Cine. Días de venganza

Federico de Cárdenas.

Hijo de un músico de jazz y de una profesora, Spike Lee (Atlanta, 1957) pasó su infancia en Brooklyn, se graduó en el Morehouse College de Atlanta y retornó a Nueva York para seguir estudios en la Tish School of Arts y un posgrado en la NY University, donde tuvo a Jim Jarmush como compañero de estudios y a Martin Scorsese de profesor.
Sus cortos The answer y Joe’s bed-study barbershop: we cut heads ganaron varios premios y le permitieron reunir $ 175.000, que fue el reducido presupuesto de su primer largo, She’s gotta have it (1986), que rodó en 12 días, obtuvo un premio en Cannes e ingresos por US$ 7 millones. Así pudo interesar a la Columbia para financiar School daze (1988) que costó US$ 5 millones y recaudó el triple.
Desde entonces Lee no ha tenido problemas para seguir una prolífica carrera que abarca cine, TV, cortos, documentales y videoclips. Do the right thing (1989) lo consagró a nivel internacional, a la que siguieron Mo’Better blues (1990) y Jungle feaver (1991), luego de las cuales consiguió de Warner US$ 40 millones para rodar Malcolm X(1992) , biopic sobre el asesinado dirigente de los Musulmanes Negros y primera de sus cintas que se vio en Lima.
Lee ha seguido trabajando, y entre sus largos podemos citar Hermanos de sangre (Clockers, 1995) que la crítica pudo ver pero no se estrenó en Lima, Girl 6, Get on the bus, He got game y Verano infernal (Summer of Sam, 1999), segundo de sus largos en estrenarse aquí. La hora 25 (2002) fue el tercero y Plan oculto (Inside man, 2006) el cuarto. Días de venganza es su vigésimo largo para el cine y el quinto que se ve en Lima, donde la obra de Lee ha llegado con tal irregularidad que cada vez que se programa un filme suyo hay que presentarlo de nuevo.

Días de venganza (Oldboy, 2013) presenta, además, una particularidad. Es un remake, trasladado a EEUU, de la cinta homónima rodada en 2003 por Park Chan-wook, uno de los más talentosos cineastas surcoreanos, que inició con ella su denominada “Trilogía de la venganza”, que lo hizo famoso en el plano internacional y que hemos podido ver en sucesivos Bafici de Buenos Aires.

LA HISTORIA
Inspirada en un conocido manga nipón (obra de Garou Tsuchiya y Nobuaki Minegushi), adaptado para EEUU por el guionista Mark Protosevich y sin hacer referencia a su antecesor surcoreano, la historia es en lo esencial la misma de la primera versión: Joe Ducett (Josh Brolin), socio de una agencia de publicidad, divorciado de su esposa y separado de su pequeña hija, está sumido en el alcohol y sobrevive en base a pequeñas artimañas del oficio. Luego de una noche de ebriedad amanece desnudo y aislado del mundo en un pequeño departamento herméticamente incomunicado. Cuenta con TV, ropa limpia, la comida le es pasada por una rendija y cada cierto tiempo es dormido y sometido a controles. Joe pasará en ese encierro 20 años, al cabo de los cuales, regenerado y especialista en artes marciales, será liberado sin la menor explicación y podrá iniciar su venganza.

La cinta de Park Chan-wook era inolvidable por su violencia retorcida y brutal, su historia de perversiones y su barroquismo visual. La de Spike Lee, aunque tiene virtudes propias, no llega a niveles de excelencia. Se afirma que ante la insistencia del cineasta por imponer una primera versión de unas tres horas, Lee fue despojado del montaje por los productores, quienes elaboraron una versión de 104 minutos que es la que se ve en circuito comercial. Es lo que explicaría la ausencia del sello “a Spike’s Lee joint”, que el cineasta coloca al inicio de sus trabajos personales.
PUESTA EN ESCENA

Continuando con el paralelismo, es curioso cómo dos propuestas que se sustentan en la misma historia e idénticos mecanismos dramáticos: secuestro, encierro, expiación, salida, búsqueda de identidad y confrontación final, puedan ser tan diversas. Sin duda esto se debe a que Park Chan-wook trabaja un universo estilizado a partir de una combinación de géneros, en tanto Spike Lee se mueve dentro de los cánones de un realismo eficaz que trabaja una violencia seca y recargada, pero a la que no cabría calificar de barroca.

La puesta en escena es fiel a los cánones del hardcore de serie B y presenta al protagonista como antihéroe marginal y en ningún caso subraya su destino como víctima propiciatoria. Cuando Joe retorna para ejercer su venganza sobre el titiritero que ha sido la némesis de un castigo cuyos orígenes desconoce se da cuenta que no es el único que sufre encierro.

Lee pide a su fotógrafo Sean Bobbitt trabajar una fotografía de tintes granulosos y colores primarios que desdramatiza, hasta donde le es posible, las retorcidas incidencias del manga que le proporciona la materia narrativa. Es un look visual en el que los rojos y amarillos van cediendo lugar a los azules y verdes, con aprovechamiento de los decorados alumbrados con la blancura difusa del neón.
Todo en Días de venganza parece aludir a una misteriosa culpa que marca a los personajes principales sin posibilidad de que logren redención o alivio. Conforme Joe va ascendiendo en el hallazgo de sus torturadores hay un sinuoso sadismo que se impone y que logra momentos de despiadada violencia: la memorable secuencia en la que Joe arranca pedazos de carne del cuello de Chaney (un desaforado Samuel Jackson) y las escenas finales (que no revelaremos) entre el Mefisto patético y amanerado que encarna Sharlto Copley y Joe son de una dosificada astucia.
Pero lo que no convence, hechas las cuentas, de la versión de Spike Lee es que no logra liberarse de una impresión de trasplante. El cine norteamericano padece la necesidad de dar demasiadas explicaciones; es lo que ocurre aquí con las sucesivas transformaciones del protagonista, lo cual –y no deja de ser paradójico– hace que descreamos de ellas. Así, el tránsito del Joe borracho obeso del inicio al Joe campeón de artes marciales resulta muy difícil de aceptar, algo que en la versión coreana no ocurría por su trabajo deliberado sobre el hermetismo del relato.

Sin embargo, Lee logra un solvente manejo de las escenas de pura acción, que registran la misma fascinación por el movimiento colectivo (estamos ante vistosas coreografías de violencia) que apreciamos en la de Park Chan-wook. Esto, y el buen diseño de algunos personajes secundarios como la Marie Sebastian despistada y bondadosa que encarna Elizabeth Olsen o los intermediarios “malvados” a los que dan forma Samuel Jackson y Michael Imperioli justifican una visión menos severa de Días de venganza.

La ficha

Dirección. Spike Lee
Guion. Mark Protosevich
Fotografía. Sean Bobbitt
Música. Roque Baños
Reparto. Josh Brolin, Elizabeth Olsen, Samuel Jackson, Michael Imperioli, Sharlto Copley
Producción. EEUU, 2013
Duración. 104 minutos

  • Cultural

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