“Sipán nos demostró que sabíamos poco de los Moche”

Jeffrey Quilter es profesor de la Universidad de Harvard. Allí, junto con Luis Jaime Castillo, arqueólogo de la PUCP, acaba de editar New Perspectives on Moche Political Organization, uno de los más avanzados estudios sobre la cultura Moche. Aquí nos habla de su ciencia y del Perú.

“Cuando era joven, mi papá me llevaba todas las semanas a los museos de Nueva York. Mi madre era inglesa y pasé muchos veranos en Inglaterra, admirando los castillos, las edificaciones romanas, etcétera. Esta combinación de experiencias hizo de mí un amante de la historia, de la ciencia, de la arqueología”. Jeffrey Quilter, arqueólogo de la Universidad de Harvard y experto en la cultura moche, nos habla del inicio de su vocación.

¿Por qué su interés en el Perú?
Cuando era joven me interesaba todo: los egipcios, los romanos, pero en 1965 tuve la oportunidad de ser asistente en un museo de Brooklyn. Allí gané una beca para venir al Perú como alumno de intercambio. Arribé el 21 de junio de 1966, el día que cumplí 17 años. Cuando llegué, me enamoré del Perú, de su comida, de sus habitantes, de su cultura, de todo. Al regresar a los Estados Unidos, ya sabía que me iba a dedicar a la arqueología peruana. Tuve otras ‘novias’, pero el Perú fue la primera, la más importante, y por eso volví 10 años después, en 1976, a trabajar en Chilca.

¿Cómo fue su encuentro con la cultura Moche?
Bueno, nació con mi visita a los museos de Arqueología y Larco, pero creció en los años ochenta con los libros sobre iconografía mochica que estudié. En 1999 visité la Huaca de la Luna, El Brujo y otras huacas de los moche. Allí afiancé mi interés en esta cultura.

En 1987 se descubrió al Señor de Sipán…
Es uno de los puntos de quiebre en la historia de la arqueología mundial, y no solo del Perú. La tumba es valiosa porque muestra a los hombres ricos y sus joyas; pero, además, por la cantidad de información que aporta a la ciencia. Por ello es que creo que su descubrimiento es comparable con el de Tutankamón.

Entonces, Sipán hizo atractiva –para los científicos del mundo– a la cultura Moche…
En cualquier ciencia hay ‘olas’: periodos de gran interés y periodos de desinterés. El descubrimiento de Sipán ha abierto una puerta para ‘reinvestigar’ a los mochica. Hasta los años setenta, muchos investigadores pensaban que ya se conocía todo de ellos, pero Sipán nos demostró que no era así. Ahora tenemos a Cao, a San José de Moro, a la misma Huaca de la Luna. Las posibilidades de investigación son inmensas. Los moche tienen aún demasiado que decirnos. Además, resultan atractivos para todos porque su arte es bastante figurativo, fácil de apreciar. La simbología sí corresponde a los expertos.

Sus estudios van más allá de observar los huacos y las joyas, porque usted trata de conocer, a partir de ellos, su organización política y social…
Hoy, como se dice en Estados Unidos, estamos estudiando a “los indios detrás de las flechas”. En el Perú podría decirse “a las personas detrás de los huacos”, a las personas que los usaban. Cómo era su vida, cuál fue su aporte a la civilización mundial, cómo era su organización política, cómo era su vida cotidiana…

¿Qué han descubierto?
Que sabemos muy poco, que necesitamos saber más (risas). Moche fue, sin duda, una de las más importantes civilizaciones del mundo antiguo. Pero hace 20 años pensábamos que era un Estado uniforme, con el mismo sistema de gobierno desde Nepeña hasta Piura. Ahora sabemos que, casi valle por valle, era un mundo más complicado, con procesos culturales y sociales diferentes. Su mismo desarrollo era distinto, al igual que sus señores. Hay tiempos de síntesis y tiempos de revelación: hoy son tiempos de revelación.

Usted hace ahora ‘arqueología colonial’. Ha encontrado valiosos documentos en Cao…
Hemos encontrado varios documentos antiguos, y en uno de ellos aparece una lista de números arábigos escritos en alfabeto romano –el que nosotros usamos–, pero en una lengua desconocida hasta ahora. La lengua no es muchik y no es quechua. Los cronistas escribieron que en el siglo XVI había una lengua llamada yunga: creemos que esta es la muchik. Pero también se habla de una lengua ‘pescadora’ y de otra, llamada ‘quingnam’, hablada por los mochicas del sur. Como no tenemos un diccionario quingnam ni un diccionario pescador –sí hay un diccionario muchik–, creemos que lo que hemos encontrado quizá pertenezca a cualquiera de estas lenguas. Quizá este sea el primer paso para hablar de una lengua desconocida, pero necesitamos más que este pequeño documento: me gustaría compartirlo con otros científicos.

Gonzalo Pajares Cruzado

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