Cusco y Puno: explorando las alturas del Perú


Cusco

Envolverse de historia, culturas vivas y paisajes extraordinarios. Sobran los motivos para subir los miles de metros que separan a Cusco y Puno del nivel del mar.

“No es soroche, es la emoción de estar tan cerca del cielo”, leían los recién llegados al arribar al aeropuerto del Cusco años atrás. El cartel ya no existe, pero la emoción se mantiene. Esta ciudad no solo es el camino para llegar al Valle Sagrado y Machu Picchu. Acá hay mucho más que hacer que tomarse una foto con una llama. Hoy, Cusco se nutre de las nuevas generaciones y de sus ganas de hacer las cosas bien, así como de los nuevos vecinos que llegan de todo el mundo.

El 2011 fue un año feliz para los sibaritas. Apareció la nueva estrella gastronómica de la ciudad: Le Soleil. En pleno corazón de los Andes, este restaurante gourmet francés sirve un “canard à l’orange” capaz de robar una nostálgica sonrisa al galo más exigente. También abrió sus puertas La Bodega 138 y empezó la feliz experiencia de disfrutar de sus pizzas artesanales, como la memorable Puna, de prosciutto y rúcula. Los dulceros encontraron su pedazo de paraíso en El Hada. Sus helados artesanales, macarons y cafés merecen un sincero aplauso.

Sentarse a mediodía en la Plaza de Armas sigue siendo una de las mejores formas de observar una parte del Cusco cotidiano. Cualquier día de la semana, sentados en las verdes bancas de madera, se pueden ver a » señores mayores elegantemente vestidos, mochileros de todo el planeta y alegres niños jugando. No es raro que una o varias comparsas de danza aparezcan de la nada, pintando los adoquines de la plaza con música y color. Testigo permanente de esta curiosa convivencia, la imponente Catedral abre sus enormes puertas a fieles y curiosos.

A espaldas de ésta, las calles se elevan hacia las nubes. Las viejas casonas blancas con puertas azules delatan la entrada a San Blas. Caminar por sus calles es una bocanada de aire fresco en pleno centro. A pesar de los incontables hostales y restaurantes, tras muchas puertas siguen viviendo las familias tradicionales, como los Mendívil, Olave o Mérida. Artesanos que ahora comparten calle con jóvenes joyeros, pintores y creadores. Desde lo alto, el mirador del barrio recompensa a los valientes que suban hasta él con una vista panorámica, que literalmente, deja sin aliento.

Siglos antes de ser bautizado con nombre de santo, San Blas se llamaba Tococachi y formaba parte de los barrios que rodeaban al Cusco incaico. En ese entonces, los límites de la ciudad dibujaban la silueta de un inmenso puma. Hay quienes dicen que se trató quizás de un posible homenaje al Lago Titicaca, que en quechua significa puma de piedra y cuyas aguas también tienen la forma de este felino.

En las orillas del lago Titicaca se encuentra la ciudad de Puno, a 390 kilómetros de Cusco. Durante siglos, los pueblos de ambas tierras estuvieron unidos por caminos inca y hoy una carretera permite seguir las huellas del pasado. El recorrido turístico se detiene en lugares que pocos conocen, como la impresionante iglesia de Andahuaylillas o el sitio arqueológico de Raqchi.

Los torreones de Sillustani pueden medir hasta 12 metros de altura.

Después de estar en Cusco, parece difícil mantener despierta la capacidad de asombro. Pero Puno ofrece sorpresas notables, con un paisaje lacustre único y culturas vivas. Acá se sienten, al llegar, los 3,827 metros de altitud, pero el cuerpo se acostumbra y la ciudad tiene muchos rincones con encanto para descubrir.

Al salir de Puno, el ladrillo es rápidamente reemplazado por la naturaleza. Infinitas llanuras tapizadas de pastos, interrumpidas por manantiales y pequeñas lagunas. Así es el paisaje durante la media hora de camino hacia las chullpas de Sillustani, una necrópolis preinca. Frente a la hermosa laguna de Umayo, los inmensos torreones circulares de piedra, de hasta 12 metros de altura, son las tumbas de antiguos colla, pueblo Aymara, momificados. Sin grupos de turistas, por las mañanas el silencio es el mejor guía posible.

Por otro lado, es imposible venir al Titicaca y no visitar sus islas. Las más cercanas son las islas flotantes de los Uros, pueblo de origen precolombino. Para los uros, la totora era una planta enviada por los dioses. Con esta especie de junco que crece en el lago construyen sus islas, sus casas, alimentan a sus animales, la usan como combustible y fabrican artesanías. Estas islas son tan flotantes que están ancladas para evitar que un fuerte viento las lleve lejos.

Después de visitarlos, sucede lo que parecía imposible: el Titicaca se hace aún más inmenso. La ciudad en el horizonte y las siluetas de los cerros nos recuerdan que estamos en un lago. Quedan tres horas de navegación para llegar a Amantaní, la mayor isla del lago, donde pasaremos la noche. El viento sopla con fuerza, el sol brilla en medio del cielo y platina las aguas del lago. Desde el techo del bote, no hay nada en que pensar, las ideas se pierden sin regreso.

 

Las islas flotantes de los Uros se encuentran a no más de 6 km de Puno

Con las cabezas cubiertas por elegantes mantos negros, que contrastan con sus polleras de colores, las mujeres son las encargadas de recibir a los huéspedes en el muelle de Amantaní. Las familias de la isla están organizadas y se rotan el alojamiento de viajeros, en un ejemplo de cómo la población local se beneficia del turismo. Da gusto. Me toca la casa de Flora Calsin. “¿De qué país?”, me pregunta. Le respondo que del Cusco. Flora asiente con la cabeza, sonríe y sigue caminando, ligerita.

 

En su casa, en la comunidad de Occopampa, las ocas, papas y quinua ocupan el patio. Es tiempo de cosecha, el color verde y las flores pueblan el paisaje de la isla. Antes de que el día se apague, hay que hacer un último esfuerzo para subir al cerro Coanos, hasta llegar a Pachatata, un centro ceremonial preinca. Una vez arriba, a más de 4,115 metros de altura, el cansancio ya no existe, éste se diluye en el asombro de presenciar el atardecer. A lo lejos, el día se va acabando, tiñendo al lago de naranjas y grises efímeros, hasta que solo se ven las siluetas de las montañas.

A la mañana siguiente en el muelle, la despedida está poblada de sonrisas emocionadas. Solo llegamos ayer, pero para algunos, algo cambió. El bote enciende su motor rumbo a Taquile. Es domingo, y como todos los días, los taquileños llevan sus ropas tradicionales. Mientras caminan por la isla, los hombres tejen y las mujeres hilan la lana. En el 2005, los tejidos de Taquile fueron declarados Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la Unesco. Un motivo más para subir los miles de metros que separan a estas tierras del nivel del mar.

 

Fuente: In

 

 

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