ANAPIA, isla de las vivencias, plenitud en el Lago Titicaca

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Ni a Taquile ni a Amantaní. Tampoco a la península de Chucuito o a las playas de Capachica, sí, playas, por qué no. También existen en el Titicaca y, para mayor información, estas tie- ANAPIA, ISLA DE LAS VIVENCIAS nen arena blanca o bien finita. De la temperatura de sus aguas no consignaré ningún testimonio. Solo les pido imaginar, pensar y recordar que el lago en mención está a miles de metros sobre el nivel del mar.

Pero hay otra razón para no zambullirnos en la profusa descripción periodística-viajera de los lugares ya mencionados ni en las aguas playeras del Altiplano. Lo que ocurre es que no voy a escribir sobre ninguno de esos atractivos de Puno. Solo los menciono a la volada, para crear inquietud y dejarlos a ustedes –si me permiten el término y la confianza– con la miel en los labios.

Mi destino, o nuestro destino, es un distrito insular en el llamado lago menor del Titicaca o Huiñamarca. Además, se podría afirmar con encendido espíritu patriótico, que en Anapia, ese es el nombre del lugar adonde vamos, comienza o termina el Perú.
Al frente está Bolivia. Allacito nomás, como lo revelan los picos de la cordillera Real y las luces nocturnas de Copacabana.

Tentaciones turísticas

Perdón, nos estamos adelantando. Todavía no hemos salido de Puno; aún no hemos emprendido el camino carretero hacia Yunguyo, capital de la provincia del mismo nombre (tres horas en bus), donde alguna vez, en otro viaje, en otra travesía, fui testigo de la fiesta en honor de San Francisco de Borja, el querido, milagroso y celebradísimo Tata Pancho.

Sí, lo sé, no debí mencionar este suceso. Tampoco podré contarlo con minuciosidad. Solo les diré que el jolgorio se desata en octubre y que centenares o miles de danzantes se apoderan de la ciudad. Música y color, diablos y caporales, misas y procesiones, también brindis en esas calles por las que pronto volveré a caminar, bueno, si es que no me detengo en algún lugar de la ruta.

El trayecto hacia Anapia – un archipiélago extraordinario en el que se comparten experiencias y aprendizajes con los pobladores– está plagado de tentaciones turísticas, como Juli, la “Roma Aimara” (a 79 kilómetros de Puno). Así la conocen por los templos coloniales de San Pedro, Asunción, San Juan de Letrán y Santa Cruz, este último en ruinas.

Basta de distracciones. Concentrémonos en Yunguyo. No menciones que la frontera está ‘a la vuelta de la esquina’ y que allí, la ciudad de Copacabana nos dará la bienvenida a Bolivia, donde hay una Virgencita igual de milagrosa que la Candelaria y los turistas y trotamundos de aquí, de allá, pero nunca del más allá, visitan la isla del Sol, después de salir o antes de ingresar en el Perú.
No es nuestro caso. Por eso enrumbamos a Punta Hermosa (40 minutos), donde los jueves y domingos zarpan las lanchas hacia Anapia. Aquí no se compran pasajes ni se separan asientos. Hay que estar atentos, subir rápido, acomodarse donde se pueda y lidiar con los bultos y paquetes de los demás pasajeros, campesinos, pescadores, comerciantes.

Experiencias de vida

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La mayoría se conoce. Son aimaras, vecinos, parientes o amigos. Ellos comparten sueños y esperanzas a 3,800 m.s.n.m., en un pequeño y sosegado distrito rural, que tiene en su belleza paisajística y acervo cultural, sus principales atractivos, porque aquí no hay hoteles de lujos ni atracciones sofisticadas ni celebérrimos complejos arqueológicos.

Experiencia de vida, aprendizaje, acercamiento. Eso es lo que encontré, sentí y disfruté desde antes de subir a la lancha. Sí, todo empezó a fluir desde el saludo a mis futuros compañeros de viaje. “Bonita es la isla, te va a gustar”, avizoraron. “Hay muchos veleros y vicuñas en Yuspike y Ccana”, me informaron. “Vas a dormir en una casa”, tranquilizaron mi inquietud.

Y es que el pueblo se ha organizado para recibir a los foráneos y compartir con ellos sus vivencias, entonces, aquellos desconocidos que desembarcan en un frío atardecer, se despiden entre sonrisas, felices, sabiendo que jamás olvidarán las jornadas de pesca en un velero, el “escarbo” de papas en una chacra familiar y la búsqueda de un par de vacas que quién saber por dónde andarán.

Sembrar o cosechar. Merendar un puñado de papas y habas cocinadas bajo la tierra. Madrugar para recoger unas redes cargadas de pescados. Caminar por una isla habitada por vicuñas. Saludar a los comuneros. Admirar el lago y sus montañas. Soportar el frío de la puna. Calentarse al lado de un fogón. Ser invitado a una fiesta y ser recibido como un amigo, como un ciudadano del archipiélago.

Eso es lo que recuerdo, eso es lo que viví en la casa de la señora María y del profesor Raúl. Con ellos conversé y reí. Me fui al campo, al lago y a una boda que se festejaría durante tres días. Todos la esperaban con ansias y no se podía faltar, pero primero había que cumplir con la faena en el campo y en las aguas intensas del lago navegable más alto del mundo.

Los surcos no saben de celebraciones. Los cultivos son cosa seria y hay que tratarlos con cariño. Esa es una de las lecciones que aprendí en ese archipiélago que está justo donde termina o comienza el Perú y al que arribé –o arribamos– ignorando a Taquile y Amantaní, a Chucuito y Capachica. Será para el próximo viaje. ¿Se animan a acompañarme?

 

Textos y fotos:Rolly Valdivia
Revista Lo Nustro-El Peruano

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