primer empuje cultural inicial de las sociedades costeras, básicamente comunidades pescadoras como hemos dicho, ellas se vieron obligadas a cultivar las plantas y para ello fueron ocupando las partes altas de los valles, mientras mantuvieron sus grandes centros ceremoniales y administrativos en las parte bajas. Con este intercambio, la costa habría proveído a estas sociedades abundante cantidad de proteínas, pero les habrían faltado los carbohidratos. Son éstos que habrían sido obtenidos por medio del canje con los productos agrícolas serranos, en cambio del los costeros, ya que en las tierras altas habría faltado básicamente yodo y sal. A raíz de estas relaciones es que los conocimientos sobre las construcciones monumentales se habrían difundido a lo largo de las serranías.

No cabe la menor duda que la hipótesis era atractiva y de haber sido comprobable hubiera sido original, pues hasta ahora en la historia de la humanidad no se conoce ni una sola sociedad que haya logrado el estadio de la civilización de esta manera. En todos los lugares del mundo donde se logró este estadio, pues no todas las sociedades lo han alcanzado, lo que lo permitió ha sido la agricultura.

  • 10 1975. Cummings Publishing Company, Menlo Park

 

El planteamiento de Moseley gustó y la gran mayoría de arqueólogos lo aceptaron sin hacer un análisis crítico, pero sobre todo sin hacer un control de las ideas de éste con los datos que nos daba la arqueología. Sin embargo algunos fueron escépticos y se dieron cuenta que gran parte de los planteamientos de la Marítime Fundation of Andean Civilizatión10, como se le conoce entre los especialistas y que es el título del primer libro de Moseley, eran aseveraciones sin ningún sustento en datos reales y que incluso tenía graves contradicciones. Los que demostraron que esta teoría no tenía sustento fueron Alan Osborn, David Wilson, Raymond Scott y el que escribe.

Sería muy largo tratar el asunto en detalle, pero sólo para que el lector se de cuenta expondremos algunas ideas que bastan para demostrar que Moseley estuvo equivocado. En primer lugar las relaciones costa-sierra existieron siempre, desde que el hombre llegó al territorio andino hasta la llegada de los españoles y siguió después. Este intercambio se hizo mucho más efectivo en los tiempos del Precerámico final, pero contra las ideas de Moseley fue la costa la que recibió más productos de la sierra que al revés. Bastará mencionar que plantas originarias de la Ceja de Selva, como la yuca, ya se encuentran en la basura de los yacimientos costeños de los últimos tiempos precerámicos. Por otro lado, el cultivo y el sedentarismo en el Perú no van juntos (como además en muchas otras partes del mundo). No olvidemos que los cazadores – recolectores que acababan de llegar al Callejón de Huaylas y que recién estaban practicando un sedentarismo muy incipiente, ya estaban practicando la horticultura (término que usamos —insistimos— para definir una agricultura inicial, sin mayores conocimientos tecnológicos).

Por otro lado la pesca no es un factor válido para justificar el sedentarismo. Ya los hombres del Complejo Chivateros, los primeros que bajaron a la costa, estaban explotando el mar en forma rudimentaria y no fueron sedentarios. La información arqueológica, por lo menos la que tenemos hasta ahora, nos está demostrando que cuando este fenómeno se da, junto con los productos marinos ya tenemos una serie de plantas que juegan un rol importante en la economía de entonces.

Quizá el factor demográfico podría ser el único en el que podría tener cierta razón Moseley, pero esta información a nivel arqueológico es la más endeble. No porque ella no se pueda obtener, sino porque para lograrlo se necesita de investigaciones completas de yacimientos con sus respectivos cementerios y esto prácticamente no se ha hecho en el Perú. Tan es así que, cuando varios autores trataron de hacer un estimado de habitantes para los tiempos precerámicos, la cifras que se obtuvieron fueron sumamente alejadas las unas de las otras.

Los estudios que hemos hecho de los restos alimenticios de los yacimientos precerámicos y que han sido analizados por especialistas en nutrición, han demostrado que la dieta ha sido completa y que el desbalance planteado por Moseley no tiene sustento. Y esto ha sido corroborado con los análisis de los coprolitos humanos que se han encontrado en los mismos yacimientos.

Lo que tampoco ha explicado Moseley, es por qué el gran desarrollo de los tiempos precerámicos se dio en la Costa Norte y la Central más no en la Sur. ¿Es que el mar no ha tenido la misma riqueza a lo largo de todo el litoral? Y tampoco hay que olvidar que nuestro mar de pacífico tiene sólo el nombre. Y esto lo saben los pescadores y los marisqueros y todo el que tenga un poco de experiencia en estas tareas. Y definitivamente con la tecnología de los tiempos precerámicos, si bien es cierto que el mar podía explotarse, no le daba al hombre la tranquilidad que le pudieron proporcionar los productos agrícolas, sobre todo cuando aprendió a almacenarlos.

Y finalmente, hay que señalar el que ha sido el factor más importante de error de Moseley y sus seguidores. Ellos se engañaron con la gran cantidad de restos de moluscos que se encuentran en la basura de los yacimientos precerámicos, pero no se tomaron el trabajo de convertir el peso de la concha en el de carne. Y cuando eso se hace se llega a la conclusión que las cantidades disminuyen en forma impresionante. Mientras que los restos de los productos vegetales llevan fácilmente a engaño, pues se destruyen con facilidad, son llevados por el viento o fueron quemados. Todo indica, pues, que en el caso peruano al igual que en el resto del mundo la base fundamental de la civilización ha sido la agricultura. Y para entender mejor esto, bastará con hacer una revisión rápida de la lista de plantas que ha utilizado el hombre en nuestro territorio, mirándola con una perspectiva temporal.

Aproximadamente hacia los 8000 años a.C. en las serranías aparecen la oca, el ají, probablemente el olluco, el pacay, la lúcuma y el fréjol. Entre esa fecha y los 6000 años antes de nuestra Era ya se usa el pallar, el zapallo y el maíz. Y más tarde, entre los 2500 y 1500 años a.C. aparece la achira. En la costa la primera planta probablemente cultivada es el mate, entre los 6000 y 4200 años a.C. Pero a partir de esta fecha y hasta los 2500 años a.C. ya se emplea el maíz, la palta, el pacay, la yuca, la guayaba, el ají, dos especies de zapallos, la lúcuma, la achira y una planta que si bien no es alimenticia es de gran importancia, el algodón. Posteriormente ya se ha domesticado la chirimoya, la canavalia que es una leguminosa parecida al fréjol, la jíquima, el pallar, el fréjol, dos especies de ají, el camote, el olluco, la oca y la papa. Es decir, que hacia fines de los tiempos precerámicos el hombre andino había domesticado prácticamente todas las plantas que utilizará a lo largo de su historia y que encontrarán los conquistadores europeos. No hay que olvidar —lo hemos dicho— que en el mundo hoy se considera la existencia de siete lugares en los que en forma independiente se ha producido el proceso de domesticación de plantas y animales y los primeros intentos hortícolas, y que los Andes Centrales es uno de ellos.

Insistimos que esta lista de plantas se basa en evidencias muy concretas, es decir las halladas en la basura, pero ello se confirma también con lo que se ha podido detectar en lo coprolitos, es decir en los restos fecales de aquellos tiempos. Si a este inventario de plantas añadimos los animales a los que nos hemos referido anteriormente, no cabe la menor duda que los pobladores de aquellos tiempos tenían una dieta balanceada y que no hay la deficiencia de carbohidratos, tal como pretende Moseley.

Hay que señalar también, que con los estudios que hemos hecho a lo largo de muchos años en la zona de Huarmey más la información que se tiene de otras investigaciones, se ha demostrado que para poder llevar a cabo estos primeros cultivos, no fue necesario el uso de canales de regadío como se ha pretendido. Bastaba utilizar el limo aluvial que dejaba la estacional salida de madre de los ríos costeños y serranos.

Los arqueólogos han utilizado la aparición de la cerámica como un marcador cultural para separar, con fines metodológicos, el Período Precerámico y el Período Inicial, fenómeno que sucede entre el año 1800 y el 1500 antes de nuestra Era, ya que la cerámica no se encuentra en el mismo momento en todo el territorio andino central. Pero lo que es importante señalar, es que en realidad este nuevo instrumento, probablemente venido del Norte no se sabe bien si de Colombia o de Ecuador, en verdad no significa un cambio cultural importante en las poblaciones de nuestro territorio. En realidad sigue la vida de los tiempos precerámicos, sólo que los diferentes desarrollos culturales se enriquecen, apareciendo algunos nuevos. Por ejemplo se comienzan a utilizar los primeros canales de regadío, se inicia una tendencia más marcada hacia el regionalismo (eso se nota sobre todo en la arquitectura), se empieza a concretar un sistema de creencias más desarrollado que alcanzará mayor fuerza durante el Horizonte Temprano (entre los 900 y los 200 años a.C.) y que principiará a difundirse a lo largo del territorio en una forma pacífica. Pero sobre todo se comenzará a desarrollar nuevas soluciones tecnológicas con la finalidad de independizarse siempre más de la naturaleza para no depender de ella.

Si bien tenemos que admitir que este panorama es bastante bien conocido para la costa, lo es mucho menos en las tierras altas, donde faltan mayores investigaciones. Por lo que sabemos en términos generales, tanto en la Sierra Norte como en la Central se ha dado un proceso parecido al costeño, mientras que en los otros lugares siguió el mismo sistema de vida de los tiempos precerámicos. El proceso en la Sierra Sur no es claro, pero parece que en la zona del Altiplano hubo una mayor organización.

Hemos señalado en términos generales lo que para los antropólogos significa el término civilización, pero es claro que ello tiene una fuerte influencia teórica y como la diferencia entre cultura y civilización no es cualitativa sino solo de grado, se podrá deducir que las civilizaciones son ejemplos especiales de cultura. De modo que hay muchas maneras de definir la civilización y ello depende no sólo de los criterios que utilicemos, sino también del área del mundo a la que nos queramos referir.

Durante mucho tiempo hubo una tendencia en la arqueología, de tratar de llevar las investigaciones al análisis socio-cultural, sobre todo por las tendencias marxistas que estaban en boga. Así se trató de aplicar la teoría marxista a la arqueología, siguiendo el criterio de que para que haya progreso tecnológico debe existir un superávit en la producción para que se pueda producir el intercambio de productos. Este aumento llevaría a ciertos tipos de facilidades para la sociedad que lo lograra y éstas, en vez de ser utilizadas para usos prácticos, lo serían para lograr comodidades. Naturalmente éstas sería aprovechadas por el grupo que manejaba el poder, es decir por una clase que se valdría de estos beneficios a costa de los trabajadores que los generaron. De allí nacería el estado como ente coercitivo para proteger a los pudientes de la gran mayoría de los pobres. Como bien lo señaló Elman Service, no hay ninguna evidencia en las civilizaciones tempranas, ni en las así definidas jefaturas arqueológicas o históricas conocidas y en los estados primitivos, de la existencia del capitalismo. Hay intercambio, reciprocidad primitiva y redistribución compleja de la riqueza, pero no existen lo que hoy definiríamos como empresarios. Es una burocracia que mantiene un status, pero para sostenerse a si misma.

El arqueólogo que mayormente trabajó en esta línea y que tuvo mucha influencia sobre los colegas a nivel mundial, fue sin duda Gordon Childe. Hay que aclarar que él utilizó fundamentalmente las evidencias que en ese entonces se tenían para el Oriente Medio. A nuestro juicio él tuvo dos categorías de seguidores. Aquellos que trataron de ver, analizando los datos de su realidad, si el modelo era aplicable. Y otros que simplemente por ser marxistas y siendo el modelo de esa tendencia, lo aplicaron a ciegas y en forma dogmática, y sin ningún asidero científico. Quizá uno de los casos más típicos ha sido el del Perú.

  • 11 Town planning Review, Vol. 21, N° 1. pp. 3-17.
  • 12 Routledge. London. Ver pp. 155.

 

Pues bien en su trabajo seminal de 1950, «The Urban Revolution»11 Childe estableció diez criterios para lo que él definió «la revolución urbana». Pero antes de tratar este asunto debemos definir qué entendemos por urbano. Se han dado muchas definiciones, para los efectos del caso nos basaremos en uno de los últimos estudios que se han hecho sobre la materia. No referimos al de Charles Keith Maisels en su libro The Emergence of Civilization, publicado en 199012. Él dice que urbana es una población suficientemente numerosa y nucleada de modo que las relaciones sociales de producción cambiaron para expresar los principios de la interdependencia que surge de una apretada proximidad (en realidad él emplea el término synoecism, difícil de traducir literalmente) por sí misma, la expresión emergente de lo que es la cristalización del gobierno. A su vez, el gobierno se manifiesta él mismo como estado por medio de la administración basada en la escritura, más los edificios monumentales que representan la profesionalización de la fuerza ideológica, económica y armada. Concluye el autor diciendo que no es coincidencia que las primeras formas de ciudad o de lo que estamos definiendo como estado, hayan tomado la forma de ciudades-estado. Hay que añadir que él también trabajó con las sociedades del Cercano Oriente, pero en términos generales la definición es válida, si no se toman en cuenta algunos detalles al momento que se trata de aplicar el modelo a otra realidad, como por ejemplo el de la escritura en el caso andino.

Volviendo a la propuesta de Childe. Él escribió que la denominación de centros urbanos se refiere a aglomeraciones muy grandes de gente, que él calculó entonces entre siete y veinte mil personas. Los residentes en las ciudades eran especialistas a tiempos completo y el superávit que ellos producían era controlado por el gobierno. En estos centros se construyeron grandes edificaciones monumentales que fueron los símbolos de la concentración del superávit. Para que este sistema pueda desarrollarse y mantenerse, se necesita una clase dirigente con líderes civiles y militares y para el control de la producción y todo lo que ella conlleva, debe existir un sistema de escritura y de numeración. Todo esto genera el inicio de una serie de conocimientos y adelantos científicos como la aritmética, la geometría y la astronomía. Al mismo tiempo nace un arte sofisticado. Con esto ya se puede iniciar un intercambio de productos a grandes distancias. Pero lo fundamental es que para que toda esta secuencia de hechos se cumpla, debo existir una forma institucionalizada de organización política basada en la fuerza, y ese es el estado.

  • 13 Aldine Publishing Company. Chicago. El capitulo de Donald Collier lleva por titulo: “The Central A (…)

 

Este planteamiento ha tenido acérrimos defensores pero también duros críticos. Nos referiremos solamente a algunos que han analizado el asunto en función de nuestra realidad. En 1960 se realizó una reunión en la que se juntaron los más connotados especialistas en la materia para discutir el proceso seguido por las diferentes sociedades humanas hacia la vida urbana. Los resultados fueron publicados en 1962 en un libro titulado Courses Toward Urban Life13. Uno de los participantes fue Donald Collier, quien examinó los diez criterios childianos tratando de aplicarlos a la cultura peruana, por supuesto con los datos que se tenían en la época, y llegó a la conclusión que sólo la mitad de ellos podían ser identificados en los tiempos que hoy llamamos del Horizonte Temprano y el resto a lo largo del lapso que va desde el Horizonte Medio hasta el Horizonte Tardío.

En la misma reunión participaron Robert Braidwood y Gordon Willey. Ellos hicieron un balance comparativo entre las culturas que se desarrollaron en el área de Mesoamérica y en la Andina y concluyeron que en los tiempos que discurren entre la agricultura practicada por la gente que vivía en villorrios y el umbral de la civilización, las configuraciones ecológico-culturales de estas áreas fueron similares. Cada una de ellas tuvo variaciones regionales naturales dentro de un cuadro de un área mayor y las regiones estuvieron yuxtapuestas. Las culturas regionales se formaron en varios ambientes. En cada área hubo intercomunicación regional y un estímulo que fueron los que promovieron el crecimiento cultural. Bajo estas condiciones de regionalismo cultural, tanto Mesoamérica como el Perú alcanzaron el comienzo de la civilización y el urbanismo.

Los autores son enfáticos en afirmar que no fue antes que esto sucediera que el regionalismo de cada área fue roto por un fenómeno nuevo, el inicio de intentos imperiales sobre grandes áreas. Varios arqueólogos estuvieron de acuerdo con estos planteamientos, como Duncan Strong, Donald Lathrap y John Ford. Sin embargo años después Elman Service, discrepó con esta posición, que a nosotros tampoco nos parece ceñirse a las evidencias. Pero lo que creemos que es importante, es que después de haber hecho este análisis de la situación, Braydwood y Willey se plantearon una pregunta que es muy significativa y que habla por si sola: ¿Habría Gordón Childe encontrado correcta la definición de «revolución urbana» si hubiera entendido más completamente las evidencias del Nuevo Mundo? Definitivamente no, pues como acertadamente lo dicen estos dos especialistas, los procesos andino y mesoamericano son muy diferentes de los del suroeste de Asia, de la India y de China.

  • 14 W.W. Norton & company, Inc. New York

 

Y uno de los investigadores que ha tratado el asunto con más profundidad han sido Elman R. Service, en su obra de 1975 Origins of State and Civilization14. Después de haber analizado también las culturas mesoamericana y la andina, pone en duda la mayoría de las importantes implicancias de la formulación childiana de la civilización. Además, ha demostrado fehacientemente que en términos generales el nacimiento de las civilizaciones no ha tenido como fundamento el origen del estado.

  • 15 Ver su Opera Omnia en dos volúmenes publicada por la Universidad Nacional de San Marcos 1979 (Vol. (…)
  • 16 Ediciones Histar. Lima.

 

Los seguidores de la escuela marxista han tratado de implantar las ideas de Childe en el análisis de la Cultura Andina y fueron unos cuantos los que, como el que escribe, no la aceptaron. Y como remaban contra la corriente de los tiempos tuvieron muy poco eco. Hoy con los cambios que se han producido y con el fracaso de la ideología marxista, las cosas han cambiado y los problemas se están analizando desde un punto de vista científico, sin el dogmatismo al que estuvieron sujetos los que seguían esas creencias y que les obligaba a rezar el rosario en forma unitaria: agricultura- sedentarismo- cerámica-arquitectura monumental con todo el contenido social y político que el esquema pre-establecido les imponía. En el Perú el que introdujo estas ideas fue Emilio Choy, allá por el año 1959 con su trabajo «La revolución neolítica en los orígenes de la civilización americana»15. Pero es importante señalar que él fue consciente del problema y fue cauto y crítico sobre este punto y aceptó sólo parte de la tesis de Childe. El que siguió y difundió posteriormente estas ideas fue Luis Guillermo Lumbreras, pero él sí en forma dogmática. Las encontramos en muchos de sus trabajos que fueron fundamentalmente teóricos y sin sustento en investigaciones de campo (v.g. La Arqueología como ciencia social, 1974)16.

Aquí hay que hacer una aclaración en honor a la verdad y en memoria de Gordón Childe, que fue sin duda uno de los más grandes arqueólogos del siglo pasado. El planteó sus ideas investigando a base de la evidencia histórica de Mesopotamia, Egipto y las civilizaciones del río Indo y luego trató de entender cómo este proceso influyó sobre el nacimiento de la civilización en Europa. Pero Childe jamás pretendió y no consta en ninguno de sus numerosos escritos, que sus ideas fueran aplicadas a otras partes del mundo. Es más, sólo en una oportunidad, concretamente en su artículo de 1950 «The Urban Revolution», menciona tímidamente y en forma muy breve a los Maya de Mesoamérica. El término Sudamérica no existe en sus escritos, de modo que los que trataron de imponer sus ideas para el Área Andina Central no sólo lo hicieron sin conocimiento de causa, sino incluso dañando la memoria del que pretendieron que fuera su maestro.

  • 17 Revista del Museo de ArqueologíaAntropología e Historia6, Universidad Nacional de Trujillo, Fa (…)

 

En 1975 Service ha tratado de ver si las ideas childianas podían ser aplicadas para explicar concretamente los orígenes de la Civilización Andina. Cuando él lo hizo faltaban aún muchas evidencias sobre los tiempos precerámicos que tenemos hoy. Posteriormente, en 1994 nosotros hemos analizado el asunto en una conferencia que justamente lleva por título «Apuntes sobre los orígenes de la civilización andina» y que fue publicada en 199617. Al final hemos llegado a la conclusión que cuando Service dijo que los principios childianos no se daban en el Perú, definitivamente tuvo la razón.

  • 18 Ñawpa Pacha, 1. Berkeley, pp. 1-27.
  • 19 2001. Science, Vol. 292, N° 5517. Washington, pp. 723-726.
  • 20 “Determinants of Urban Growth in Pre Industrial Societies”. En: Meter J. Ucko, Ruth Tringham y G.W (…)

 

Resumiremos brevemente nuestras conclusiones que nos llevan a creer que si se trata de aplicar los principios childianos, saltan a la vista una serie de contradicciones que son evidentes. En primer lugar en nuestro caso los centros urbanos, es decir el concepto de ciudad, aparece recién en el Período Intermedio Temprano, es decir entre los 200 años a.C. y los 500 años d.C. Esto lo dejó entender John Rowe desde 1963 en su artículo «Urban Settlement in Ancient Perú»18. Recientemente Ruth Shady, Jonathan Haas y Winifred Creamer han publicado el artículo “Dating Caral, a Preceramic Site in Supe Valley in the Central Coast of Perú»19, en el cual sostienen que Caral (nombre nuevo atribuido al sitio que desde que Paúl Kosok lo descubrió en 1948 conocemos como Chupa Cigarro) es una ciudad que tiene una antigüedad de 2360 años a.C. Se ha olvidado que el concepto de ciudad, que ha sido muy bien definido en términos generales por Bruce Trigger en 197220, es un complejo centro ceremonial, administrativo, económico y en muchos casos defensivo. Y que para que ello exista debe darse esa característica muy compleja que definimos planificación. De manera que es un sistema político desarrollado el que hace posible la existencia de una ciudad y no viceversa. Además hay que ser conscientes que el concepto de ciudad, entendido en términos occidentales, no puede ser aplicado a la realidad prehispánica americana.

  • 21 1955. En: Las Civilizaciones Antiguas del Viejo Mundo y de America. Union Panamericana. Washington (…)
  • 22 1964. Ediciones Infinito. Buenos Aires; 1973. Walter and Company New York. (Los diez criterios apa (…)

 

Cuando en 1953 un grupo de especialistas se reunió para discutir estos problemas, uno de ellos Ralph Beals («Discusión: El Symposio sobre las Civilizaciones del Regadío»)21, hizo una serie de preguntas que es importante recordar. ¿Cuando una aldea se transforma en villa, una villa en un pueblo, y cuándo aparece el poblado urbano? Para poder hacer estas diferencias ¿bastará utilizar un entero simple, como el del tamaño por ejemplo, hay que pensar en una mezcla de tamaño con y densidad poblacional, o hay que emplear otros criterios? Pues Beals, y con razón, decía que un poblado grande y denso, pero con características indiferenciadas podría ser simplemente un pueblo grande, mientras que un poblado más pequeño pero con funciones diferenciadas, podría ser un lugar urbano. Es por eso que Jorge Hardoy en 1964 en su importante libro Las Ciudades Precolombinas (publicado posteriormente [1973] en edición ampliada y revisada, The Procolumbían Cities)22 en función de la realidad americana ha establecido diez criterios para poder determinar si un centro urbano es o no una ciudad.

A pesar que pueda parecer fatigante para el lector consideramos que es importante recordar estos criterios que han sido olvidados o no son conocidos por muchos arqueólogos. En primer lugar debe tratarse de un agrupamiento humano extenso y poblado para su época y región. Luego, debe ser un establecimiento permanente y con una densidad mínima para su época y región. Debe tener construcciones urbanas y un trazado indicado por calles y espacios urbanos reconocibles. Debe ser un lugar donde la gente residía y trabajaba. Pero, además, debe tener un mínimo de funciones urbanas, como por ejemplo un mercado y/o un centro administrativo y/o un centro militar y/o un centro religioso y/o un centro de actividad intelectual con las instituciones correspondientes. Además, debe presentar heterogeneidad y diferenciación jerárquica de la sociedad con la residencia de los grupos dirigentes. Debe ser un centro de economía urbana para su época y región y su población debía depender hasta cierto grado de la producción agrícola, la cual era realizada por gente que en forma total o parcial no vivía en la ciudad. Debe representar un centro de servicios para las localidades vecinas, convirtiéndose en lugar de irradiación de un esquema de urbanización progresivo y de difusión de adelantos tecnológicos. Finalmente, debe tener una forma urbana de vida distinta de la rural o semirural en función de su época y de su región.

Si éstos criterios son aplicados a los centros precerámicos peruanos, se ve perfectamente que en esos tiempos la ciudad no existió. Ella, repetimos, se hace presente sólo después, en los tiempos del Período Intermedio Temprano.

El otro argumento de Childe es la especialización. No cabe la menor duda que ella no existió en el Período Precerámico. Recién se hace evidente en el Horizonte Temprano más concretamente con lo que sensu lato llamamos Cultura Chavín.

  • 23 Ver: 1979. Bonavia D. y Grobman Alexander, “Sistema de depósitos y almacenamiento durante el perio (…)

 

Sin embargo, varias de las características childianas de la «revolución urbana» sí están presentes a lo largo del Precerámico tardío. Por ejemplo el excedente de productos. Es un hecho que si bien no ha sido un fenómeno generalizado, se dio. Y los depósitos de maíz, a los que hemos hecho alusión antes, son una clara demostración. Cuando realizamos nuestras investigaciones en Los Gavilanes23, descubrimos 47 hoyos en los que se almacenaba el maíz en arena. El volumen que ellos representaban corresponde a 1,590 metros cúbicos. Por los hallazgos de restos de maíz que hicimos al excavar los mencionados hoyos, vimos que las mazorcas de estas plantas eran mucho más pequeños que las actuales. Y la técnica para guardarlas era cubrirlas con arena completas, es decir sin desgranarlas. Con la ayuda de especialistas hicimos el calculo de la capacidad de los mencionados depósitos, pero en función de las medidas de los maíces precerámicos. Se hicieron dos estimados, uno bajo y otro alto. Según el primero se podían almacenar 461,128 kgs. de maíz y según el segundo 712,364 kgs. Como se verá se trata de cifras altas. Si se parte de la hipótesis de un consumo diario per capita entre 100 y 200 grs. de maíz reventador o pop como se le conoce también en nuestro medio (ese fue el tipo que se cultivó en aquellos tiempos). Pues bien, a razón de 350 calorías por 100 grs. de maíz aproximadamente y estimando que éste proporcionaba entre 1/6 y 1/3 de los requisitos promedios diarios, y suponiendo en 2,100 las calorías para el poblador adulto de Huarmey, se podría estimar un equivalente que oscilaría entre 36.5 y 73 kgs. de maíz per capita. Esto nos lleva a estimar entre 5,670 y 11,350 o entre 8,760 y 17,500 «equivalente hombre adulto» los rangos de la población que pudo haber sido abastecida por el contenido de los hoyos, en función de los dos cálculos que hemos hecho de kilogramos almacenables en Los Gavilanes. Es lógico que el grado de porcentaje de ocupación de los depósitos habría condicionado en última instancia el número de personas servidas. No cabe duda por las investigaciones que se han hecho, que en la zona del valle de Huarmey no habla poblaciones tan grandes que pudieran utilizar esa cantidad de maíz. Es cierto también que no tenemos la forma de saber si todos los hoyos estaban llenos continuamente. Pero eso está demostrando que se mantenía un excedente, que probablemente era canjeado en parte con las poblaciones de valles vecinos a base de un sistema que desconocemos, pero otra seguramente era guardada para disponer de alimentos en los años de sequía, que en el caso de nuestros ríos costeños, es una realidad muy frecuente. Y éste fue el inicio de una tradición que se generalizó y fortaleció en los tiempos prehispánicos posteriores y que no sólo hallaron los españoles, sino que les provocó tanto estupor que está reflejado en sus escritos de los tiempos de la Conquista.

Otra de las características que menciona Childe es la monumentalidad. Es un hecho que ella comienza a desarrollarse en estas épocas, y si no recordemos los grandes sitios que hemos mencionados en la parte inicial de este escrito, como es el caso de El Paraíso o Áspero.

No cabe la menor duda que es muy difícil concebir la construcción de edificaciones monumentales o un sistema de depósitos para almacenar productos alimenticios, sin la existencia de algún tipo de organización. Este es un tema muy difícil de discutir, pues la arqueología no nos permite adentrarnos más en el asunto y lograr saber de qué forma fue. Cualquier cosa que se diga es mera especulación y ello no es ciencia. De modo que nosotros preferimos no ahondar en el asunto. Pero no se puede negar que algo de esto existió. Lo que sí podemos suponer, e insistimos es solamente una conjetura, es que bien pudo ser algún tipo de trabajo comunitario que está dentro de las características de la Cultura Andina. En este sentido quisiéramos recordar que en la década de los años 50 del siglo pasado, Ralph Beals ya había dicho que las posibilidades de que las funciones directivas se lleven a cabo por medio de «patrones de cooperación comunal» no han sido suficientemente estudiadas. Su advertencia sigue vigente.

Childe propone la necesidad de la existencia de algún tipo de observaciones astronómicas. Es verdad que ciertos arqueólogos, como Rosa Fung, han señalado su posible existencia en los tiempos precerámicos. Este es otro aspecto sobre el que la arqueología no nos ha podido dar hasta ahora una prueba fehaciente. Pero es conocido por los datos que tenemos de la historia de otros pueblos del mundo, que las prácticas agrícolas y las observaciones astronómicas son fenómenos que van juntos. Es muy posible que los pobladores precerámicos peruanos tuvieran alguna noción empírica de esta naturaleza, aunque no olvidemos que ellos estuvieron más sujetos a fenómenos imprevisibles, como fue por ejemplo la escasez de agua en los ríos o El Niño del que tenemos una serie de pruebas de sus eventos en aquellos tiempos.

Pero en el antiguo Perú nunca hubo un sistema de escritura, de ningún tipo. En América los únicos que alcanzaron este adelanto fueron los Mayas. Los quipu, que aparecieron mucho más tarde, probablemente en los tiempos del Horizonte Medio (500 a 900 años d.C.) a juzgar por los datos que se tienen hasta ahora, fueron fundamentalmente un sistema de contabilidad y sólo un sistema mnemónico con grandes limitaciones. En los tiempos prehispánicos la historia se perpetuó fundamentalmente a base de la tradición oral, y ese fue uno de los obstáculos culturales que los europeos no lograron entender y superar y el causante de tantos malentendidos o errores que quedaron en los relatos de los cronistas hispanos.

El arte complejo evidentemente existió, pero no en los tiempos precerámicos. En verdad, de las manifestaciones artísticas de esos tiempos no conocemos casi nada, pues pocas evidencias nos han quedado y ellas fundamentalmente sobre dos materiales muy deleznables, los mates y los tejidos. En el caso de los mates se han hecho famosos los dos que hallara Junius Bird en Huaca Prieta y que muestran en su superficie motivos complejos, ejecutados con la técnica de la excisión. En el caso de los tejidos hay una serie de motivos, entre ellos algunos muy interesantes pues nos muestran los antecedentes de los que serán más tarde los temas del estilo Chavín. A pesar, y esto no hay que olvidarlo, que en aquellos tiempos aún no se había descubierto el telar y que la técnica más importante fue la entrelazada, más conocida como twine. Pero un arte verdaderamente complejo y muy elaborado lo encontramos recién en la cultura Chavín del Horizonte Temprano. Un arte representativo pero oscurecido por sus convenciones que no representan directamente el motivo deseado, sino en forma figurada o metafórica. Es decir, es una comparación por sustitución que la entendían bien los que estaban imbuidos de su cultura, pero que queda en gran parte incomprensible para nuestra mentalidad.

Pues bien, para Childe todos estos fenómenos, como lo hemos visto cuando nos hemos referido a sus planteamientos, son contemporáneos y -como conjunto- son los que llevan a un grupo humano a la revolución urbana, es decir a la civilización. Sobre esto debemos hacer un digresión, para decir que la gran mayoría de seguidores de Childe han interpretado mal el término revolución que él usa. Para él éste no es el proceso que lleva a que el fenómeno se produzca, sino la culminación de éste. Pues bien, en el caso de la Cultura Andina, hemos visto con detalle que ellos se dan en diferentes momentos de la historia y que, además, no hay una concatenación entre ellos. Cada uno tiene características particulares. Además la noción marxista del estado, tal como lo hemos explicado al principio de este escrito, definitivamente no se produjo en el Área Andina Central; la dialéctica ha sido diferente.

Si bien es cierto, y sobre esto insistimos para evitar malentendidos, que no contamos con la necesaria información para las tierras altas, por lo menos en la zona costera no ha sido el progreso tecnológico el que ha producido el sobrante en la producción de alimentos sino la inestabilidad alimenticia provocada por fenómenos naturales. Y además el superávit se logró con una tecnología muy simple, basada en una horticultura que dependía de la salida de madre de los ríos. Lo que se conoce en África como agriculture de décrue. El gran desarrollo tecnológico vino mucho después. Nos referimos a los campos experimentales y los grandes canales de regadío que desarrollaron los mochicas. O el complejo sistema de canales subterráneos para aprovechar el agua del subsuelo filtrante de los ríos y sacarla en superficie que construyeron los nasquenses, sólo para mencionar dos ejemplos.

El comercio, entendido en términos occidentales, no existió nunca en América hasta la llegada de los europeos; lo que se manejó fue una serie de sistemas de intercambio de productos, algunos de los cuales aún están vigentes en nuestras serranías.

Si hubo desigualdades en los tiempos precerámicos, es muy difícil decirlo. Nuevamente la arqueología en este sentido tiene limitaciones. Admitiendo que las hubo, no debieron ser muy marcadas como tampoco parece que lo fueron en los tiempos del Periodo Inicial y del Horizonte Temprano. Las grandes desigualdades comenzaron en el Período Intermedio Temprano. Pero en este caso también es difícil comparar al Viejo con el Nuevo Mundo, ya que las motivaciones fueron diferentes. Hubo sin duda, lo hemos dicho, desde el Precerámico algún tipo de controles sociales y una forma de organización social, pero de ninguna manera la concepción de estado tal como la planteó Childe. En este sentido hay que decir que para algunos autores, como para Richard Schaedel, incluso en los tiempos mochicas hubo más un sistema de jefaturas que un verdadero estado, si es que se observa el fenómeno con criterios funcionales y operacionales desde el punto de vista de la evidencia arqueológica.

  • 24 Columbia University press. New Cork.
  • 25 Cambridge University Press. Cambrigde. El capítulo en cuestión es: «The exercise of power in early (…)
  • 26 Idem. pp. 161-167

 

Jonathan Haas en 1982 en su libro The evolution of Prehistoric State24planteó la hipótesis que el estado hizo su aparición entre fines del Período Inicial y el principio del Horizonte Temprano. Pero su argumentación fue muy endeble pues se basó en la premisa que la arquitectura de gran tamaño requiere de un orden manejado por un poder coercitivo. Dichas ideas fueron presentadas posteriormente en el libro The Origins and Development of the Andean State en 198725 y discutidas por Malcom Webb («Broader perspectives on Andean state origins» 1987)26 quien llega a la conclusión que no fue una organización estatal y sugiere más bien algo así como una «comunidad regional».

En realidad los estados de conquista aparecen recién en el Período Intermedio Temprano, conjuntamente con la aparición de la ciudad. De ello no hay ninguna evidencia en la época precerámica, como tampoco en los tiempos del Período Inicial y del Horizonte Temprano. Todo nos está indicando que la religión de Chavín, que parece que se origina en las serranías en la zona donde está el templo de Chavín de Huántar, se difunde a lo largo de gran parte de los Andes Centrales en una forma pacífica, a base de un proselitismo religioso muy eficiente y persuasivo, pero al amparo de una Pax Chavinensis. Mientras que la agricultura sensu lato, con todas sus implicancias, es mucho más temprana. Insistimos, aunque pueda parecer ocioso, que ello es un fenómeno precerámico.

El planteamiento de Elman Service en este sentido nos parece muy correcto, cuando nos dice que en el Área Andina Central fue el poder político el que organizó la economía y no al revés. En un trabajo anterior escribimos que esta posición es evidente y demuestra que puede llegarse a producir superávit agrícola sin una tecnología avanzada, que puede existir una vida organizada en aldeas, es decir en una forma incipiente de estado o jefatura, sin los requisitos childianos e incluso sin la existencia de la ciudad. Y que el estado por conquista nace mas tarde y va asociado a una tecnología ya avanzada, pero que su población no vive necesariamente en ciudades. Pues la ciudad, entendida en términos de la cultura andina, fue muy diferente a la occidental. Mientras ésta última fue el símbolo de la concentración de la población y del poder, en los Andes fue sólo el símbolo del poder, pero la población siguió viviendo dispersa, cerca de los campos de cultivo.

  • 27 1957. Yale University Press. New Haven.

 

Hay otro punto importante que hay que aclarar. Los arqueólogos que han seguido las proposiciones de Childe, han aceptado las ideas de Karl Wittfogel expuestas en su conocida obra Oriental Despotism: A Comparative Study of Total Power27 publicada en la segunda mitad de la década de los años cincuenta del siglo pasado. En ella él propone que los sistemas sociales y el control despótico sobre ellos pudo darse sólo con un alto desarrollo de un poder burocrático sobre el sistema hidráulico. En otras palabras, el control del agua fue la base de todo este proceso. La burocracia al planificar los usos de los medios hidráulicos y empleando la mano de obra para mantenerlos, tiene que tener un gran control sobre los medios de subsistencia de la sociedad.

Otros piensan que la irrigación va ligada con el desarrollo de sociedades estratificadas, en las que el estado tiene el control del agua. Y que son las necesidades de la irrigación las que llevan al desarrollo del estado y de las sociedades urbanas.

No cabe la menor duda que en los Andes Centrales el proceso no fue así y se dio de una manera completamente diferente, pues la irrigación y el estado (o la jefatura si se prefiere) han sido dos fenómenos interactuantes, que se fueron desarrollando en forma paralela y, como muy bien lo señaló Richard Adams, la irrigación intensiva fue más bien una consecuencia que una causa de la organización estatal. En el Área Andina no ha habido, pues, una revolución en el sentido childiano, sino más bien una evolución, pero al mismo tiempo y esto lo planteamos en uno de nuestros ensayos, hubo mutación por contacto, por lo que se podría definir como ósmosis cultural.

Todo lo que hemos expuesto nos lleva a la conclusión que si bien la civilización, tal como la hemos definido no se desarrolla en tos tiempos precerámicos, es entonces sin duda que se echan las bases de este complejo fenómeno y tal como ha sucedido en el resto del mundo, sin excepciones, la agricultura es el motor fundamental del proceso. Pero una producción de alimentos que tuvo que ir pari passu de sistemas de conservación, sin los cuales en la inestabilidad de los fenómenos naturales que caracterizan al territorio andino, ella por si sola no hubiera podido haber dado los frutos que dio.

Vemos pues que el de la civilización es un camino largo y lleno de dificultades, que tiene sus antecedentes en los tiempos precerámicos más tempranos con las primeras utilizaciones de las plantas, pero que comienza a cristalizarse hacia fines de esos tiempos, que los arqueólogos llaman el Precerámico VI. Este fenómeno sigue a lo largo del Período Inicial y del Horizonte Temprano. Sería muy largo y no es este el momento para seguir y describir el proceso paso a paso. Pero la gran mayoría de estudiosos están de acuerdo que es recién en el Período Intermedio Temprano cuando tenemos un progreso tal en el Área Andina Central, que podemos hablar de la existencia de la civilización. Es la época que alguna vez fue definida como «clásica» y que reúne los grandes desarrollos locales y regionales. Con ello no hay que pensar en aislamientos culturales, de ninguna manera, sino más bien en integraciones regionales, en algunos casos basadas en la conquista violenta y en otras en expansiones pacíficas.

Es en estos tiempos que la arqueología nos permite ver una serie de características que nos dejan pensar en la existencia de alguna forma de organización social y política que podemos definir como estado o como lo prefiere llamar Service «jefatura extendida». Para demostrarlo vemos en la costa el desarrollo de sistemas de irrigación complejos y bien organizados que incluso sobrepasan los límites de un valle. La utilización de tecnologías básicas pero a pesar de todo más complejas que antes. A juzgar por los patrones de establecimiento se produjo también un aumento demográfico notable y al mismo tiempo varias formas de organización guerrera o de tipo militar que no cumplieron solamente la tarea expansionista de las sociedades de esos tiempos y el mantenimiento de sus territorios, sino que de alguna manera realizaron también otras funciones, como la de ayudar en ciertas normas religiosas como fueron los sacrificios humanos. No cabe la menor duda que hubiera sido imposible mantener juntas una serie de estas acciones sin un poder centralizado y organizado, que posiblemente mezcló los aspectos y las practicas religiosas y profanas.

  • 28 Prentice -Hall, Inc. Englewood Cliffs.
  • 29 Historica, Vol. I, N°1. Lima. pp. 37-60.

 

Lanning estaba convencido que en la base de todo esto fenómeno estuvo la necesidad de contar con mayor cantidad de tierras cultivables, para poder mantener una población que estaba aumentando. En efecto, muchos autores creen que fue en estos tiempos que se alcanzó un gran desarrollo demográfico en la costa, mientras que las serranías habrían sufrido menos este fenómeno por su propia naturaleza. Es muy difícil, lo repetimos, hablar de cifras y se trata sólo de estimaciones. Lanning, cuando escribió su libro Peru before the Incas en 196728, estimó un total de más de cuatro millones de habitantes en el territorio de los Andes Centrales antes de la imposición del Imperio Huari. Es posible que haya estado cerca de la realidad, pues David Cook, sin duda el que mejor conoce este tema y que trabajó con una metodología muy seria, en su escrito «Estimación sobre la población del Perú en el momento de la Conquista» publicado en 197729, calculó que a la llegada de los españoles en este territorio debió existir una población de aproximadamente seis millones de personas.

  • 30 1938. New Cork; 1966. Ediciones Infinito. Buenos Aires.

 

La otra innovación que aparece en estos tiempos, y lo hemos mencionado en varias oportunidades a lo largo de este escrito, es la aparición de la ciudad. Es decir de una concentración de gente que vive de tal manera que se juzga no sólo por su tamaño, sino por una serie de otros factores. En efecto si a los conjuntos urbanos de estos tiempos le aplicamos los criterios establecidos por Hardoy, vemos que encontramos que se pueden comprobar la mayoría de ellos (por lo menos seis). Uno de los clásicos autores que ha estudiado el fenómeno urbano ha sido sin duda Lewis Mumford, en su dos libros The Culture of cities (1938) y La ciudad en la Historia (1966)30, y él ha escrito justamente que la ciudad es la peculiar combinación de la creatividad y el control, de la expresión y la represión, de la tensión y de la descarga. Por eso explicó que la ciudad debe ser una estructura especialmente equipada para almacenar y transmitir los bienes de la civilización, pero suficientemente condensada para poder proporcionar la máxima cantidad de facilidades en un espacio mínimo, pero teniendo la capacidad de un ensanche estructural que le permita hallar el lugar para nuevas necesidades y formas más complejas de una sociedad que está en crecimiento y que pueda mantener su legado social acumulativo.

Es así que en este Periodo vemos la aparición del centro urbano de Tiahuanaco en Bolivia, el inicio del nacimiento de esa gran ciudad que será Huari en la zona ayacuchana y se convertirá más tarde en la capital del primer imperio andino, de Cahuachi en el valle de Nasca, de Maranga en el valle de Lima y del gran conjunto urbano que existió entre tas Huacas del Sol y la Luna en Moche (en las cercanías de Trujillo) y que recién se está descubriendo. La lista podría ser mucho más larga, pero este no es el caso. Lo que sí hay que recalcar es que todas estas grandes urbes estuvieron rodeadas de y conectadas con centros rurales y villorrios que actuaban en conjunto, cumpliendo diferentes funciones.

Es claro que cada cultura tuvo sus modelos de centros urbanos que debían sujetarse a normas establecidas, pues no hay que olvidar lo que siempre decía Hardoy, y es que el concepto de ciudad es esencialmente dinámico y evoluciona con el tiempo y el lugar, además de estar condicionado a muchos factores.

La gran complejidad de esta época la vemos reflejada también en los conflictos que se desarrollaron y que han dejado su expresión arqueológica en fortalezas y sitios fortificados, además de las representaciones escenográficas de la cerámica y los restos humanos de las tumbas que muestran muerte por violencia.

Pero después de la ciudad, uno de los aspectos más saltantes ha sido sin duda la agricultura. Hemos visto que a fines de los tiempos precerámicos ya se contaba con una impresionante cantidad de plantas domésticas. Ahora bien si hacemos un análisis de la lista de éstas que encontraron los europeos a la llegada a nuestro territorio y la comparamos con la del Periodo Intermedio Temprano, constatamos que faltan sólo dos que aparentemente fueron domesticadas más tarde (probablemente durante el Período Intermedio Tardío) y que no se usaron en estos tiempos. Ellas fueron la caígua y la guanábana. Además tenemos la prueba arqueológica de la existencia de campos experimentales para estudiar la mejor forma de riego, el uso de fertilizantes, pero sobre todo de acueductos que son verdaderas obras de ingeniería.

Las artes en estos tiempos alcanzaron un desarrollo increíble y algunos de los estilos como el de Moche y el de Nasca no encontrarán igual en tiempos posteriores de la Cultura Andina y que se han hecho famosos en el mundo entero. Pero hay que recordar que fue un arte que estuvo al servicio de la religión. En el Antiguo Perú no existió el arte por el arte tal como se practica hoy en día.

Pero junto al arte las artesanías se desarrollaron en una forma impresionante, quizá las más elaboradas fueron las de los textiles y la alfarera. La cerámica andina es considerada como una de las mejores del mundo tanto por la finura y la selección de sus arcillas, cuanto por la tecnología del control de la cochura por oxidación en hornos abiertos, por la finura de su modelado y la exquisitez de su pintura.

Los adelantos técnicos se ven además en la monumentalidad de su arquitectura y en los descubrimientos y el manejo de la metalurgia, como el uso del bronce arsenical por parte de los mochicas.

En las serranías parece que el poder estuvo más centralizado y hubo más intercambio a distancia e incluso en el caso de Huari una organización militar más efectiva, siempre al servicio de la religión.

No cabe duda pues, que la Civilización Andina había alcanzado su primer estadio en estos tiempos, pero es sobre esta base que seguirá desarrollándose hasta los tiempos incaicos que representan algo así como la síntesis de todo el proceso anterior. Esta civilización ha tenido su desarrollo propio y no se puede tratar de entenderla bajo esquemas o modelos elaborados para otras realidades. Se trata de una cultura original, que ha tenido que enfrentarse además con una naturaleza que no tiene similares por sus dificultades y que fue probablemente la causa del nacimiento del trabajo comunitario, que en el fondo ha sido uno de los principales motores de su adelanto.

  • 31 Suplemento DominicalEl Comercio. Lima 29 de marzo, pp. 7
  • 32 A Reappraisal of Peruvian Archaeology, Assembled by Wendell C. Bennett. American Antiquity, Vol. X (…)

 

Si bien es cierto, como escribió algunas vez Fernando Silva Santisteban («Nuevos aspectos del conocimiento histórico», 1963)31, que no se puede hablar de leyes históricas en el sentido riguroso, pues la sociedades y las culturas no permanecen estáticas, son entidades que van mutando, la evolución social y el progreso representan cambios y sustituciones que después de un tiempo determinado modifican sustancialmente el estado de una cultura. Lo que es interesante es que a pesar de todos estos cambios a lo largo del tiempo y a pesar de la diferenciaciones locales, a lo largo y a lo ancho de su territorio la Cultura Andina ha mantenido una característica que Wendell Bennett definió con el término de cotradición («The Peruvian Cotradition», 1948)32. Es decir una unidad de su historia cultural dentro de la cual las culturas que la componen han estado interrelacionadas a lo largo de su proceso de desarrollo. Significa además, que vista en conjunto, se puede observar que todas las culturas del área geográfica en cuestión propugnan o producen o son inducidas al cambio aproximadamente en el mismo momento.

Si bien, pues la historia en los Andes Centrales ha seguido su propio curso, en forma independiente del resto del mundo y con una notable originalidad, sin embargo tiene un punto en común con las otras civilizaciones del orbe. Es decir, hunde sus raíces en las bases agrícolas sin las cuales ella no hubiera podido nacer.

Nota: El original ha sido publicado en el año 2003 en Biblioteca Hombres del Perú, dirigida por Hernán Alva Orlandini. Vol.1. Pontificia Universidad Católica del Perú (Fondo Editorial), Editorial Universitaria. Lima. pp. 39-71.

NOTAS

1 Aldine Publishing Company, Chicago.

2 1992, American Society of Agronomy, Inc., Crop Science Society of America, Inc., Madison

3 Fondo de Desarrollo Editorial, Universidad de Lima. Lima.

4 Edición de 1970. University of Chicago Press. Chicago.

5 En: Asentamientos urbanos y organización socioproductiva en la historia de América Latina. Ediciones Siap. Buenos Aires, pp. 15-38

6 En: Historia del Perú, Vol. VII. Editorial Juan Mejía Baca. Lima. pp. 367-585.

7 Suplemento DominicalEl Comercio, Lima 19 de enero, pp. 4

8 (Compendio; 2 Volúmenes). Emecé Editores, S.A. Buenos Aires.

9 Edición en español de 1960, La Civilización puesta a prueba, Emecé Editores. Buenos Aires, pp. 47

10 1975. Cummings Publishing Company, Menlo Park

11 Town planning Review, Vol. 21, N° 1. pp. 3-17.

12 Routledge. London. Ver pp. 155.

13 Aldine Publishing Company. Chicago. El capitulo de Donald Collier lleva por titulo: “The Central Andes”, pp. 165-176. El de Robert Braidwood y Gordon Willey, “Conclusions and Afterhoughts”, pp. 330-359.

14 W.W. Norton & company, Inc. New York

15 Ver su Opera Omnia en dos volúmenes publicada por la Universidad Nacional de San Marcos 1979 (Vol.1) y 1985 (Vol.2). El articulo en cuestión esta en el Vol. 1, pp. 122-188. Ver especialmente la pág. 151, Nota 17.

16 Ediciones Histar. Lima.

17 Revista del Museo de ArqueologíaAntropología e Historia6, Universidad Nacional de Trujillo, Facultad de Ciencias Sociales. Trujillo. pp. 7-30.

18 Ñawpa Pacha, 1. Berkeley, pp. 1-27.

19 2001. Science, Vol. 292, N° 5517. Washington, pp. 723-726.

20 “Determinants of Urban Growth in Pre Industrial Societies”. En: Meter J. Ucko, Ruth Tringham y G.W. Dimbleby, editores. Man, Settlement and Urbanism. Duckworth. London, pp. 575-599.

21 1955. En: Las Civilizaciones Antiguas del Viejo Mundo y de America. Union Panamericana. Washington, D.C. pp. 55-59.

22 1964. Ediciones Infinito. Buenos Aires; 1973. Walter and Company New York. (Los diez criterios aparecen en la edición española en la pág. 23 y en la inglesa en las págs. XXI- XXII).

23 Ver: 1979. Bonavia D. y Grobman Alexander, “Sistema de depósitos y almacenamiento durante el periodo precerámico en la costa del Perú” Journal de la Société des Americanistes, Tomo LXVI, Paris. pp. 21-43; 1982. Bonavia, D. Los gavilanesMardesierto y oasis en la historia del hombre. Corporación Financiera de Desarrollo S.A., Instituto Arqueológico Alemán. Lima.

24 Columbia University press. New Cork.

25 Cambridge University Press. Cambrigde. El capítulo en cuestión es: «The exercise of power in early Andean state development», pp. 31-35.

26 Idem. pp. 161-167

27 1957. Yale University Press. New Haven.

28 Prentice -Hall, Inc. Englewood Cliffs.

29 Historica, Vol. I, N°1. Lima. pp. 37-60.

30 1938. New Cork; 1966. Ediciones Infinito. Buenos Aires.

31 Suplemento DominicalEl Comercio. Lima 29 de marzo, pp. 7

32 A Reappraisal of Peruvian Archaeology, Assembled by Wendell C. Bennett. American Antiquity, Vol. XIII, N° 4, Parte 2. Menasha. pp. 1-15.

AUTOR: Duccio Bonavia
© Institut français d’études andines, 2007

Fuente: http://books.openedition.org

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