El Camino Inca, destino Machu Picchu: Por la calzada, entre nieblas y colibríes

peru1aPerú en tres dimensiones.
Por la calzada, entre nieblas y colibríes.

Una caminata iniciática de tres días, con orquídeas en las veredas y una gran recompensa: Machu Picchu, el último refugio de los incas

Autor: Carlos Franz
Fuente: Revista Viajeros, el País

Al alba, recorres los últimos cuatro kilómetros hacia la ciudad sagrada. Vas por un sendero cortado en la ladera oriental de la montaña Machu Picchu. Llueve. La vereda empedrada, estrecha y resbaladiza, serpentea entre la pared selvática y un abismo. Abajo, la niebla llena el cañón del Urubamba. Arriba, más nubes ocultan las cumbres. De golpe, la senda se estrella contra una empinadísima escalera de cincuenta peldaños, dispares y resbalosos, esculpidos en la roca granítica. ¿Serás capaz de subirla? Esta escalinata debe tener setenta grados de inclinación y por sus estrechos escalones chorrea el agua. Además, vienes cansado. Estás en la última jornada, después de tres días y 45 kilómetros trepando y bajando montañas. Pero en la cima de esa escalera se halla el Intipunku, la Puerta del Sol, el acceso a la ciudad y el fin del camino. Parece que sus antiguos constructores hubiesen emplazado aquí este postrer desafío a propósito.

Titubeas hasta que recuerdas que ya superaste desafíos más altos. La mayor parte de este tramo del Camino Inca transcurre por encima de los 3.000 metros de altura. Durante la segunda jornada debiste ascender desde esa cota hasta los 4.215 metros del abra Warmiwañusca, Paso de la Mujer Muerta. Cuando por fin llegaste a esa cima, la razón de este extraño nombre se te había hecho evidente.

Durante aquella ascensión recorriste varios climas. Al fondo, en el estrecho valle, había álamos y coníferas, como en un paisaje mediterráneo; más arriba, a 3.500 metros de altitud, apareció un bosque de neblina formado por Polylepis: árboles de la familia de los rosales, de cortezas escamosas y ramas torcidas; llegando al Paso de la Mujer Muerta sólo sobrevivían pastos duros y ralos: vegetación de páramo donde forrajeaban las alpacas.

Debido a esos cambios bruscos en la flora, Humboldt vio en las montañas tropicales de Sudamérica cuadros sinópticos de la naturaleza universal. Pero el caminante no puede contemplar demasiado esos cuadros (de orquídeas, de mariposas, de colibríes…) cuando va subiendo y jadeando y sus pulmones emiten un rebuzno con cada exhalación.

Al coronar aquel paso quedaste montado entre dos tiempos. Atrás, el hondo embudo de montañas verdes por donde subiste desbordaba de sol. Adelante, el siguiente valle rebosaba de nubes revueltas por un viento helado. Nuevas cimas flotaban sobre esas nieblas. (Entre otras cosas, eso se aprende en el camino: ninguna cumbre es la última). Te apoyaste sobre los bastones, aprontándote. Y dejaste la luz a tus espaldas para descender internándote en el sendero que la neblina te ocultaba.

Al día siguiente, pasado Sayaqmarka (“la inaccesible”), cruzaste un túnel excavado en la piedra. Más allá bajaste escalinatas que giraban casi en espiral por la hoya de un despeñadero semicircular. Desde un promontorio se divisaban, a la vez, el Urubamba y el Aobamba, los ríos que confluyen al pie de esas montañas (hay que llamarlo pie porque en esas hendiduras no cabe la palabra valle). En aquella ceja de selva la vegetación se volvió más densa, húmeda y cálida. El aliento de la lejana cuenca amazónica empezaba a sentirse como en otras latitudes el aire yodado del mar se olfatea desde tierra adentro.

Varias horas después aparecieron las terrazas agrícolas de Puyupatamarka, retrepadas en faldeos casi verticales. Sobre un andén alfombrado por una hierba de color esmeralda pastaban tres o cuatro llamas, al borde del precipicio donde rompían olas de niebla.

En algunos de esos enormes complejos agrícolas los andenes suman un centenar de pisos. Los canales ocultos bajo las terrazas llevan quinientos años impidiendo que se desmoronen, drenando los dos metros de lluvia que anualmente caen en esa zona. Dentro de cada andén hay una capa de cascajo, otra de arena, y una superior de tierra vegetal. Esta última se abonaba, en parte, con guano traído de las islas Chincha, a 1.500 kilómetros de distancia.

Como tantos caminantes antes que tú, te asombraste de esas hazañas logradas por pueblos tan atrasados que no conocieron la rueda ni la escritura. Olvidabas que para el porvenir todos vamos atrasados. El futuro se asombrará de ti y los logros de tu época precaria, con la misma vanidad condescendiente (y eso si acaso deja-mos algo memorable).

Desde aquellas terrazas desiertas escuchaste la ausencia que llena esos abismos. ¿Dónde se fue la multitud que trabajó en los andenes? Como muchos imperios, el de los incas ofreció paz y prosperidad al precio de servidumbre. (“Machu Picchu, pusiste piedra en la piedra, y en la base, harapos”). En estos vertiginosos sembradíos laboraron miles de siervos, venidos de los cuatro confines del Tahuantinsuyo, pagando tributo a la aristocracia cuzqueña con su trabajo. Cuando los españoles derribaron el imperio, esos siervos huyeron, regresando a sus países. Pronto tendrían nuevos amos.

Pensando en esas cosas, casi te has olvidado de que estás al pie de la última escalera. La lluvia chorrea por los dispares peldaños de granito. Te decides a emprender esa ascensión final. La Puerta del Sol debe estar allí arriba. Y más allá la ciudad construida entre nubes. Subir hasta ella casi a gatas será tu forma de reverenciarla.

» Carlos Franz es autor de la novela Almuerzo de vampiros (Alfaguara).

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