Arte Colonial: ¿patrimonio en vías de extinción?

Los robos sacrílegos están reduciendo a su mínima expresión el tesoro que heredamos de la Colonia. Se sabe que se cometen a pedido, y que los bienes son cortados, doblados, despintados y vueltos a pintar; es sabido, también, que los traficantes esperan bastante tiempo para volver a poner en circulación, a través del comercio, estas joyas, que la frontera con Bolivia es la vía más habitual hacia el mercado internacional —especialmente activo en EEUU— y que la situación solo podrá cambiar cuando los peruanos tomemos conciencia de que el rescate es tarea de todos.

tratamiento bienes recuperadosA pesar de que se trata de un caso cerrado, el del robo y posterior recuperación del altar de la Iglesia de Challapampa, en Puno, sale constantemente a la conversación, cuando en el INC se toca el tema del tráfi co de arte colonial. No es para menos, pues hasta hoy no pierde vigencia la pregunta sobre la forma en que esta pieza, de media tonelada de peso, pudo ser sacada del territorio nacional sin que nadie lo notara. Lo bueno es que la obra pudo ser devuelta a su lugar de origen, como también lo fueron las piezas que habían sido extraídas de la iglesia de Maca, en el Valle del Colca, gracias al registro que de ellas se había hecho durante los trabajos de restauración realizados en la zona con la colaboración de la Cooperación Española. “El párroco de Chivay tenía fotos que envió a Arequipa. Arequipa nos avisó y pudimos coordinar con Cancillería, Interpol, Aduanas, Seguridad del aeropuerto Jorge Chávez, la Policia Nacional y el ICOM (Consejo Internacional de Museos), una entidad con más de 20 mil museos en su base de datos, que puede distribuir la información”, recuerda con satisfacción la doctora Blanca Alva Guerrero, directora de Defensa del Patrimonio Histórico.

Y es que el arte colonial —aquellas manifestaciones artísticas que se realizaron en el periodo comprendido entre la llegada de los conquistadores españoles a nuestro territorio y la conclusión del movimiento libertario, en el siglo XIX— es también parte del patrimonio cultural nacional que hay que proteger. El especialista en arte Juan Carlos Rodriguez explica que el valor de estas piezas, que en un 90% son de tinte religioso, y son o fueron parte del decorado de conventos y capillas, radica en el sincretismo cultural del que son expresión. Llama, además, la atención sobre un hecho que justifi ca que todos los peruanos podamos sentirnos herederos de estas piezas: “Si bien la principal función del pueblo hispano al llegar fue evangelizar, la Iglesia no trajo dinero: administró, manejó, pero quien hizo el trabajo fue el pueblo oriundo, con el impuesto que pagaba. Por eso es que ese patrimonio que, entre comillas, pertenece a la Iglesia, pertenece más bien al pueblo en sí”, opina.

Actualmente, el Perú tiene identifi cados y declarados monumentos histórico-artísticos un total de 4.870, de los cuales 753 corresponden a la arquitectura religiosa.

Pero todavía queda mucho por hacer: “El costo de registrar una pintura, aquí, en el INC, es de 13 dólares, pero si hay que registrar una iglesia, el costo aumenta mucho, porque hay que pagar transporte, viáticos y hay que poner andamios para fotografi ar los cuadros que están en las partes más altas”, explica la doctora Alva, quien se refi ere también a la difi cultad de controlar los robos: “En muchas iglesias no hay párroco, además la gente se va de los pueblos y la iglesia queda desprotegida.

A veces los feligreses forman una asociación parroquial, o el templo queda en manos de la administración municipal o de un mayordomo, personas bien intencionadas pero que tienen en sus manos un trabajo que exige dedicación a tiempo completo. El INC tampoco cuenta con la infraestructura necesaria para ir y vigilar.

No somos policías y ni la misma Policía puede destacar a 753 efectivos para que se hagan cargo de la custodia permanentemente”, señala. No es de extrañar, entonces, que el doctor Jaime Mariazza, subdirector de Investigación y Registro del Patrimonio Nacional, esté rodeado en su ofi cina de pinturas, esculturas y mobiliario colonial, piezas que llegan a su despacho luego de ser incautadas. “Existen coleccionistas privados que no quieren aparecer, entonces entregan las obras a segundas personas para que éstas, a su vez, lo den a terceras, de tal modo que lleguen a algún punto de venta en el exterior, que es donde esperan obtener mayores ingresos. Es a estas segundas o terceras personas a quienes normalmente se les hace la incautación”, revela el especialista.

Indica también que se sabe de 600 coleccionistas, quienes están obligados por ley a declarar ante el INC la posesión de obras de nuestro patrimonio. “Junto a sus fi chas de catalogación, reciben una resolución por la cual tienen conciencia de que se trata de una pieza que no pueden adulterar ni exportar. Aún así, muchas veces han intentado exportarla de manera fraudulenta”, añade. Al tiempo que aclara que el comercio de obras de arte colonial, legítimas, no está prohibido en el país, revela que no existe manera de controlar que los coleccionistas registren todas las piezas que poseen: “Si yo tengo tres mil piezas, y quiero cumplir con la ley, solicito la catalogación de cinco y ya.

Y de mis tres mil piezas, el Estado nunca se va a enterar”.

El funcionario denuncia que el comercio de obras coloniales que se hace por debajo de la mesa es enorme, y que en él participa mucha gente con dinero que, si pudieran, se llevarían toda la capilla de Andahuaylillas a otros lugares. Explica, asimismo, que tal como existen bandas organizadas que realizan los robos y luego venden las piezas dentro de nuestras fronteras para que sea el comprador quien las saque del país, también se dan casos de compradores sin mala intención, que se ven sorprendidos cometiendo un delito, pues son los anticuarios quienes les venden, en el país, piezas auténticas de patrimonio, sin advertirles que su exportación está prohibida. De allí su alarma al declarar: “Los robos se producen todos los días. A este ritmo, en veinte años no tendremos nada que enseñar a nuestros hijos”.

En este mismo sentido, la doctora Alva lamenta la reducción de un tesoro que es fi nito, y del cual se sabe, por relatos de antiguos viajeros, que ya ha sido inmensamente depredado: “Las iglesias del Valle del Mantaro, por ejemplo, ya no tienen nada, están peladas”, comenta, al tiempo que aclara que no es posible establecer el valor de obras que tienen más de cien años de antigüedad y que adquieren el signifi cado que tienen en la medida en que son parte de un todo: “A veces los medios publican que se ha perdido un cuadro valorizado en miles de dólares. Pero nosotros nunca valorizamos, porque poner un valor monetario, para nosotros, sería subjetivo”. Refi riéndose al hecho de que países culturalmente ricos como Perú, Colombia y México se han constituido en exportadores, mientras que los desarrollados, EEUU, Suiza o los escandinavos, son los principales importadores, intenta un argumento disuasivo para los depredadores: “Un ladrón que roba un lienzo de tamaño regular puede sacar, con suerte, 100 dólares. Se cree que cometiendo estos robos se saldrá de pobre, que se tendrá una ganancia fácil, pero no es cierto. Al contrario, no hay pérdida más grande”, sentencia.

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